Columna
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¿Quién teme a Corea del Norte?

Me voy a poner pedante por un momento: en esta época de públicos suspicaces, ‘El infiltrado’ supone un caso extremo de ilegibilidad. En plata: no sé cómo carajo interpretar el documental

Un traficante de armas norcoreano con Mr. James, contratado para hacerse pasar por un traficante de armas y drogas, en Uganda.
Un traficante de armas norcoreano con Mr. James, contratado para hacerse pasar por un traficante de armas y drogas, en Uganda.Filmin

Muchas de las cosas que funcionan y triunfan demuestran que, en general, somos espectadores desconfiados, resabiadetes y un punto cínico. Nos hemos acostumbrado a falsos documentales, a narradores poco fiables y a relatos donde nada es lo que parece sino todo lo contrario y viceversa. Qué tiempos aquellos en que veíamos La hora de Bill Cosby y creíamos de verdad que aquel padre de familia con jerséis horteras era así de encantador y asexuado fuera del plató.

Me voy a poner pedante y afrancesado por un momento: en esta época de públicos suspicaces, El infiltrado (Filmin) supone un caso extremo de ilegibilidad. En plata: no sé cómo carajo interpretar el documental. La trama es bien sencilla y al alcance de todo el que haya leído de niño El sulfato atómico de Mortadelo y Filemón. Un chef prejubilado de Copenhague se hace pasar por fan de Corea del Norte para ganarse la confianza de la claque de este país en Europa, sobre todo del español Alejandro Cao de Benós, y desvelar así la naturaleza mafiosa del régimen, demostrando que se dedica a vender armas y drogas.

En dos horas se resumen diez años de infiltración, por lo que casi todo el metraje son planos de cámara oculta movidos y desenfocados que apuntan a pies, techos y lámparas. El resultado es una mezcla de Borat y Equipo de investigación sin la voz de Gloria Serra. Fascinado y mareado, me pregunto qué me quieren contar. No sé si debo estremecerme con o reírme de Cao de Benós y tampoco entiendo la motivación del infiltrado, más allá de correr aventuras y orearse.

Sospecho que me río de más, me horrorizo de menos y acabo vacunándome de espanto. Conforme avanzan los minutos, Corea del Norte deviene puro kitsch, casi inofensiva. Eso no me pasaba cuando veía a Bill Cosby.

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