_
_
_
_
Reportaje:[41] MALOS DE LA HISTORIA

El fanático reaccionario

Carlos d'Espagnac, más conocido como el conde de España, ha sido uno de los personajes más siniestros de la historia contemporánea de nuestro país. Exaltado absolutista, beato compulsivo y estrambótico personaje, fue durante cinco años amo y señor de Cataluña, persiguiendo y exterminando a todos los sospechosos de liberales.

Carlos d'Espagnac, más conocido como el conde de España, ha sido uno de los personajes más siniestros de la historia contemporánea de nuestro país. Exaltado absolutista, beato compulsivo y estrambótico personaje, fue durante cinco años amo y señor de Cataluña, persiguiendo y exterminando a todos los sospechosos de liberales.

Colgaba los cadáveres de los que mandaba ejecutar como escarmiento

Fanático y siniestro. La historia de Carlos d'Espagnac, una de las más desconocidas de la historia de España, es digna de formar parte de una galería de malvados. Carlos d'Espagnac nació en Foix (Francia) en 1775, en el seno de una linajuda dinastía. Hijo del marqués de Espagnac, pertenecía a una familia de orígenes hispanos afincada en la vertiente norte de los Pirineos. De muchacho entró a servir en la corte de Luis XVI, pero cuando estalló la Revolución Francesa en 1789 y su familia fue perseguida -varios de sus parientes murieron en la insurrección realista de la Vendée- tuvo que emigrar a Inglaterra y desde allí a España, donde llegó en 1792. Su objetivo era vengarse y participar en la invasión del Rosellón que Carlos IV estaba protagonizando en su guerra contra la Francia revolucionaria, cosa que consiguió al darle el rey español el oportuno permiso. Así, con 17 años, y con el grado de capitán del ejército español, invadió su propio país.

La consolidación de la revolución en Francia le obligó a afincarse definitivamente en España. Años después volvió a luchar contra los franceses en la guerra de la Independencia, llegando a alcanzar el grado de mariscal de campo. En 1812, por un breve espacio de tiempo, fue gobernador militar de Madrid, y pudo así mostrar su odio hacia todo lo revolucionario al perseguir enconadamente a los afrancesados que no se habían marchado al exilio. Cuando acabó la guerra y en Europa se restablecieron las monarquías absolutas, el nuevo rey galo, Luis XVIII, le propuso volver a Francia para formar parte de su ejército, lo que rehusó. Fervoroso súbdito de Fernando VII, españolizó su apellido en 1817 cambiando Espagnac por España. En 1819 recibió del monarca el título de conde por los servicios prestados, la condición de grande de España y la jefatura de la Guardia Real.

Cuando, en 1820, Riego se pronunció y reimplantó la Constitución de Cádiz, el conde vio con desesperación cómo su nueva patria comenzaba a seguir la senda revolucionaria tan odiada por él. Por encargo del rey viajó a Viena y París con el fin de concretar la ayuda extranjera que vendría a reponer a Fernando VII en su autoridad absoluta. Así, junto al duque de Angulema y los Cien Mil Hijos de San Luis, invadió España en 1823, poniendo fin al trienio liberal e inaugurando la década ominosa.

En 1827 estalló en España una revuelta protagonizada por realistas puros o intransigentes que acusaban al rey y a sus ministros de ciertas veleidades liberales. La sublevación, conocida como la guerra de los agraviados, estaba protagonizada por militares, clérigos y campesinos que habían luchado contra el Gobierno del trienio y se creían poco recompensados en sus esfuerzos. Abogaban por un absolutismo más extremista, y ya comenzaban a apoyar al hermano del rey, Carlos, como el futuro nuevo monarca. Sin duda esta guerra era ya la antesala de las posteriores guerras carlistas.

Fue en Cataluña donde la insurrección prendió con especial virulencia, y allí se dirigió el rey Fernando VII junto con su ejército, comandado por el conde de España. Aunque éste simpatizaba ideológicamente con los insurrectos, no dudó en reprimirles a sangre y fuego y ejecutar a sus principales cabecillas, acabando así en pocos meses con la sublevación. Como conclusión de la campaña, el rey y su esposa se quedaron en Barcelona, en diciembre de 1827, por espacio de cuatro meses. Allí las tropas del conde relevaron a las francesas de ocupación que aún quedaban en la región tras la invasión del duque de Angulema, y él pasó formalmente a ocupar el cargo de capitán general. Curiosamente, la Administración militar francesa había librado, en buena medida, a Cataluña de la dura represión que durante la reinstauración del absolutismo había asolado toda España, pero esto iba a cambiar enseguida. El objetivo era conseguir que Barcelona dejase de ser el foco liberal que había sido hasta entonces.

El conde de España, ejerciendo un poder absoluto, se dedicó, nada más llegar a Barcelona, a eliminar todos los vestigios liberales. Prohibió inmediatamente aquellos sombreros o adornos que pudiesen recordar la moda del trienio y puso especial énfasis en perseguir el pelo largo de los jóvenes, algo de indudable aire revolucionario. Tiempo después también ordenó que todos los ciudadanos se afeitasen los bigotes, ya que, a su juicio, le parecían que proporcionaban un aire sospechoso. Igualmente ordenó la supresión de aquellos anuncios publicados en el Diario de Barcelona que evocaban cierta escandalosa liberalidad de costumbres, como los de pomadas para curar las almorranas o los aceites para eliminar el vello de las mujeres.

Ante la proximidad de la Navidad, y para favorecer el recogimiento y devoción de la población, cerró todos los cafés, tiendas y ferias, un desatino que el rey tuvo que revocar. El conde de España, beato y fariseo, siempre acudía a las ceremonias religiosas cargado de estampas y escapularios. No conforme con arrodillarse, permanecía buena parte de la misa con los brazos en cruz y con los ojos cerrados o en blanco para sugerir el éxtasis divino que le embargaba. En una ocasión, en medio de la misa, fue presa de tal arrebato místico que las convulsiones de su cuerpo hicieron que cayeran sonoramente sus rosarios y medallas, una acción más que sospechosa y muy posiblemente destinada a impresionar a los reyes, que estaban presentes. Obsesionado por la presencia de la religión en las incipientes industrias españolas, ordenó que antes de concluir la jornada laboral se rezase en todas las fábricas el rosario y que aquel obrero que no lo llevase siempre consigo fuese encarcelado.

Su misoginia también fue legendaria. No soportaba que las mujeres fuesen coquetas y no mostrasen el recato y sumisión que según él todas debían tener. En más de una ocasión ordenó que las bellas trenzas rematadas con lazos que muchas jóvenes llevaban fuesen cortadas. Una vez, mientras paseaba por un pueblo cercano a Barcelona, indicó a una partida de gitanos que persiguiesen a todas las muchachas así peinadas para que las esquilasen, mientras él contemplaba el espectáculo y se partía de la risa viendo huir a las jóvenes aterrorizadas. Obviamente, la mujer tenía que estar recluida en su hogar, adecentándolo y cuidándolo. En otras ocasiones, cuando veía peinándose a las mujeres en las puertas de sus casas, o simplemente charlando con las vecinas, ordenaba que se entrase a inspeccionar las viviendas. Si advertía algún descuido o desorden indicaba a sus hombres que lo corrigiesen, fuese fregando cacharros, quitando el polvo o barriendo los suelos. A continuación imponía a las desconcertadas mujeres una multa en función de las labores que habían hecho sus soldados y que a ellas les hubiese correspondido hacer. Para llamarlas al orden mandó que todas ellas barriesen, antes de las ocho de la mañana, la porción de acera que tuviesen ante sus casas, bajo amenaza de multa. De todas estas acciones no dejaba de jactarse con sus amistades mientras exclamaba, orgulloso: "¡Así aprenderán!".

Su propia mujer y su hija sufrieron esos mismos rigores.

En una ocasión, como consecuencia de la terrible disciplina que imperaba en el palacio de Capitanía, no dejaron entrar al vendedor de hortalizas, por lo que su mujer no pudo comprar batatas, a las que era muy aficionado el conde. Cuando llegó la hora del almuerzo, y ante la falta del producto, comenzó a proferir gritos a su esposa sin que de nada le valiesen las excusas. Como castigo llamó en ese mismo instante a dos soldados del cuerpo de guardia para que la arrestasen durante un día entero en un cuarto oscuro que había debajo de una escalera. En otra ocasión, su hija intercedió ante su padre por un pobre soldado que montaba guardia fuera del palacio en una gélida noche de fin de año. Le rogó que le permitiese hacerla dentro, a lo que el conde contestó afirmativamente; pero seguidamente ordenó a su hija que saliese al balcón y fuese ella, con una escoba al hombro a modo de fusil, la que hiciese la guardia toda la noche. Los mismos soldados sentían un pánico atroz hacia su persona debido a la terrible dureza con que castigaba cualquier falta.

Pero lo cierto es que nadie estaba a salvo de las excentricidades, bromas o ataques de furia que solía sufrir frecuentemente, y que cada vez rayaban más en la locura. A ello contribuía, sin duda, su afición al ron y al aguardiente, que bebía con fruición mezclando ambos licores en un vaso. Así, con el brebaje en la mano, solía pasarse horas y horas contemplado la explanada del puerto de Barcelona que se veía desde los amplios ventanales de su palacio, mientras paseaba de un extremo a otro del salón. De vez en cuando detenía su andar, se asomaba a la ventana y contemplaba a la población que iba y venía para detectar cualquier gesto, andar o aspecto que pudiera ser seña de libertinaje, y descargar su cólera sobre cualquier desgraciado.

En ocasiones, sus víctimas, a las que ordenaba detener con cualquier excusa, eran los labriegos que portaban la roja barretina, prenda que odiaba porque le recordaba el tocado de los revolucionarios franceses. Ante ella, según reconocía, la vista se le nublaba de sangre y le inundaba una ira incontrolada. En otras ocasiones eran simples paseantes o niños que jugaban el objeto de su furia. Una vez, una docena de críos cometió el error de ir a jugar allí con espadas de madera, fusiles de caña y sombreros de papel, imitando el desfilar de las tropas. El conde ordenó rápidamente a su guardia que les prendiese. Cinco escaparon de la singular redada, pero los siete restantes fueron enviados a prestar servicio de armas en unidades de pífanos y tambores. Una vez, dos jóvenes vestidos elegantemente paseaban por el puerto. Tras llamarles personalmente desde el balcón les ordenó subir a su presencia. Allí se rió de su indumentaria, les hizo caminar delante de él para mofarse de sus andares y, tras insultarles por, en su opinión, dárselas de caballeros, les envío sin más causa a Cuba en el primer barco que partía; uno de ellos, desesperado por aquella detención arbitraria, murió en la travesía. Un pobre jorobado también fue víctima de su humor negro. Pensó que sería muy cómico ver metido su cuerpo deforme en un uniforme, y así lo hizo, tras lo cual le obligó a hacer guardia en la puerta del palacio ordenándole no dejar entrar y salir a nadie. El pobre hombre sufría lo indecible mientras trataba de permanecer erguido para que no se le cayese el gorro o el fusil, al tiempo que negaba el paso a unos sorprendidos oficiales que no dejaban de protestar. El conde se desternillaba de risa viendo el espectáculo. Al final, el pobre desgraciado, víctima del terror y de la ansiedad, sufrió un ataque que le mató a las pocas horas.

Tales excentricidades pronto revelaron que el conde no estaba muy en su juicio. En una ocasión mandó procesar y fusilar a un caballo porque le tiró al suelo; en otra, durante el curso de unas maniobras desarrolladas en la playa, ordenó a sus hombres marchar al frente, hacia el mar, mientras él lo presenciaba impertérrito sin importarle que se ahogaran, hasta que un oficial, desafiando sus órdenes, ordenó la media vuelta cuando tenían ya el agua por el pecho, lo que también provocó su hilaridad. En otro momento hizo llevar su caballo hasta el balcón del primer piso, desde el que se asomó montado para saludar a una escuadra holandesa que estaba atracando en el puerto.

Pero sin duda fue la feroz represión que desató sobre la ciudadanía lo que más terror causó al pueblo de Barcelona. Él estaba convencido de la existencia de una confabulación secreta urdida por masones y liberales exiliados, confabulación que era preciso reprimir antes de que estallase. A los pocos meses había formado un cuerpo de sicarios, oficialmente policías, comandados por un tal Oñate, que por las noches se desplazaban en grupos de 10 o 12, casa por casa, a la caza de supuestos liberales. También creó un tribunal especial para juzgarles, en donde actuaron dos siniestros fiscales, Fernando Chaparro y Francisco Cantillón, que no dudaban en liberar a aquellos que pagaban su libertad a cambio de sustanciosos sobornos, condenando a los que no podían hacerlo. Pronto fue de dominio público que las casas de ambos fiscales estaban atestadas de los muebles y objetos de valor fruto de la corrupción con que actuaban.

Sin ningún tipo de garantías judiciales ni pruebas, se juzgaba y condenaba a cientos de ciudadanos sin motivo aparente. Era suficiente tener ciertos libros o haber hecho ciertos comentarios. La delación se convirtió en la forma de evadir la persecución y la tortura, por lo que se dio entre amigos, parientes o hasta en niños hacia sus maestros, y las prisiones comenzaron a abarrotarse de cientos de presos. Tanto daba que fuesen o no culpables: lo importante era crear un clima de terror que paralizase a la ciudadanía. Decidido a escarmentar a los presuntos liberales, el conde se dedicó a organizar ejecuciones sumarias. Fueron tres las que se dieron bajo su mandato: la primera, en noviembre de 1828, en donde se empeñó en que fuesen 13, ni uno más, ni uno menos, los ejecutados, y las otras dos, en 1829. En total fueron 32 las víctimas. Pero si grave eran estas injustas ejecuciones, casi lo era más el uso que de las mismas hacía.

Decidido a aterrorizar a la población, cada fusilamiento era seguido por un atronador disparo de cañón, por lo que la ciudadanía podía ir contando mentalmente cómo se segaban las vidas de sus convecinos. Una vez ejecutados, los cadáveres aún sangrantes eran trasladados fuera del recinto de la ciudadela, donde eran colgados del cuello durante días a la vista de todos como escarmiento. A muchos, incluso, se les había amputado una mano. Una vez allí expuestos, el conde, en uniforme de gala, se dirigía con su séquito hasta donde se encontraban, y en pleno estado de euforia etílica rompía en sonoras carcajadas y comenzaba a bailar al son de Las habas verdes, una canción popular muy de moda por entonces que hacía tocar a la banda militar, despertando el aplauso de sus seguidores y la indignación de otros. Esta macabra escena era particularmente odiosa para muchos de sus subordinados, como el mismo gobernador de la ciudadela, el coronel Manuel Bretón, quien, escandalizado por estos cuadros, así como por la manifiesta crueldad de su superior y por la corrupción de los fiscales, envió constantes quejas a Madrid sin que se le hiciese caso. Lo cierto es que el conde contaba con el decidido apoyo del ministro Calormade, el mismo que decidió cerrar las universidades y abrir la escuela de tauromaquia, e incluso con el soporte del rey, que le dejaba hacer. Se dice que Fernando VII dijo en una ocasión, a raíz de las denuncias sobre la crueldad y la salud mental del conde: "Ello será loco, pero para estas cosas no hay otro".

Para completar la represión del siniestro conde hay que contabilizar, aparte de los ejecutados, los más de 50 muertos en las prisiones a causa de las torturas y de las terribles condiciones de vida, 17 suicidados que no soportaron las mismas, más de 400 deportados a los penales de África y los casi 2.000 desterrados, casi todos familiares y amigos de las víctimas, a más de seis leguas de Barcelona.

El absolutismo comenzó su declive poco antes de la muerte de Fernando VII, de la mano de su mujer, María Cristina. El nuevo hombre fuerte del Gobierno, Cea Bermúdez, decretó una amnistía en octubre de 1832, que el conde de España tardó en hacer pública una semana y que cuando lo hizo fue mediante el peor pregonero que tenía a mano para que nadie le entendiese. Pero estaba claro que estas argucias no podían detener el curso de la historia. En diciembre fue relevado en el cargo por el general Manuel Llauder, lo que provocó un estallido de gozo en la ciudadanía. Mientras se producía el relevo, una multitud ansiosa de venganza comenzó a insultar, apedrear y escupir al conde, que tuvo que refugiarse en la ciudadela y huir en la noche siguiente, en un barco, a Mallorca y de ahí a Génova, ante el temor de ser asesinado. Lo cierto es que el conde había logrado que Barcelona y las comarcas circundantes abominasen para siempre del absolutismo.

Una vez estallada la guerra carlista, estaba claro a quién apoyaría este abyecto personaje. Desde su exilio en Francia trabajó para el pretendiente Carlos, y en julio de 1838 fue enviado a Cataluña con el mando supremo de las tropas y de la junta carlista de Berga. La tiranía que había ejercido antaño sobre Barcelona pronto se dejó sentir sobre el territorio que controlaba. La discrepancia la castigaba con la horca, y las prisiones comenzaron a estar atestadas. Pronto el sector carlista más moderado de la junta se exilió a Francia por temor al conde. Sus acciones militares también estuvieron teñidas de sangre: la conquista, en la primavera de 1839, de Ripoll, Manlleu, Olvan y Gironella las acompañó del saqueo y del incendio, lo que provocó un profundo odio entre las mismas clases campesinas a las que el carlismo aspiraba a representar. La consecuencia fue que todos los dirigentes carlistas de Cataluña pidiesen la destitución del conde, a lo que el pretendiente accedió a finales de octubre de 1839, ordenando que fuese conducido a Francia. Pero los carlistas catalanes tenían pánico de una posible venganza de Carlos d'Espagnac, por lo que prefirieron matarle. Al cruzar un puente sobre el río Segre, cerca de Organya, le estrangularon, y tras desfigurarle la cara con un puñal le ataron una gran piedra al cuello y le lanzaron al río. Tenía 64 años. Sus asesinos dirían después, como excusa, que el conde era en verdad un masón que sólo ansiaba desprestigiar el carlismo y rendirlo a los liberales, como había sucedido en Vergara.

Años después, sus familiares reclamaron el cuerpo, que había sido enterrado en un pueblo cercano a Organya. Cuenta la leyenda que los lugareños les dieron el de otra persona porque al verdadero cadáver le habían robado la cabeza con el fin de estudiar la mente criminal que albergaba, un cráneo que estuvo paseándose por Europa durante varios años.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_