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Crónica:53º FESTIVAL DE BERLÍN

Michael Winterbottom gana el Oso de Oro

Nicole Kidman, Julianne Moore y Meryl Streep comparten el premio de interpretación por 'Las horas'

La humilde, casi artesanal ficción documental titulada In this world, del británico Michael Winterbottom, fue proclamada anoche ganadora del Oso de Oro, máximo galardón que concede la Berlinale, en una sencilla ceremonia de clausura. La austeridad de la película premiada se enlaza sin crear disonancias con el golpe de brillantez y de glamour del Oso de Plata a la mejor actriz, que compartieron Nicole Kidman, Meryl Streep y Julianne Moore por su trabajo en otra película británica, Las horas, dirigida por Stephen Daldry. Da fin así una excelente, rica y variada edición de la fiesta berlinesa del cine, en la que, pese a los pronósticos, la cineasta española Isabel Coixet no alcanzó más que un premio de consolación.

Contra pronóstico, ganó el Oso de Oro el filme británico In this world, de Michael Winterbottom,

un cineasta libérrimo e inclasificable que, paso a paso, desde hace alrededor de una década, está ganándose un lugar propio en el ramillete de los más solventes creadores del cine moderno. Los centenares de periodistas acreditados en la Berlinale, que atestaban la ancha sala de conferencias del hotel Hyatt, no supieron reaccionar a bote pronto ante el anuncio del premio e hicieron un extraño silencio, indicio de una perplejidad que, pasados unos instantes, fue rota por una ovación de reconocimiento espontáneo del acierto. Nadie se esperaba tal decisión del jurado, pero una vez conocida sonó de pronto a evidente y clarividente, a una forma sagaz e inteligente de ver cine.

No es convincente el premio a Sam Rockwell. Es un jugador que juega a juegos fáciles

Nadie se esperaba tal decisión del jurado, pero una vez conocida sonó de pronto a evidente y clarividente

El jurado que arrancó a In this world del cuarto trastero de esta Berlinale -y que tuvo el coraje de poner en todo lo alto del escaparate, rodeado de cine rico y a veces opulento, este humilde y conmovedor viaje de un niño afgano desde el pozo de miseria de su tierra a un pozo de miseria del asfalto londinense- estaba presidido por el cineasta canadiense Atom Egoyan y lo componían además el productor francés Humbert Balsan, la actriz alemana Martina Gedeck, la directora estadounidense Kathryn Bigelow, la actriz italiana Anna Galiena, el director mauritano Abderrahmane Sissako y el crítico y ensayista norteamericano Geoffrey Gilmore.

Con menos muestras de entusiasmo -probablemente porque estaba cantada de antemano y figuraba en todos los pronósticos- se recibió la noticia de que el Gran Premio del Jurado era para Adaptation, el brillante pero muy discutible, y ya discutido, filme del tándem estadounidense formado por el director Spike Jonze y el guionista Charlie Kaufman. Es una de esas películas que vienen a la Berlinale sobre todo para servirse de ella como impagable trampolín publicitario para sembrar a distancia futuros votos entre los académicos de Hollywood y así ir ganando posiciones en la carrera de los próximos Oscar. Pero la jugada puede no haber salido bien del todo a los productores de Adaptation, porque no proporciona imagen de ganadora a una película de gran presupuesto, como es ésta, verse convertida en segundo plato de la fiesta berlinesa, en la que ha sido desbordada por un arrollador filme de presupuesto pequeñísimo, artesanal, casi casero.

En cambio, la película que sale claramente beneficiada ante los Oscar es la británica Las horas, ya que sus tres actrices protagonistas, la australiana Nicole Kidman y las norteamericanas Meryl Streep y Julianne Moore, comparten el Oso de Plata a la mejor interpretación femenina. Las tres optan también a un Oscar, y esto da solidez a sus candidaturas. Tras el anuncio de este premio compartido, saltaron otra vez en la sala del Hyatt los resortes sonoros del acuerdo, pues nadie dudaba aquí de que cualquiera de estas tres eminentes actrices sería ganadora anoche. Al serlo las tres, no hubo grietas en la unanimidad de la respuesta al buen acierto de jurado.

Sonaba el nombre del cineasta y hombre de teatro francés Patrice Chéreau como mejor director desde que su película Su hermano se proyectó casi a continuación de La flor del mal, de su compatriota Claude Chabrol. Que el Oso de Plata a la mejor dirección era para uno de los dos se hizo casi obvio desde ese día. Pero una mirada atenta a los trabajos de ambos cineastas, que son de talla excepcional, beneficia claramente a Chéreau, tal como así ha sido. Porque vista Su hermano con atención y una lupa, se muestra como un trabajo de dirección mucho más osado, arriesgado y profundo que el gracioso y expertísimo jugueteo del gran Chabrol con algunos de sus magníficos lugares comunes. No es Su hermano la obra de absoluta originalidad y maestría que hay en el anterior filme de Chéreau, Intimidad, pero se le acerca bastante y además se mueve en un territorio narrativo mucho más escurridizo, pues si en aquella Chéreau indagaba en la soledad del sexo, ahora en Su hermano se atreve nada menos que a indagar en los terroríficos entrelineados de la soledad de la muerte, convertida ésta en espejo de la propia vida.

No es convincente, en cambio, el premio a Sam Rockwell al mejor actor. Es el brillante protagonista de Confesiones de una mente peligrosa, primera película que dirige George Clooney, un gesticulador superdotado, un formidable dominador del gesto e incluso de la mueca, pero es un jugador que juega a juegos fáciles. Exactamente, en el lado opuesto que el debutante chino Li Yang, que literalmente se juega el pellejo en su terrible y penetrante mirada dentro de algunos rincones oscuros de la vida en su país que despliega en la pequeña y durísima Mang Jing, que es un filme de una osadía ejemplar, una auténtica metáfora subversiva. Y, en el otro lado del cine, en su orilla risueña y gozosa, fue toda una caricia oír cómo se distinguía la banda musical del filme senegalés Madame Brouette, que es un auténtico tesoro de ritmos y de sonoridades contagiosas y a veces incluso fascinadoras.

En el fondo de ese tesoro del cine como juego, como pasión lúdica y como fuente de gozo hay que situar dos excepcionales películas libres, una alemana y otra china, dueñas de dos formas opuestas de luz. La alemana es Good bye, Lenin!, metáfora iluminadora de un asunto más oscuro de lo que parece, que turba y perturba la vida en Alemania: el pequeño paso que separa la comedia de la tragedia en la reunificación del país tras la caída del muro de Berlín en 1989. La luz que Wolfgang Becker echa sobre este asunto le ha valido el Premio El Ángel Azul al mejor filme europeo, y lo merece. Como merece el Premio Alfred Bauer, que la Berlinale destina al reconocimiento de nuevos brotes del genio clásico del cine, el prodigio de orfebrería visual logrado por el maestro chino Zhang Yimou en Héroe, que es un monumento visual portentoso de inconcebible belleza y ligereza, de absoluta maestría, sólo posible en un príncipe del oficio de hacer películas.

No hubo finalmente un golpe de suerte para Isabel Coixet y su deliciosa Mi vida sin mí (producida por El Deseo), que como consuelo se llevó el Premio de las Filmotecas Alemanas, mientras Polígono Sur (Maestranza Films y Produce +, de Sogecable), el documento sevillano de la francesa Dominique Abel, obtenía una mención de la Confederación de Cines de Arte y Ensayo; y, finalmente, El viaje de Carol (Aiete-Ariane Films), de Imanol Uribe, alcanzaba el reconocimiento de una de las distinciones del Kinderfilm, el encuentro berlinés del cine de niños.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de febrero de 2003