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El pintor que imaginó la jungla

El Guggenheim conmemora con una exposición el centenario de la muerte de Henri Rousseau - Su obra influyó en las vanguardias

Henri Rousseau (Laval, Francia, 1844-París, 1910) era un pintor aficionado, sin formación académica, que cogía los pinceles en el tiempo que le dejaba libre su trabajo como agente de aduanas en París.

El Aduanero, como todavía se le conoce en muchos estudios y biografías, era un diletante que en plena eclosión del impresionismo pintaba escenas costumbristas y paisajes exuberantes que en numerosas ocasiones copiaba de fotografías o postales. Etiquetado como pintor naïf, recibió al final de su vida el reconocimiento de los artistas que formaban en París el germen de las vanguardias, como Kandinsky, Picasso, Léger o Delaunay. El Museo Guggenheim abre hoy al público en Bilbao una exposición con una treintena de pinturas para conmemorar el centenario de su muerte.

Aduanero de profesión, no vendió ni un solo cuadro hasta los 62 años

Rousseau compuso sus peculiares paisajes usando la técnica del 'collage'

Las escenas que pintaba Rousseau muestran figuras planas rodeadas por vegetación que rompe la escala y se aleja hacia el horizonte. La comisaria de la exposición, Susan Davidson, conservadora del Guggenheim de Nueva York, encuentra en la forma de componer los cuadros y en la técnica de Rousseau rasgos precursores de la pintura del siglo XX. "Transfería elementos de unos cuadros a otros siguiendo la técnica del collage", explica. "Colocaba por capas las plantas, los árboles, los animales, construyendo paisajes imaginarios". En la ruptura de la escala -pinta, por ejemplo, flores del tamaño de una montaña- descubre Davidson rasgos que influyeron en los cubistas y los surrealistas.

Los cuadros de selvas son las pinturas de Rousseau que se identifican con mayor facilidad. Nunca viajó a territorios exóticos. Sus junglas estaban inspiradas por las ilustraciones de libros de botánica, fotografías que encontraba en revistas o visitas al zoo y a los parques de París.

Entre ellas destaca en la exposición El león hambriento se abalanza sobre el antílope (1898-1905), un cuadro de más de tres metros de largo que lleva al extremo la mezcla de vegetación y la profundidad del horizonte que el artista buscaba en sus composiciones. Este cuadro cambió la vida artística de Rousseau cuando ya había superado los 60 años. Por vez primera, una de sus obras fue seleccionada por un jurado para participar en el Salón de Otoño de París, y tuvo el reconocimiento de ser expuesta en la sala contigua a la que ocuparon las obras fauvistas de Matisse y Derain.

La sensación que la pintura causó a la crítica queda patente en la veintena de reseñas sobre el cuadro que fueron publicadas por la prensa. Un año más tarde, El león hambriento... se convirtió en la primera obra que Rousseau conseguía vender en su carrera. El marchante Ambroise Vollard la compró por 200 francos. La obra se exhibe desde el año 1997 en un lugar destacado de la Fundación Beyeler, en Basilea (Suiza), coorganizadora de la muestra.