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El árbitro definió el "derby" madrileño

Los jugadores, rodeados del humo provocado desde la grada durante el Atlético-Real Madrid.
Los jugadores, rodeados del humo provocado desde la grada durante el Atlético-Real Madrid.

El Real Madrid no tiene la culpa de que un buen número de árbitros de Primera División se haya querellado contra Alfonso Cabeza, presidente del Atlético de Madrid. Pero el domingo se benefició de ello. El Real Madrid no tuvo nada que ver con aquella absurda e inoportuna pancarta que lucieron unos atléticos en la tribuna y que debió influir en el ánimo del señor Urízar Azpitarte. Pero no le vino mal. El Real Madrid no es quien incita a los árbitros, pero el domingo de rechazo, se hizo con dos puntos que no mereció. El árbitro fue quien definió el derby madrileño.El señor Urízar Azpitarte no fue capaz el domingo de olvidar la querella contra Cabeza. Creo sinceramente, que los árbitros están en su derecho de recurrir a los tribunales cuando entienden que un presidente les ha injuriado. Y creo, además, que en el caso de Cabeza estuvo justificada su actitud. En estos momentos existe una situación realmente singular. Quienes tienen la responsabilidad de impartir justicia en los campos de fútbol están enfrentados de una manera, que no admite dudas, con el presidente del Atlético y por más que en su ánimo esté deslindar del conflicto, a éste, del club, en algunos casos la práctica demuestra que no es así.

Desde un punto de vista reglamentario no es inviable que los querellantes arbitren al equipo del querellado y, además, no cabe la posibilidad de que renuncien a su deber. No hay pués otra salida, para que el Atlético de Madrid no sea el directamente perjudicado, que su presidente dimita.

El señor Urízar tuvo una pobre y lamentable actuación. Pero el peor de sus fallos está en haber servido para que, una vez más, el doctor Cabeza coja el rábano por las hojas. Urízar de dió nuevos argumentos al doctor. ¡Lo que faltaba!.

El encuentro, pese a que pareció definirse a favor del Atlético, se vió bien claro que no podía terminar felizmente. Siento decir que en el descanso pronostiqué que iba a producirse el escándalo. Urízar usó las tarjetas indiscriminadamente y, por ello, no tuvo autoridad moral para imponerse, a los jugadores. A Arteche le mostró la cartulina amarilla en la primera jugada con ribetes de dureza. A algunos madridistas, se limitó, la primera vez, a advertirles verbalmente. A Rubio le amonestó por cortar con la mano la trayectoria de un balón que no suponía jugada de peligro. A García Navajas no le dijo esta boca es mía cuando derribó a Ruíz, que se ¡ba sólo hacia el marco de Agustín.

Urízar fue inclinándose hacia el Madrid a medida que avanzó el tiempo. No lo pudo remediar. Es posible que la falta de Juanjo a Pineda mereciera un libre indirecto, pero el propio Urízar manifestó, que pitó para que no se produjera la tercera intentona del defensa atlético, que era la que iba a derribar al delantero madridista. Juanjo no tuvo intención de hacer falta. Más bien falló el despeje.

El penalti, a mi modo de ver, no existió. Independientemente de que el balón diera en el cuerpo de Ruíz y después lo tocara un brazo, es evidente que en Ruíz hubo un movimiento instintivo para tratar de cortar la trayectoria del balón con las piernas. El zambombazo que le largaron desde dos metros podía haberle tropezado en cualquier lugar. En la señalización de una falta grave como esta, los árbitros deben tener en cuenta la voluntariedad de la acción. Si desde dos metros Ruíz es capaz de parar con la mano, deliberadamente, un balón debe ser alineado como guardameta.

El partido, al margen los incidentes, fue de mejor fútbol por parte atlética. El Madrid tuvo una teórica superioridad en el centro del terreno, pero fue porque el Atlético le cedió espacio para contragolpear con rapidez. El Atlético sorprendió por velocidad más de una vez al Madrid. Además de los dos goles que se anotó tuvo una doble ocasión en el minuto 18 en la que Agustín realizó dos paradones extraordinarios a disparos a bocajarro de Arteche y Quique.

El Madrid encontró más dificultades de las previstas porque el planteamiento rojiblanco le sorprendió. Julio Alberto como par de Stielike estuvo inmenso. El alemán se vió casi siempre superado y ello le costó al Madrid la mitad de su fuerza ofensiva. El Madrid fue casi nulo en el ataque, entre otras cosas, porque Juanito se retrasó en exceso y porque Santillana acusó la inactividad. Lo mejor del Madrid fue la labor de Gallego y Camacho. A éste le sobraron fuerzas, como siempre, para abandonar a Hugo Sánchez y marcharse al ataque.

El mayor defecto del Atlético en el segundo tiempo fue agazaparse en exceso en su parcela. Perdida la velocidad del primer tiempo, facilitó la ofensiva madridista, que continuó produciéndose por el centro y casi nunca por las alas. Ito apenas entró en juego.

Del equipo blanco sobresalió, sin duda, su deseo de no dar por perdido el encuentro. El Real Madrid puso un ardor admirable y supo aprovechar los minutos de flaqueza del adversario. La lucha constante fue su factor más positivo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de enero de 1982

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