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sábado, 3 de julio de 1976
Tribuna:Tribuna libre

Socialismo y socialdemocracia

Jesús Prados Arrarte nació en Bilbao en 1909. Estudió Derecho y Comercio. Tras ejercer la docencia como profesor ayudante del prestigioso economista Flores de Lemus y ampliar estudios en Alemania e Inglaterra, accede a la cátedra de Economía Política de la Universidad de Santiago de Compostela. Durante la guerra civil prestó servicios en el Estado Mayor del Ejército Republicano y se exiló hasta 1964.De regreso a España desempeña la jefatura de estudios del Banco Central y gana una cátedra en la Facultad de Derecho de Madrid. Colaborador político de Dionisio Ridruejo es vicepresidente primero del Partido Socialista Democrático Español, de tendencia socialdemócrata.

Una polémica publicada por la revista Cambio 16 entre J. Julio Feo, de un lado, y Virgilio Zapatero, Francisco Bustelo y Círiaco de Vicente, de otra, obliga a los socialistas democráticos a refutar las observaciones de los últimos, que casi se presentan cual si se tratara de la opinión oficial del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en su rama denominada moderna.La tesis esencial de los «presuntamente ortodoxos» es «que debe quedar bien claro que para considerar socialista a una persona, a un grupo, a un partido, no basta con la solemne declaración de fe socialista que cada uno haga de sí ... ». Fundándose en esos supuestos, los «presuntamente ortodoxos» niegan el carácter socialista a la socialdemocracia alemana y al socialismo sueco, y si bien no mencionan a los socialistas ingleses, austriacos, noruegos, daneses, holandeses, ni a la socialdemocracia italiana, podría deducirse que ninguno de esos partidos debería ser considerado como socialista, según el criterio exteriorizado de forma suficientemente clara por los «presuntamente ortodoxos» más arriba reseñados.

Se deduce de la conclusión anterior que Zapatero, Bustelo y de Vicente se consideran con autoridad suficiente para «alterar el diccionario» y negar la denominación de socialista a los partidos que así se nombran a sí mismos, introduciendo una enorme confusión que se sumará a la ya muy grande que sufre la política española. Bastaría esta observación para descalificar los términos políticos de los «presuntamen.te ortodoxos», ya que pretenden -nada menos- que denominar a su manera a lo que millones de personas nombran de otra, reiterándose diariamente ese nombre en los periódicos, discursos, libros y otros medios de difusión. Me atrevería a criticarles por ese intento de resolver los problemas a su favor, mediante el uso de la semántica, y espero que no pretenderan que se suprima el nombre de socialista a los partidos anteriormente mencionados, simplemente porque así lo desean, para reforzar sus muy particulares posiciones.

La semántica de los señores Zapatero, Bustelo y de Vicente'carece de toda justificación desde el punto de vista de los usos y costumbres -¿qué diría un proletario español sobre la negativa a considerar socialistas a los miembros del partido sueco, a los que admira?- pero la tiene menor a juzgar por otras afirmaciones que realizan, de las que se deduce lo que es para ellos el socialismo.

'Ya hace falta valentía para considerar que el socialismo no tiene más que una definición y, por tanto, que es fácil determinar si un sistema o un partido es o no socialista, puesto que hay pocas palabras con tan diverso significado como el «socialismo». Este incluye, por igual, a la Alemania socialdemócrata del Oeste que a su homénima presuntamente democrática del Este; a la Rusia soviética, como a su odiada China; a la Yugoslavia de la autogestión como a la Albania maoista. Incluye también al origen vivo de todo socialismo -bien que nos pese- que fue el imperio de los Incas, cuya organización es el antecedente de la Utopía de Tomás Moro y de La Ciudad del Sol de Campanella. Pretender, en tal caso, que no hay sino una definición del socialismo, cuando se encuentran decenas de ellas en cualquier estudio analítico, es olvidar -¿deliberadamente? que Griffith reunió en un librito 261 definiciones distintas de aquel vocablo.

Si nuestros «presuntamente ortodoxos» olvidan los problemas de la semántica, no por ello aciertan tampoco en la definición de «qué es el socialismo». El socialismo es, sencillamente, lo que la inmensa mayoría de las gentes denominan socialismo en el día de hoy, lo que está determinado en buena parte, por los programas y política de los partidos socialistas principales del mundo, y por las opiniones de la mayoría de los tratadistas. Nuestros autores niegan taxativamente esta conclusión. Dicen: «... afirmar que la socialdemocracia, versión sueca o alemana, sea socialista porque una y otra están en la Internacional Socialista... nos parece, per se, un argumento erróneo, ya que hay organizaciones que no están en ella y, en todo caso, una simplificación excesiva».

Nuestros autores pasan, poco más tarde, a mostrar lo que para ellos es la prueba definitiva del socialismo: «La socialización de los medios de producción previa la conquista del poder».

¿Aceptaría esa definición del socialismo algún partido de ese nombre en Europa Occidental? Por supuesto que no. Los partidos socialistas en esa Región ya no se preocupan de la propiedad colectiva de todos los medios de producción, cual parecen desear nuestros «presuntamente ortodoxos». Es más, la rechazan abiertamente, como no pueden ignorar los señores Zapatero, Bustelo, y de Vicente, si se molestan en seguir con una mínima atención los- escritos socialistas del presente. Un profesor de la Sorbona -Jacques Droz- culmina su extensa obra sobre el socialismo democrático que cubre el período 1864-1960, afirmando lo siguiente: « Los programas que han sido publicados por los partidos socialistas así como numerosas declaraciones de hombres de estado dejan entender que el socialismo ha abandonado todo lo que pudiera atarlo a la ideología marxista; se ha pronunciado formalmente por el mantenimiento de la propiedad privada, contra la socialización de los medios de producción y aun contra una plaráficación demasiado acentuada; se ha llegado hasta hacer reserias respecto a la ,participación obrera en la gestión de las empresas».

Si según nuestros «presuntamente ortodoxos: «el PSOE, como partido de clase es, al menos hoy, un partido marxista, lo colocan en una situación diferencial respecto a sus partidos europeos homónimos. Si ello no impide al PSOE financiarse con los dineros que puedan enviarle esos partidos (que según los señores Zapatero,

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Bustelo, y de Vicente, son tan reaccionarios que sólo podría admitirse en el PSOE con grandes recaudos a los que mantienen la misma ideología que ellos), yo me permitiría un nuevo ejercicio de semántica cambiando la S de PSOE por la C de comunista.

El error de nuestros presuntos socialistas surge de que los cuarenta años de aislamiento político de España parecen haber afectado a las lecturas, que también arrojan un atraso de cuarenta años. Los partidos socialistas de Europa Occidental han arrojado al marxismo por la borda, por el desprestigio del sistema soviético en cuanto a la salvaguardia de los derechos humanos fundamentales y a causa de que las proposiciones principales de Marx no resisten hoy un análisis metódico, pero nuestros presuntos ortodoxos no parecen haberse enterado.

El socialismo de Marx, que él mismo calificó de científico, a causa de establecer para la Historia métodos de: investigación reservados a las ciencias naturales y proposiciones sobre el futuro económico de la sociedad moderna (que han resultado falsas en su mayoría), han obligado a los partidos socialistas, que han conquistado entretanto, con su política reformista, enormes ventajas para los trabajadores, a cambiar totalmente de ideología sin que por ello hayan dejado de ser socialistas. Han dejado, simplemente, de ser «socialistas pretendidamente científicos», ya que conocen las contradicciones inmensas entre el primero y el tercer tomo de El Capital de Marx (en este se echa por la borda la plusvalía) y han vuelto a lo que siempre alentó a los socialistas que Marx calificó de utópicos: al socialismo humanista.

Yerran, además, los señores Zapatero, Bustelo y de Vicente cuando suponen que la tradición marxista del PSOE es innegable. Yerran cuando afirman que «una tendencia (política) que postulara sin más un gradualismo desarrollista, estaría en abierta contradicción con el programa e ideario del PSOE, con su historia, con su presente y esperamos que con su futur». Yerran, por cuanto la tradición histórica del PSOE es el humanismo y la libertad, postulados que no parecen preocupar en alto grado a nuestro «presuntamente socialistas». En efecto, hace pocas semanas se ha editado de nuevo la obra de aquel preclaro socialista que fue D. Fernando de los Ríos, titulada, «El sentido humanista del socialismo». Quienes tenemos -por desgracia- algunos años, recomendamos - el famoso -diálogo entre el mismo D. Fernando y Lenin, en el cual el primero pregunto:

«¿Y la libertad?», contestando Lenin: «libertad; ¿para qué?» ¿Qué otras ideas sino las socialdemócra de toda clase de agravios, tan pronto pudieron expulsarle del Gobierno los comunistas. -Cuando el ejército republicano pasó a Francia, pocos kilómetros antes de la frontera francesa hubo una cierta «liquidación» de socialistas y republicanos, por los verdugos del Partido Comunista, hecho que se repitió al fin-de4a ocupación alemana, con los socialistas residentes en Francia, según ha expuesto con detalle Rodolfo Llopis recientemente en el prensa española. El SERE, entidad organizada para la evacuación hacia América de los exiliados en Francia, concedió todas las ventajas a los comunistas, debiendo organizar Indalecio Prieto, en competencia, el JARE-

Los socialdemócratas querernos impedir esos hechos en el futuro, manteniéndonos en la línea de la mayoría, de lo! Partidos Socialistas de la Europa Occidental; no queremos un Partido Socialista que, como el italiano, brinde en bandeja el triunfo del Partido Comunista o que como los de Chile y Portugal hagan imposible la realización del socialismo, por intentar marchar más lejos de lo que permitían las circustancias. Si hubiera habido en España un Partido Socialdemócrata antes de la guerra civil no habría ocurrido la entrega de las juventudes del PSOE al Partido Comunista, propósitos que parecen constituir de nuevo un peligro.

Los señores Zapatero, Bustelo y de Vicente podrán negar el carácter socialista a los alemanes, suecos y, por supuesto, a los socialistas democráticos de España; creo estar en mi derecho en negarme a mi vez, la condición de socialistas y pensar que el apelativo que les conviene es el de miembros de la «octava internacional» ya que las existentes hasta la cuarta, les deben parecer muy insuficientes.

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