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Entrevista:

La aventura del secuestro de Entebbe, contada por una protagonista

Monique Epstein Khalepski es francesa, reside en Israel desde 1972 y formaba parte del grupo de 103 rehenes del aerobús francés, liberados del aeropuerto ugandés de Entebbe en el espectacular golpe de mano de un comando israelí. Monique, de regreso en Francia, ha relatado la dramática odisea que vivió la semana pasada. El miedo, la incertidumbre y la angustia de más de un centenar de personas sólo pueden encontrar fiel reflejo en el testimonio directo de alguno de los protagonistas. Monique habla sobre los días de horror pasados a bordo del avión secuestrado, sobre la irrupción súbita de los comandos israelíes, sobre el comportamiento de los secuestradores y, en fin, sobre la intervención del presidente ugandés, Idi Amín Dadá, en un dramático asunto que se cerró con un éxito militar fulgurante y con toda una serie de conculcaciones del derecho internacional. El relato de esta pasajera es ofrecido hoy por EL PAIS a sus lectores a través de la agencia Europa Press, en rigurosa exclusiva.

«Cuando estaba en el avión pensé en la posibilidad de escribir lo que ocurría. Otra chica me pidió que lo anotásemos entre las dos, pero realmente no me encontraba con el ánimo de hacerlo», comienza diciendo Monique.-¿Tenía alguien una cámara de fotos?

-Sí, muchos llevaban alguna, pero los terroristas las confiscaron y las devolvieron vacías. Una persona tenía una pequeña, pero no sé si fue capaz de sacar alguna foto; era un francés.

-¿Cómo empezó el drama?

-Yo debí haber tomado otro avión que no paraba en Atenas el domingo, pero llegué tarde y me vi obligada a coger ese vuelo. Llegamos a Atenas a las once. Esperamos en el avión y otras personas entraron. Después de despegar oímos los primeros gritos, y pensamos que a lo mejor algo se estaba quemando. Realmente podía ser cualquier cosa. Entonces los pasajeros que estaban en primera clase empezaron a entrar en nuestro compartimento de segunda.

Oímos voces alemanas, mientras que la gente iba llegando con los brazos en alto. Dos terroristas más estaban entre nosotros en segunda clase.

Una chica alemana habló en inglés por el micrófono, y dijo: «El avión ha sido secuestrado. De ahora en adelante se llamará «Haifa». Su nuevo comandante es ... (y dijo un nombre árabe que he olvidado). Somos el comando Che Guevara, de la Liberación Palestina.»

-¿Qué pensó cuando vio llegar al primer pasajero con las manos levantadas?

-Al principio pensamos todos que alguien se había puesto enfermo. Una persona que no ha sido nunca secuestrada antes no piensa en esa posibilidad.

-¿Dónde estaban situados los terroristas en el avión?

-Creo que los dos palestinos estaban en el compartimento de segunda, y los alemanes, en primera. Los palestinos salieron de la parte trasera y tomaron posición delante de la segunda clase. Los dos eran bastante jóvenes, uno tenía el pelo rubio y ojos inexpresivos; el otro era moreno, como la mayoría de los de su raza. Uno tendría unos 20 años y el otro parecía un poco mayor.

Al principio no vimos al resto, pero luego apareció la mujer para relevarles en la guardia. La mayor parte del tiempo estaban al fondo, junto a los lavabos, desde donde podían ver todo el avión. Siempre había por lo menos dos vigilando. El alemán nunca dormía, él se quedaba siempre en primera clase.

Era un hombre guapo

-¿Era él el cerebro de la operación?

-Nosotros no le vimos en el avión. La primera vez que le tuve ante mí fue al llegar a Uganda. Allí tuvimos que esperar bastante tiempo, mientras que ellos negociaban con Idi Amín Dadá. Mientras tanto, a nosotros nos permitieron pasar a la sección de primera, no sé por qué. En ella estaba él discutiendo con algunas personas. Parecía tener unos 28 ó 30 años; era un hombre guapo.

-¿Qué dijeron los secuestradores después del primer anuncio?

-«Por favor, permanezcan sentados, pongan las manos sobre la cabeza y no se muevan. Vamos a registrarles. Dejen en el pasillo todos los cuchillos o armas que lleven». Entonces nos llevaron al fondo a todos los que estábamos en las primeras filas. La gente nos hizo sitio, instalándonos dos en cada asiento; las azafatas se sentaron en los pasillos.

Seguimos con la manos sobre la cabeza y sin movernos, mientras ellos iban registrando, uno a uno, a cada uno de los que estábamos a bordo. La mujer cacheaba a las pasajeras, y los hombres, a los varones. A mí no me registraron porque estaba sentada al fondo y se cansaron antes de acabar con todos. Era demasiado trabajo.

-¿Hablaba la gente con los terroristas? ¿Cómo se comportaba?

-Nadie hablaba mucho. Algunos temblaban como una hoja, sólo se podían oír susurros. Después de un rato consiguieron organizarse los terroristas.

-¿Sabía que les llevaban a Bengasi?

-No. Nos lo dijeron sólo al llegar allí. Nosotros no teníamos ni idea de adónde nos llevaban. Mirábamos por la ventana; pudimos divisar el mar, pero eso fue todo. Cuando llegamos nos anunciaron que estábamos en Bengasi para repostar y verificar los mecanismos. A menudo repetían que todo iba bien. «No queremos hacerles daño», decían. «Estén tranquilos.»

-¿Verificaron sus documentos? ¿Estaba preocupada por ser residente eventual de Israel, aunque llevase pasaporte francés?

-Antes de llegar a Bengasi dijeron los secuestradores: «Pasaremos para recoger sus pasaportes. Por favor, den todo lo que tengan, carnets de identidad, tarjetas consulares, papeles militares... No traten de esconder nada bajo los asientos. El avión será registrado posteriormente». Yo pensé luego que debería haber destruido toda mi documentación referente a Israel. Supongo que mucha gente lo hizo.

-¿Qué pasó en Bengasi?

-El comando nos trajo bebidas. Nos dijeron que corriésemos las cortinas. Después de repostar, despegamos otra vez. Como no teníamos nada que hacer, especulábamos sobre dónde nos llevarían. Algunos dijeron que a Marruecos, otros que a Argelia o a Arabia Saudita. Casi todos pensábamos que nos dirigíamos hacia el sur.

El viaje fue bastante largo, pero no sé exactamente cuánto duró. Llegamos a Uganda por la noche, a eso de las tres o las cuatro de la madrugada. Según una conversación que oí después, el comandante no conocía bien el aeropuerto, por lo que hicimos un malísimo aterrizaje. Comenzó a amanecer; permanecimos en el avión mientras la gente se iba despertando gradualmente. Abrieron las puertas para airear un poco el avión. Hacía un calor horrible.

El lugar estaba completamente desierto

- ¿Permanecieron en el avión durante todo el día del lunes?

- No. Al mediodía comimos en el aeropuerto. Por la mañana habíamos visto coches delante del avión. El de Idi Amin era uno de ellos. A él también le vimos, a lolejos. Los terroristas negociaron por radio para que nos dejasen desmbarcar.

- ¿Seguían teniendo las manos sobre la cabeza?

- No. Algunos pasajeros llegaron incluso a pensar que todo había terminado ya; que se quedarían con los pasaportes y el avión y que nos dejarían marchar. Pero no fue así. Nos hicieron desembarcar y nos llevaron al aeropuerto.

- ¿Estuvieron armados todo el tiempo que permanecieron con ustedes los terroristas?

- Si. Ellos desembarcaron también detrás de nosotros. Delante de nosotros había una fila de soldados ugandeses que nos señalaban qué dirección seguir. La habitación a la que nos llevaron estaba a unos 50 metros del avión. La tripulación del avión también desembarcó, al final, formando un grupo compacto. No pudimos reconocer a ningún oficial ugandés. En la habitación nos hicieron sentarnos y esperar. Sólo había una puerta, y la dejaron abierta.

Los soldados de Uganda permanecían a lo lejos. El lugar estaba completamente desierto. Suponíamos que tendríamos que pasar la noche allí.

- ¿Se unieron otros terroristas al comando?

- Hasta el día siguiente no nos dimos cuenta de que había más terroristas. Eran mayores, uno de cuarenta años, y también iban armados. Ellos eran los dirigentes de la operación.

Los terroristas que estaban con nosotros hacían guardia con una granada siempre lista en la mano. En los días siguientes ya guardaban las granadas en los bolsillos. Nos hicieron rellenar unos papeles para la Organización para la Liberación de Palestina. En ellos tuvimos que poner nuestro nombre, número del pasaporte, profesión y lugar de destino.

-¿Cuándo empezaron a darse cuenta de que tendrían que pasar la noche allí?

- No recuerdo. Sé que nos dijeron que podíamos ir al cuarto de baño para lavamos un poco. Nos dieron de cenar e intentamos dormir La gente estaba muy cansada. Muchos no habían podido conciliar el sueño la noche pasada en el avión. Las luces permanecieron encendidas. En los días siguientes los secuestradores trataron de organizar el servicio de comidas. Los terroristas pensaron que nosotros podríamos encargamos de ello. Un francés tomó la dirección y cuatro mujeres ayudaron a servir.

También nos dieron agua para lavar y unas píldoras contra la malaria.

Idi Amín, sonriente y relajado

-¿Cuándo vieron a Idi Amín?

- En total le vimos unas tres o cuatro veces, incluida la última, el 3 de julio. En aquella ocasión dijo que acababa de volver de la conferencia de la OUA (Organización para la Unidad Africana), pero que no había hablado todavía con los palestinos. «Conversaré con ellos durante toda la noche», dijo.

Antes de esto le habíamos visto otras veces. Un día vino con su mujer y su hijo, y nos los presentó. «También tengo una niña que se llama Sharon», añadió. Siempre estaba sonriente y relajado, pero todo lo expresaba en condicional. «Debo decirles que todo depende de sus gobiernos; si no llegan a un acuerdo con los terroristas, nosotros no sabemos qué puede pasar», nos comunicó. Nos advirtió que el edificio estaba rodeado de explosivos.

En otra circunstancia se presentó para decirnos que había negociado con los terroristas. Eso fue al día siguiente de cuando fuimos separados los judíos de los demás pasajeros; cuando algunas mujeres, niños, ancianos y enfermos fueron liberados.

-¿Quién pudo marcharse en el primer grupo?

- Todos los que no fuesen judíos o israelitas. Entre nosotros había una pareja de belgas y otra de americanos.

Más tarde llegó a nosotros un horrible anuncio. Entraron en la habitación y el francés que sostenía el micrófono tradujo sus órdenes: «Según los deseos del capitán, vamos a ofrecerles más sitio. Algunos de ustedes pasarán a otra habitación», y pasó a leer una lista. Después de varios nombres pudimos darnos cuenta que mencionaban sólo a los israelíes.

A partir de entonces nuestro inicial silencio se fue haciendo cada vez más pesado y empezamos a imaginar cosas horribles. Dos de entre nosotros habían estado anteriormente en campos de concentración. A una mujer le dio un ataque de histeria. Sus gritos cortaban el silencio. Se hubiese podido hacer una película en aquellos momentos, con reminiscencias de una cierta época histórica...

-¿Sintió miedo?

-Sí, porque mi situación estaba aún sin decidir. Aquella tarde yo no fui nombrada.

-Por entonces, ¿dónde estaban los soldados?

-Se encontraban aún allí, hablando con los del comando amistosamente.

-¿Después de la primera separación, les llamaron más tarde?

-Nos llamaron para hacernos muchas preguntas. Eramos cinco. Hicieron el interrogatorio los terroristas más mayores los que no vinieron en el avión. Hablaban en inglés.

Me preguntaron qué hacía, quién era, qué nacionalidad tenía y dónde vivía. Les contesté que soy francesa, pero que había residido temporalmente en Israel. Sin embargo, ellos nos dijeron a los cinco: «Sabemos todo sobre ustedes. Es mejor que no oculten nada». Insistían en que pertenecíamos al grupo KAPOTE. Yo, al principio, no les entendía.

«¿Ha estado alguna vez en Kiriat Shmone?», me preguntaron. Les contesté que sí, pero como turista. «Sabe que hay Kapotes en Kiriat Shmone ... », me dijeron.

A los israelíes no les preguntaban nada. Una persona fue interrogada ampliamente porque encontraron que llevaba fotos en las que aparecía él en un tanque.

Después que nos separaron empezó a desarrollarse entre nosotros un cierto complejo. El capitán del avión venía de cuando en cuando a vernos para animamos un poco. A los otros franceses sólo les veíamos al ir al cuarto de baño.

-¿Qué pasó cuando soltaron al primer grupo?

-Yo no ví cómo se marchaban, porque estaba en la otra habitación con los israelíes Sólo fueron liberados los viejos, las mujeres y los niños. Era un grupo pequeño. Todos fueron escogidos entre la gente de la otra habitación. Realmente no fue un suceso muy alentador para los que nos encontrábamos en la otra sala, ya que a ninguno de nosotros nos dejaron partir. Fue muy duro, para los esposos que se encontraban allí, ver partir a sus mujeres e hijos y tener que quedarse ellos.

La segunda vez que liberaron a otro grupo fue más dura para nosotros, porque obstruyeron la comunicación entre nuestra habitación y la otra y, a partir de entonces, no pudimos saber qué pasaba.

-¿Qué hacían los ugandeses?

-Ellos supervisaban. No participaban directamente. Eran más bien un apoyo pasivo.

-¿Qué pasó entonces?

-Después de pasar algún tiempo incomunicados, nos dejaron pasar a la otra habitación, donde sólo quedaba gente francesa: doce pasajeros y la tripulación del avión. Nos animó mucho volverles a ver.

-¿Volvió Idi Amín el sábado?

-Sí. Dijo: «Haré todo lo que esté en mi mano para salvar sus vidas».

«No tengan miedo échense al suelo»

-¿Cuándo fueron liberados?

-Nos pareció que los terroristas estaban muy contentos. Pensamos que las negociaciones habían llegado por fin a buen término, porque vimos pasar un coche con dos de los palestinos más mayores, que nos hicieron un gesto de triunfo. Creímos que algo había ocurrido, así que nos echamos a dormir. Estábamos todos muy relajados. A eso de la media noche me desperté al oír ruidos de gente que corría hacia el fondo de la habitación. Oímos un ruido, el sonido de unos disparos. Creo que lanzaron una granada, pero yo no la ví. El ruido duró diez minutos. Yo me temía que los palestinos hubiesen cambiado de opinión y que iban a matarnos.

Entonces unos hombres entraron en la habitación diciendo que eran israelíes. Nos advirtieron: «No tengan miedo, échense al suelo». Luego nos hicieron salir y, en un camión, nos llevaron a los aviones que acababan de aterrizar.

-¿Qué pasó con los terroristas?

-Yo no tuve tiempo de ver qué les había pasado. Sólo me dí cuenta de que había uno muerto en un rincón, pero no quise mirar.

Después me metí en un reactor y despegamos. Paramos en Nairobi, donde los israelí llevaron a los heridos al hospital. Después despegamos nuevamente, esta vez hacia Tel Aviv.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de julio de 1976