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ELECCIONES GENERALES ANÁLISIS i

Cuánto importa realmente un debate electoral

La historia dice que influyen poco, pero en esta ocasión eso podría ser suficiente

Debate entre dos muñecos caracterizados como Hillary Clinton y Donald Trump, candidatos a las elecciones presidenciales de 2016.
Debate entre dos muñecos caracterizados como Hillary Clinton y Donald Trump, candidatos a las elecciones presidenciales de 2016. REUTERS

Los debates de esta semana se presentan como algo decisivo. Y pueden serlo, pero la mayoría de estudios dicen que los debates mueven pocos votos y que casi nunca son determinantes.

Los debates influyen, pero no mucho. Los más estudiados son los debates presidenciales de Estados Unidos y el consenso es que su efecto sobre el voto es débil. Robert Erikson y Christopher Wlezien estudiaron todos los debates entre 1960 y 2008. Se fijaron en las encuestas antes y después de cada debate y encontraron que apenas cambiaban: "La mejor predicción de las preferencias después de los debates es el veredicto antes de los debates", fue su conclusión.

El estadístico Nate Silver ha medido esos efectos en 2,3 puntos porcentuales. Eso es lo que, de promedio, se movieron los sondeos después de los debates presidenciales entre 1973 a 2012.

En España, los datos más interesantes son los del cara a cara entre Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba en 2011. Entonces el CIS entrevistó a miles de personas y la mayoría dijo que el debate "no le influyó en absoluto". Sin embargo, un 2% dijo que le ayudó a decidirse y otro 1% reconoció que ese día cambió su voto. Son cifras relevantes, aunque sean pequeñas, porque estas elecciones están muy igualadas y un giro de dos puntos puede cambiar el resultado.

Es probable que en España ahora importen más. En EE UU se celebran también debates durante las primarias de los partidos y sabemos que tienen más influencia que los presidenciales. Es razonable que sea así. Primero, porque los candidatos de las primarias son menos conocidos y los debates son su principal escaparate. Pero sobre todo porque, siendo todos candidatos del mismo partido, sus ideas no son tan diferentes y es más fácil que los votantes cambien de favorito.

Esa lógica hace pensar que los debates en España tendrán ahora más importancia: con cinco grandes partidos, las distancias entre ellos son pequeñas y es más fácil dudar entre varios.

En EE UU los debates benefician a la oposición. En 2015, Harry Enten analizó los datos de Nate Silver sobre el efecto de los debates y encontró que 8 de cada 10 veces el que subió en las encuestas había sido el candidato que no ostentaba la presidencia. Suele decirse que los debates son más útiles para el opositor porque le permite presentarse como presidenciable.

Los debates siempre son un riesgo. Si los debates tienen poca influencia es porque lo habitual es que se celebren sin incidentes. Pero siempre entrañan peligros para los participantes, especialmente ahora que una ocurrencia o un descuido pueden convertirte en un meme. Debatir frente a audiencias millonarias se parece a caminar por un sendero junto a un precipicio: lo normal es que lo recorras tranquilamente, como quien anda por la acera, pero no dejas de tener un precipicio al lado.

El caso paradigmático es el de Rick Perry en las primarias republicanas de 2012. El entonces gobernador de Texas llegó a los debates siendo favorito, pero se evaporó en riguroso directo: primero acusó a los votantes —¡de su partido!— de "no tener corazón" y después se olvidó del nombre de una agencia gubernamental que quería disolver. Durante los debates perdió dos tercios de sus apoyos y acabo renunciando a las pocas semanas.

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