Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:La muerte del dirigente de la OAS

Raoul Salan, el último "soldado perdido"

Un héroe militar que pasó a dirigir una organización terrorista

El general Raoul Salan, principal dirigente de la Organización del Ejército Secreto (OAS) grupo terrorista que trató de mantener por la fuerza una imposible Argelia francesa, murió esta semana en París. La muerte del mandarín fue acogida con indiferencia por millones de franceses menores de 30 años que ni siquiera recordaban su nombre. Salan pasó en Madrid una etapa decisiva, antes del intento de golpe militar, y veraneaba en ocasiones en un pequeño pueblo de Toledo.

Trescientas personas se congregaron el pasado jueves en el hospital parisiense Val de Grace para despedir con honores militares al que se consideraba como el más ilustre de los soldados perdidos franceses: el general Raoul Salan, el mandarín, el chino de sus correrías asiáticas que en la última recta de su vida cambió su prudencia legendaria por las armas de la conspiración y el golpismo.La soledad fue su compañera fiel desde que se puso al frente de la Organización del Ejército Secreto (OAS), la organización terrorista que se rebeló contra la Argelia independiente. Oficialmente, las autoridades de Argel no han dado la noticia de su muerte. Y en Francia, como en su antigua colonia, la mayoría de los ciudadanos de menos de 30 años de edad no saben quién era el soldado más condecorado de este país, admirador de san Ignacio de Loyola que acabó siendo el primer terrorista de la Francia contemporánea.

En 85 años de vida, el general Salan había acumulado todos los honores envidiables para los hombres dedicados a la carrera de las armas: Gran Cruz de la Legión de Honor, Cruz de Guerra 1914-1918, Medalla Militar, Cruz de Guerra, Gran Cruz de la Orden Nacional, Cruz del Valor Militar, Medalla Interaliada, la Distinguished Service Cross, la Cruz de la Vaillance, Comendador del Imperio Británico, etcétera. Este hombre, hijo de modestos funcionarios que votaban por el socialismo, se enamoró de la aventura colonial y la vivió intensa y poderosamente en Indochina, pero siempre a caballo del conformismo, del respeto a las jerarquías y del orden republicano; hasta que en abril de 1961 firmó la contradicción más espectacular y sangrienta de su vida, al colocarse al frente de la intentona golpista que quería mantener a Argelia como una colonia francesa y, para ello, barrer el poder legal encarnado en la metrópoli por el general Charles de Gaulle.

Personaje enigmático

Los franceses no se han preocupado demasiado por la desaparición del general Salan, pero quienes se han detenido ante su pasado concuerdan en el intento de descifrar el enigma del hombre que, ya para siempre, reposa en el cementerio de Vichy, donde fue enterrado rodeado de sus íntimos En sus memorias, De Gaulle decía de Salan: "En suma, un personaje capaz, hábil y seductor en alguna. medida, entraña algo de ondulante y de enigmático que me parece que no encaja bien con la certeza y la rectitud que exige una gran responsabilidad".

El mismo De Gaulle, contra quienes se levantaron Salan y los otros tres generales (Challe, Zeller y Jouhaud), los calificó a todos de "criminales que se esfuerzan, a golpes de atentados, en forzar la mano del Estado y de subordinar la nación, y que no tienen más futuro que el castigo". Nunca jamás De Gaulle perdonó a este "grupo de oficiales partidistas, ambiciosos y fanáticos". Salan, a su vez, hace ahora 10 años, explicó en una entrevista en la televisión los motivos que le habían inducido a desobedecer a De Gaulle para colocarse a la cabeza de la rebelión: "Me separé de De Gaulle porque, en mi opinión, ya no encarnaba el interés de la nación. Un hombre político puede llegar a utilizar la mentira. Pero esto no es posible para un militar que es capaz de dejarse matar por obedecer a la razón de Estado".

Con algunas declaraciones del mismo estilo y con sus memorias, tituladas El fin del imperio, marginado durante los últimos años de su vida, intentó lo que algunos comentaristas consideran como "su última coquetería trágica: salvar la cara y el honor".

Salan nunca comprendió el final de la Argelia francesa. Aún hace algunos años, en una entrevista, especulaba sobre la posibilidad "de que hubiésemos podido quedarnos algún tiempo más en Argelia, intentando entendemos, cosa que nunca se hizo". Por ello fue por lo que encabezó la OAS, que había sido fundada poco antes de la intentona de abril de 1961 y que, tras el fracaso del golpe, iba a ensangrentar con sus operaciones indiscriminadas las tierras francesas y argelinas.

Después del golpe fallido, dos de los cuatro generales sediciosos se rindieron: Zeller y Challe. Pero no Salan ni Jouhaud, que hoy es el único superviviente. Este último, días pasados, se ha expresado pú-

Raoul Salan, el último soldado perdido

blicamente y ha definido a Salan como el hombre venerado por los repatriados por haber querido mantener la Argelia francesa. Habla de sus opciones políticas y se dice "más bien centrista, muy cercano de hecho a Salan".Lo cierto es que, desde el día siguiente de¡ intento de insurrección, Salan y Jouhaud abrazaron la causa de la OAS. Salan era el jefe supremo, y el Estado Mayor de la organización estaba compuesto por militares desertores y por políticos o personalidades civiles, entre los que figuraban Pierre Lagaillarde, Joseph Ortiz, Jean Jacques Susine, el teórico del activismo que se supone que fue quien entrampilló a Salan o le hizo creer en la realización de sus sueños o pesadillas más secretos.

"Un verdadero ejército"

Para el general Salan, la OAS no era una organización política, "sino un verdadero ejército destinado a movilizar a los franceses sobre el terreno esencial de la defensa de las libertades fundamentales, de la justicia social y del territorio nacional". Incluso llegó a afirmar que "la OAS no será nunca un equipo gubernamental. Ya existen una Constitución, y sobre todo, las asambleas y un pueblo francés".

Sobre el terreno, la OAS se ha inscrito en el primer capítulo del terrorismo contemporáneo en Francia. Los robos y atracos, así como el impuesto que pagaban los europeos de la población argelina, le proporcionaban los fondos a la organización. Y desde finales de 1961, el plástico, los atentados mortales e indiscriminados, se convirtieron en el lenguaje de la OAS contra los objetivos de París, consistentes en concederle la independencia a Argelia. A toda costa, la OAS deseaba impedir la conclusión de los acuerdos entre el Gobierno central y los representantes del nacionalismo argelino. Pero los hist¿ ricos acuerdos de Evian fueron firmados por las dos partes el 18 de marzo de 1962.

Históricamente, la independencia de Argelia fue la puntilla para la OAS y para sus jefes, pero los últimos coletazos fueron duraderos y trágicos. Salan y sus asociados atacaron a tumba abierta al Frente Nacional de Liberación (FLN), el movimiento que había luchado por la independencia y que la había conseguido. Con ello, la OAS pretendía crear una situación caótica que, en última instancia, provocaría una intervención del Ejército francés. Pero los hechos probaron que el legalismo de los soldados de la metrópoli no tenía nada que ver, o muy poco, con los soldados perdidos.

Salan y Jouhaud fueron detenidos poco después de la firma de los acuerdos de Evian y la OAS, clínicamente, quedó muerta, aunque el general De Gaulle tuvo que prolongar largo tiempo las labores antiterroristas, dirigidas por hombres que después, con los años, sufrieron lo suyo para incorporarse a la vida normal de todos los días. El llamado Servicio de Acción Cívica (SAC), organismo más o menos clandestino creado para defender a De Gaulle, se nutrió de hombres que, hasta hace dos o tres años, aún han alimentado la crónica más negra del mundo terrorista-ideológico- salvador de la patria francesa.

Salan fue condenado a caden perpetua, pero De Gaulle lo liberó en 1968, y el actual presidente, Françoise Mitterrand, acabó de reintegrarlo, en 1982, a su ciudadanía militar al elaborar la ley que "borró todas las secuelas de los acontecimientos de África del Norte". De sus compañeros de la OAS, Jouhaud, el único que aún vive y que fue el adjunto del mandarín, desde hace 15 años es el presidente del Frente Nacional de los Repatriados. Otro personaje militar, el coronel Argoud, estudió en la cárcel y ahora es experto en grafología. Susini, el hombre implicado en un atentado contra De Gaulle y que estuvo condenado a muerte, quedó en libertad en 1974. Ortiz ha aparecido en público al lado del líder de la extrema derecha, Jean Marie le Pen. Lagaillarde es abogado en provincias y partidario de Chirac.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de julio de 1984

Más información