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sábado, 2 de diciembre de 1989
Editorial:

La 'cumbre' de Malta

AUNQUE LOS portavoces de la Casa Blanca insisten en que "no hay que esperar grandes decisiones" de la reunión en la cumbre que inician hoy en Malta los presidentes de Estados Unidos y de la Unión Soviética, el encuentro se produce cuando la coyuntura internacional está pasando por la mayor mutación desde la II Guerra Mundial. Los cambios en marcha son de tal magnitud que, aunque efectivamente la adopción de decisiones concretas parece descartada en una cumbre tan abierta como la acordada por Bush y Gorbachov, sí se espera de las grandes potencias un enfoque lo más concertado posible sobre la evolución que está poniendo fin a lo que era el mundo hace 40 años.Es obvio que Bush y Gorbachov hablarán de Europa. No para decidir. Yalta es el pasado, y Europa está en condiciones de resolver sus problemas, por complejos que sean. Pero Europa necesita, a la vez, que EE UU y la URSS adopten actitudes favorables a la ola renovadora de nuestro continente que ayuden a la estabilidad de un proceso en el que el avance hacia la democracia en el Este se mezcla con serios problemas de seguridad. La idea de un Heisinki II en 1990, lanzada en Roma por Gorbachov, parece dirigida a preparar las bases de ese nuevo equilibrio que Europa necesita.

En este marco destacan dos problemas: los bloques militares y la cuestión alemana. En el primero, la realidad exige que se reduzca el carácter militar de los bloques y se les oriente más bien hacia un papel estabilizador del proceso de reformas y de encuadramiento del desarme. En cuanto al asunto alemán, hay diferencias entre la posición de EE UU y la de la URSS. Pero ello no debería ser obstáculo para que coincidan en la necesidad de que el Gobierno de la RFA reconozca claramente las fronteras de posguerra, sancionadas ya en los acuerdos de Helsinki. Poner fin a toda ambigüedad en ese punto facilitará un enfoque sereno de la unidad alemana. Y sería una ayuda para consolidar el proceso democrático en Polonia, Checoslovaquia y otros países.

De la reunión de Malta cabe esperar asimismo, con o sin publicidad, que haga progresar el proceso del desarme. Tanto en el terreno nuclear como en el convencional, la opinión pública quiere que se materialicen acuerdos reiteradamente anunciados. Bush y Gorbachov deben dar para ello el impulso político que permita superar los obstáculos técnicos. Es algo vital para la URSS por imperativos económicos. Pero tambiéñ en EE UU crece la presión a favor de que se reduzcan los gastos militares. Es absurdo tratar hoy del desarme como si la URSS estuviese preparando un ataque nuclear o una ofensiva convencional. Nadie cree en tal amenaza. ¿Tiene sentido en la Europa de hoy persistir en la renovación del armamento nuclear de corto alcance?

Sobre muchos otros puntos, como por ejemplo los conflictos regionales, las conversaciones de Malta pueden ser también de gran utilidad. Ello depende no tanto de soluciones concretas como de la comprensión general que se establezca entre Bush y Gorbachov sobre la nueva etapa de la historia en que hemos entrado. Si Europa es el teatro de los cambios más espectaculares, no se puede olvidar que la división de Europa era la división del mundo. Durante 40 años, dos mundos se han enfrentado política e ideológicamente, preparándose afanosamente para la eventualidad del choque militar. Hoy, esa división se está esfumando, pero en el horizonte aparece una mucho más profunda entre los países desarrollados y el Tercer Mundo. La cumbre de Malta se desarrolla, pues, en un marco histórico distinto al de las anteriores, y ello tiene que marcar su orden del día.

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