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Laura Macaya, educadora social y activista feminista: “Follar con un imbécil no es violencia”

Experta en diseño de políticas de género, publica una guía sobre una justicia frente a las violencias machistas no centrada en el castigo, sino en la transformación

Laura Macaya, educadora social, fotografiada el lunes en la Plaza de Joan Coromines, Barcelona. Albert Garcia

Que Laura Macaya (Barcelona, 46 años) se criara en la lavandería de sus abuelos cuando al barrio del Raval se le llamaba el Chino importa. “Tengo normalizada la convivencia con la violencia cotidiana. No la veo como algo escandaloso ni excepcional; el conflicto es algo habitual en mi vida, incluso desde niña”, explica esta experta en atención directa y diseño de políticas públicas de género y feminismos. Fue en ese local “en el que las vedettes del Molino llevaban sus trajes, mis abuelos escondían a los carteristas de la policía y las trabajadoras sexuales y las mujeres trans formaban parte del barrio con conciencia comunitaria”, donde esta licenciada en Educación Social y con estudios en Derecho normalizó lo que el diccionario define como disidencia.

Concienciada de la importancia de la cultura y la educación desde que empezó a frecuentar los ateneos libertarios en su adolescencia, militancia que combinó con sus trabajos en tiendas de Mango y Zara mientras estudiaba la carrera, antes de la entrevista, Macaya destaca que su perspectiva feminista está atravesada por dos experiencias de violencia muy graves. “Fueron de carácter sexual, pero también físico, con secuestro en domicilio y riesgo de vida. Es importante decirlo porque fue el feminismo el que me salvó y no la policía, que tuvo un trato revictimizador y culpabilizador tremendo en uno de los casos. El feminismo me ayudó a salir del odio y la venganza, que son sentimientos lícitos después de un trauma. Por eso me incomoda la mirada del otro si es una mirada de fragilidad que te reduce al dolor, al daño o al trauma”.

Además de su reciente ponencia sobre el concepto de agencia en Deseo de futuro, el último curso del Institut d’Humanitats del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, Macaya es integrante de Genera, una asociación antipunitivista en defensa de los derechos y libertades sexuales y de género. La entidad ahora publica Cuidar el vínculo, enfrentar el daño (Katakrak & Traficantes de sueños), una guía para abordar las violencias machistas desde una justicia transformativa y no castigadora. El título llega tras Conflicto no es lo mismo que abuso (La escocesa, 2024) y coordinar Alianzas rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad (Bellaterra, 2021).

Pregunta. Afirma que el conflicto no es abuso, ¿por qué?

Respuesta. Deberíamos distinguir situaciones y no lo estamos haciendo. Una cosa es la violencia; otra, el acoso, la discriminación o la reproducción del sexismo. Hemos magnificado la idea de violencia.

P. ¿Cómo la hemos sobredimensionado?

R. Un ejemplo sería el acoso sexual callejero. Una cosa es el acoso; otra, los comentarios sexuales. Un “guapa, te lo comería todo” puede ser incómodo, que no nos guste, pero de ahí a denominarlo como violencia, hay un trecho. En la macroencuesta del Ministerio de Igualdad se nombra como violencia una mirada lasciva y se contabiliza como violencia sexual desde una violación a una mirada lasciva. En consecuencia, las cifras son escandalosas, lo que nos lleva a una percepción de miedo continuo.

P. ¿En qué sentido?

R. Ahora mismo, una mirada es violencia, un piropo es violencia, un chiste sexista es violencia y una relación sexual en la que nos relacionamos con alguien que mira por sí mismo, que no tiene en cuenta nuestros deseos o que pasa de que tú disfrutes del sexo, también se considera violencia. Pero follar con un imbécil no es violencia. Eso no quiere decir que no sea un sexo deseable, pero no tener un sexo deseable no es lo mismo que violencia.

P. ¿Y qué hacemos con las zonas grises? Un estudio recogió que los hombres hablan de “mal sexo” cuando “se aburren” y que las mujeres lo hacen para referirse a “no tener confort emocional o, de forma más común, dolor físico”.

R. Aquí, las herramientas que tendremos que activar serán distintas. En el contexto heterosexual, las mujeres tenemos muchas presiones en el sexo que no tienen que ver con la persona con la que estamos follando, sino con las expectativas sociales. Más que cargar la culpa sobre el otro, en el sexo coactivo —el que es entendido como no consentido—, estamos olvidando denunciar el marco en el que se desarrolla nuestra sexualidad. Eso es algo contra lo que nos tenemos que rebelar.

P. ¿Contra qué?

R. Contra normalizar un contexto en el que el sexo siempre será algo problemático para las mujeres: si follamos mucho, porque follamos mucho. Si follamos poco, porque poco. Si no hacemos esto, mojigatas. Si lo haces, te lo has buscado.

P. Ha sido muy crítica con la ‘ley del solo sí es sí’ y con los cambios legislativos en materia de consentimiento.

R. El feminismo ha sido secuestrado por el Estado y la lucha de las violencias ha sido el elemento legitimador del derecho penal de los últimos 20 años. Desde 2003, todos los endurecimientos penales han ido acompañados de justificación bajo la protección de mujeres y niñas. Es una instrumentalización tremenda de las víctimas para justificar el endurecimiento punitivo.

P. El Me Too ha sido clave para desarrollar estos cambios, ¿cómo ve su evolución?

R. Al Me Too no lo problematizo en sus orígenes reales, los de pensar proyectos para nombrar violencias de mujeres desfavorecidas desde 2006. Sí lo hago desde que lo empezaron a usar las actrices. Desde entonces, muchas de las situaciones que se nombran como violencia, sobre todo abuso y acoso, no acaban de dejar claro qué están nombrando. Son conceptos difusos en los que se magnifican situaciones. Se ha generado una saturación de marcos de dolor que nos hacen vivir como si estuviéramos en un Far West esencialista. Vivimos bajo un clima constante de peligro a la vuelta de la esquina y la alerta constante porque lo hemos reducido todo a que los hombres son esencialmente agresores y las mujeres son esencialmente víctimas buenas.

P. Pero se necesitaba un espacio de denuncia, ¿las redes no han ayudado?

R. No es un escenario en el que se ofrezcan mecanismos reales de reparación a las víctimas. El feminismo digital, el de Twitter, nos ha fragilizado. La atención la captan las voces más ruidosas, más airadas y más simplificadoras. En esos términos, el dolor es capital político y eso no permite ni debate ni alianzas.

P. ¿El debate mediático tampoco ayuda?

R. Los medios solo ponen la atención cuando hay denuncia de violencia sexual. Un ejemplo es el caso Rubiales: las jugadoras llevaban tiempo reivindicando mejoras laborales y salariales, pero hasta que no se produjo el beso, no se visibilizaron esas denuncias que apuntaban a un engranaje, a un sistema de discriminación en la FIFA. Cuando se produce el beso, nos olvidamos del marco que favorece que este señor exista porque es más fácil atacar a una persona que a todo un sistema.

R. Más que progresar, ¿hemos simplificado la lucha feminista?

R. Sí, además del retorno al esencialismo de género, se ha neutralizado cualquier posibilidad de complejidad. El antiintelectualismo lo ha empañado todo. Aquello que suena a elaboración crítica ahora puede ser acusado de ser académico. Es curioso porque yo vengo de un contexto que no es precisamente académico, no estoy ahí, pero me parece absolutamente imprescindible que haya una intelectualidad, un marco de pensamiento. Antes, el feminismo contaba con marcos para analizar determinadas situaciones; ahora ha quedado subsumido bajo el concepto de violencia.

P. Como educadora social, ¿lo que se denuncia en redes y en los medios no es lo que está pasando en la calle?

R. Sí, existe una sobredimensión del daño muy de clases medias altas con alto capital simbólico, que es algo que no se produce en las mujeres de clase trabajadora, migrada y en situaciones de exclusión que siguen siendo maltratadas por el sistema. Esas son las víctimas empíricas de la violencia en cuanto a vivienda, renta, redistribución o comunidad. La mayoría de esas mujeres, además, no acuden al sistema penal.

P. ¿Qué problemas se encuentran allí?

R. Los procesos de denuncia no están pensados para reparar a las víctimas. No hay evidencia empírica de que la sanción penal sirva para reducir el delito. Cuando acompaño a mujeres les digo: “Piensa que eres testigo, no una persona a la que el sistema va a proteger. Sirves para perseguir el delito y cumplir una función del Estado”.

P. ¿Qué podemos ofrecer a las víctimas?

R. Hay que explorar su necesidad real. Si busca que se reconozca lo que ha pasado, si quiere una reparación material o si tan solo busca entender por qué ha pasado. Muchas mujeres solo quieren hablar con esa persona, que reconozca que les ha hecho daño y pida perdón. O quieren que su agresor no lo vuelva a hacer para proteger a otras mujeres. Esas necesidades no se solucionan en el marco penal.

P. Usted vio positivo el acuerdo de las víctimas de la manada de Castelldefels.

R. Me pareció una salida interesante dentro del marco horrible del derecho penal. Aquí los abogados de ambas partes dejaron claro, desde el principio, la centralidad de proteger a las víctimas. Los agresores reconocieron los hechos automáticamente, pidieron perdón y pagaron las indemnizaciones. Siempre me parecerá bien que se pueda evitar un proceso judicial. Hay un ejercicio muy sano en disuadir de la denuncia si se piensa en alternativas más beneficiosas.

P. La serie Pubertat analizó la justicia restaurativa, ¿qué le pareció?

R. Aunque hay cosas discutibles, como la concepción del sexo, el consumo de porno y la sexualidad en toda la serie, me gustó que tratara ese tema y la forma de abordarlo porque plantea la posibilidad de reparación desde otro lugar. También que la restauración no tiene por qué acabar en reconciliación. En la serie se ve la complejidad y se humaniza a quien ejerce el daño. Necesitamos productos culturales que hablen sobre esto.

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