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Crítica:CINE /'BLADE RUNNER'

Una historieta pretenciosa

La ficción científica de consumo parece conformarse con hacer decorados con maquetas espectaculares y con la repetición de una historieta de aventuras que debe al telefilme cotidiano sus más complejos pensamientos. En la vistosidad, pues, de fotografía y decorados confían estos autores para atraer la atención del público; lógicamente cuentan también con un poderoso lanzamiento publicitario que saben utilizar con eficacia.Blade Runner fue presentada en el último festival de Venecia, donde sorprendió a quienes confiaban esperanzados en que la nueva obra del director de Alien aportaría un mundo imaginativo capaz de enseñar a los demás para qué podían servir la libertad y los medios. De ahí que decepcionara a gran parte de la crítica que Ridley Scott se limitara a inspirarse en el Metrópolis -que Fritz Lang dirigió en 1927- para no superarlo.

Blade Runner

Dirección: Ridley Scott. Guión: Hampton Fancher y David Peoples. Efectos: Douglas Trumbull. Música: Vangelis. Intérpretes: Harrison Ford, Ruther Hauer, Sean Young, Edward James Olmos. Norteamericana, 1982. Aventuras. Local de estreno: Avenida.

Más terrorífica fue aquella ciudad inventada por el cineasta alemán que la calle del barrio chino de Los Angeles donde Scott ha situado a sus personajes: el humo, la suciedad, la aglomeración de los transeúntes son evidentemente terribles, pero el edulcoramiento de la vulgar peripecia del protagonista en que ella se sitúa y la confusión con. que está rodada convierte en monótono cartón-piedra lo que quizá estuviera concebido como estrella de la película. Mucho más decepcionante aún cuando los productores no han dudado en amontonar en esa calle los más variados anuncios sobre artículos que quizá continúen vigentes en 2019, año en el que se sitúa la acción, pero que son ahora inmediatas invitaciones al consumo: desde refrescos multinacionales a conocidas compañías aéreas, pasando por productos electrodomésticos, tecnológicos y de recreo, Blade Runner más parece en ocasiones un spot televisivo que una película hecha seriamente. Debería costar menos la entrada.

En el futuro, según la película, los hombres sabrán construir unos robots semejantes al cuerpo humano, pero carentes de emociones: serán utilizados para acciones violentas concretas y se autodestruirán en cuatro años. Como es de imaginar, estos replicantes se rebelarán contra esa fugaz condición luchando a muerte con sus creadores: una prolongación distorsionada de lo que hizo James Wahle con su entrañable Frankenstein en 1933.

Ridley Scott no quiere limitarse a la persecución que un policía especializado (un Blade Runner) hace de los cinco replicantes que han bajado a la Tierra, y nos coloca para ello un discurso metafísico ("también ellos quieren saber quiénes son, de dónde vienen y a dónde van") y en la estampa de una blanca paloma que sube al cielo entre el humo y los anuncios de la famosa calle. Pero es un giro de última hora que no mejora la lenta persecución de los malvados y el tópico del policía enamorado de una de esas robots. Otras películas clásicas han abundado en esa posibilidad, desde Yo anduve con un zombie a Retorno al pasado, y no es la de Scott la que mejora aquellos desarrollos.

Pueden darse otras lecturas. De hecho, numerosos críticos del festival veneciano consideraron positiva la construcción del decorado y valoraron la historia del policía escéptico que acepta sumiso el trabajo que le dan y por el que recibe sonoras palizas dada su debilidad física frente a la de los replicantes. También en los festivales se con forman con poco. Pero fueron escasos los que no supieron apreciar la dificultad que tiene Scott para narrar con sencillez una historieta tan simple.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 1983