Columna
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El cantante

Puedes entender que los cócteles molotov sean populares contra las dictaduras, pero andar incendiando las ciudades solo se le puede ocurrir a gente averiada de la sesera

Protestas y altercados en el centro de Barcelona el pasado 18 de febrero por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél.
Protestas y altercados en el centro de Barcelona el pasado 18 de febrero por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél.Albert Garcia / EL PAÍS

Me provoca miedo y también grima el siempre alterado rostro y la iracunda expresividad de un fulano que al parecer es rapero, convencido hasta el fanatismo de que solo la lucha armada arreglará la indefensión de los oprimidos. Loqueros con criterios científicos tal vez pudieran explicar lo que ocurre en el cerebro de este inquietante tarado. Pero nunca imaginé con semejantes características a un presunto héroe de la libertad de expresión.

Su encarcelamiento no solo ha logrado que le apoyen a pedradas y montando fuegos juventudes añorantes de la kale borroka, sino también ese partido político cada vez más grotesco y siniestro que al parecer dispone de la fórmula infalible para hacer felices a los pobres de la tierra. Igualmente, entre la legión de corifeos del cantante, deben de abundar adolescentes con problemas neuronales y alboroto hormonal que ante el desastre económico de ahora y del mañana se preguntan, como en la canción de José Feliciano, que será, de mi vida que será. Y, como no, también formarán parte de la jauría incendiaria algunos manguis vocacionales intentando pillar algo jugoso en medio de la hoguera.

Yo no metería en el trullo por sus opiniones exaltando el asesinato y la barbarie al guerrillero de las palabras. Pero sí por el hecho físico de agredir o amenazar de muerte a personas que considera sus enemigos de clase. Algo por lo que también ha sido condenado.

Y puedes entender que los cócteles molotov sean populares, legendarios o justificables contra las dictaduras, pero andar incendiando las ciudades en una imperfecta democracia, como todas, solo se le puede ocurrir a gente seriamente averiada de la sesera. Y que gocen de la comprensión y la solidaridad de una parte del Gobierno es un disparate muy peligroso. Mientras tanto, la peste, ese infierno común, partiéndose de risa.

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