Tribuna:

Desde París, con amor

Vine a París por primera vez una helada noche de diciembre de 1955. Llegué en el tren de Roma a una estación adornada con luces de Navidad, y lo primero que me llamó la atención fueron las parejas de enamorados que se besaban por todas partes. En el tren, en el metro, en los cafés, en los ascensores, la primera generación después de la guerra se lanzaba con todas sus energías al consumo público del amor, que era todavía el único placer barato después del desastre. Se besaban en plena calle, sin preocuparse de no estorbar a los peatones, que se apartaban sin mirarlos ni hacerles caso, como ocurre con esos perros callejeros de nuestros pueblos que se quedan colgados los unos de las otras, haciendo cachorros en mitad de la plaza. Aquellos besos de intemperie no eran frecuentes en Roma -que era la primera ciudad europea donde yo había vivido-, ni tampoco, por supuesto, en la brumosa y pudibunda Bogotá de aquellos tiempos, donde era dificil besarse aun en los dormitorios.Eran los tiempos oscuros de la guerra de Argelia. Al fondo de las músicas nostálgicas de los acordeones en las esquinas, más allá del olor callejero de las castañas asadas en los braseros, la represión era un fantasma insaciable. De pronto, la policía bloqueaba la salida de un café o de uno de los bares de árabes del Boulevard Saint Michel y se llevaban a golpes a todo el que no tenía cara de cristiano. Uno de ellos, sin remedio, era yo. No valían explicaciones: no sólo la cara, sino también el acento con que hablábamos el francés, eran motivos de perdición. La primera vez que me metieron en la jaula de los argelinos, en la comisaría de Saint-Germain-des-Prés, me sentí humillado. Era un prejuicio latinoamericano: la cárcel era entonces una vergüenza, por que de niños no teníamos una distinción muy clara entre las razones políticas y las comunes, y nuestros adultos conservadores se encargaban de inculcarnos y mantenemos la confusión. Mi situación era todavía más peligrosa, porque, si bien los policías me arrastraban porque me creían argelino, éstos desconfiaban de mí dentro de la jaula cuando se daban cuenta de que, a pesar de mí cara de vendedor de telas a domicilio, no entendía ni la jota de sus algarabías. Sin embargo, tanto ellos como yo seguimos siendo visitantes tan asiduos de las comisarías nocturnas que terminamos por entendernos. Una noche, uno de ellos me dijo que para ser preso inocente era mejor serlo culpable, y me puso a trabajar para el Frente de Liberación Nacional de Argelia. Era el médico Anied Tebbal, que por aquellos tiempos fue uno de mis grandes amigos de París, pero que murió de una muerte distinta de la guerra después de la independencia de su país.

Veinticinco años después, cuando fui invitado a las fiestas de aquel aniversario en Argel, declaré a un periodista algo que pareció dificil de creer: la revolución argelina es la única por la cual he estado preso.

Sin embargo, el París de entonces no era sólo el de la guerra de Argelia. Era también el del exilio más. generalizado que ha tenido Latinoamérica en mucho tiempo. En efecto, Juan Domingo Perón -que entonces no era el mismo de los años siguientes- estaba en el poder en Argentina, el general Odría estaba en Perú, el general Rojas Pinilla estaba en Colombia, el general Pérez Jiménez estaba en Venezuela, el general Anastasio Somoza estaba en Nicaragua, el general Rafael Leónidas Trujillo estaba en Santo Domingo, el general Fulgencio Batista estaba en Cuba. Eramos tantos los fugitivos, de tantos -patriarcas simul-, táneos, que el poeta Nicolás Guillén se asomaba todas las madrugadas a su balcón del hotel Grand Saint Michel, en la calle Cujas, y gritaba en castellano las noticias de Latinoamérica que acababa de leer en los periódicos. Una madrugada gritó: "Se cayó el hombre". El que se había caído era sólo uno, por supuesto, pero todos nos despertamos ilusionados con la idea de que el caído fuera el de nuestro país.

Cuando llegué a París yo no era más que un caribe crudo. Lo que más le agradezco a esta ciudad, con la cual tengo tantos pleitos viejos, y tantos amores todavía más viejos, es que me hubiera dado una perspectiva nueva. y resuelta de Latinoamérica. La visión de conjunto, que no teníamos en ninguno de nuestros países, se volvía muy clara aquí en torno a una mesa de café, y uno terminaba por darse cuenta de que, a pesar de ser de distintos países, todos éramos tripulantes de un mismo barco. Era, posible hacer un viaje por todo el continente y encontrarse con sus escritores, con sus artistas, con sus políticos en desgracia o en ciernes, con sólo hacer un recorrido por los cafetines populosos de Saínt-Germain-des-Prés. Algunos no llegaban, como me ocurrió con'Julio Cortázar -a quien ya admiraba desde entonces por sus hermosos cuentos de bestiario-, y a quien esperé durante casi un año en el Old Navy, donde alguien me había dicho que solía ir. Unos quince años después le encontré, por fin, también en París, y era todavía como lo imaginaba desde mucho antes: el hombre más alto del mundo, que nunca se decidió a envejecer. La copia fiel de aquel latinoamericano inolvidable que, en uno de sus cuentos del otro cielo, gustaba de ir en los amaneceres brumosos a ver las ejecuciones en la guillotina.

Las canciones de Brassens se respiraban con el aire. La bella Tachia Quintana, una vasca temeraria a quien los latinoamericanos de todas partes habíamos convertido en una exiliada de las nuestras, realizaba el milagro de hacer una suculenta paella para diez en un reverbero de alcohol. Paul Coulaud, otro de nuestros franceses conversos, había encontrado un nombre para aquella vida: la mis~re dorée: la miseria dorada. Yo no había tenido una conciencia muy clara de mi situación hasta una noche en que me encontré de pronto por los lados del jardín de Luxemburgo sin haber comido ni una castaña durante todo el día y sin lugar donde dormir. Estuve merodeando largas horas por los bulevares, con la esperanza de que pasara la patrulla que se llevaba a los árabes para que me llevara a mí también a dormir a una jaula cálida, pero por más que la busqué no pude encontrarla. Al amanecer, cuando los palacios del Sena empezaron a perfilarse entre la niebla espesa, me dirigí hacia la Cité con pasos largos y decididos y con una cara de obrero honrado que acababa de levantarse para ir a su fábrica. Cuando atravesaba el, puente de Saint Michel sentí que no estaba solo entre la niebla, porque alcancé a percibir los pasos nítidos de alguien que se acercaba en sentido contrario. Lo vi perfilarse en la niebla, por la misma acera y con el mismo ritmo que yo, y vi muy cerca su chaqueta escocesa de cuadros rojos y negros, y en el instante en que nos cruzamos en medio del puente vi su cabello alborotado, su bigote de turco, su semblante triste de hambres atrasadas y mal dormir, y vi sus ojos anegados de lágrimas. Se me heló el corazón, porque aquel hombre parecía ser yo mismo que ya venía de regreso.

Ese es mi recuerdo más intenso de aquellos tiempos, y lo he evocado con más fuerza que nunca ahora que he vuelto a París de regreso de Estocolmo. La ciudad no ha cambiado desde entonces.

En 1968, cuando me trajo la curiosidad de ver qué había pasado después de la maravillosa explosión de mayo, encontré que los enamorados no se besaban en público, y habían repuesto los adoquines en las calles, y habían borrado los letreros más bellos que se escribieron jamás en las paredes: La imaginación, al poder; Debajo del pavimento está la playa; Amaos los unos encima de los otros. Ayer, después de recorrer los sitios que alguna vez fueron míos, sólo pude percibir una novedad: unos hombres del municipio vestidos de verde, que recorren las calles en motocicletas verdes y llevan unas manos mecánicas de exploradores siderales para recoger en la calle la caca que un millón de perros cautivos expulsan cada veinticuatro horas en la ciudad más bella del mundo.

Copyright. 1982. Gabriel García Márquez. ACI.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de diciembre de 1982