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Joan Tardà va a la montaña

El diputado de ERC más longevo en Madrid reconoce el error de cálculo del independentismo, pero añade: “La izquierda española nunca aprende”

Joan Tardà.
Joan Tardà.

La entrada al grupo parlamentario de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) está llena de carteles pidiendo libertad para los dirigentes políticos catalanes presos y el regreso de los que se encuentran en el extranjero.

“La montaña, cuando estás lejos, no parece tan alta”, dice Joan Tardà (Cornellà de Llobregat, Barcelona, 1953). “Cuando llegas al pie de la montaña, levantas la mirada y dices: ‘Hostia, qué bicho más acojonante’. Y eso es lo que ha pasado”.

Joan Tardà, hijo de un albañil y de una taquillera de cine en Cornellà, taquillero él mismo a los 12  años y trabajador en una fábrica a los 14, sale de su despacho a por café. Es nieto de Isidor Coma, alcalde de Cornellà en la Segunda República, muerto en el exilio poco antes de que muriese Franco (Tardà, con 22 años, viajó a Toulouse a conocerlo). La mesa de su despacho está decorada con una pequeña estelada que parece sacada de coche diplomático. Destaca en las estanterías un busto de Fidel Castro y el peluche de un gato. “Regalo del amigo invisible que hicimos en Navidad los del grupo parlamentario”, dice al volver. Se sienta en una silla con el café en la mano.

El diputado Tardà lleva 14 años en Madrid. Es la representación más longeva en la capital de España del independentismo catalán. De hecho, hay que remontarse a un tiempo, 2004, en el que CiU ni soñaba con la independencia.

—Yo fui un entusiasta de Rodríguez Zapatero… —el político se inclina repentinamente hacia su interlocutor, clavando los codos en las rodillas—. Déjeme que le cuente una cosa. En 2003, los independentistas éramos el 12%. Con el 12% la República no nos estaba esperando. Pero Carod [Josep Lluís Carod-Rovira, expresidente de ERC] y [Joan] Puigcercós lo tenían clarísimo: si la República no nos está esperando, hay que ir con la izquierda española hasta una España federal. Y cuando llegásemos a esa España federal, la izquierda española se bajará, y nosotros seguiremos hasta nuestra estación final, que es la república catalana. Habrá que dedicar dos o tres generaciones. ¡Con un riesgo! ¡Con el riesgo de que cuando hayamos llegado al Estado federal, nuestros nietos a lo mejor dicen: ‘¡Pues estamos bien aquí!’.

Tardà enumera lo que hicieron para emprender el viaje al modelo federal con el PSOE. “Un estatuto nuevo para Cataluña y el tripartito [en 2003 se pactó un Gobierno de PSC-ERC-ICV] para desalojar a los nacionalistas. Pusimos un entusiasmo enorme. Es decir: ¡hace 15 años, teníamos claro que la independencia nos costaría dos generaciones! Si el estatuto se hubiera puesto en marcha, tardaríamos veinte años en desplegarlo. En cambio, la cerrazón del Estado al no reconocerse como plurinacional y la crisis económica hizo algo imprevisto: poner al 48% de catalanes favorables a la independencia. Quien diga que sabía lo que iba a pasar, miente. Ni lo soñamos”.

En 2008, este hombre que tiene en su foto de perfil de WhatsApp a Lluís Companys, presidente de la Generalitat fusilado en 1940 por la dictadura, organizó un buen escándalo al gritar, la noche del Día de la Constitución, “viva la República, muera el Borbón” en un acto en el que se quemó un ataúd que representaba la Carta Magna. Alegó que se refería a la institución monárquica, no a una persona concreta. El presidente del Congreso, José Bono, salió en su defensa: “Es una persona muy emotiva, muy primaria (…)”.

Tardà, cuentan sus adversarios políticos, es temperamental y directo. De trato personal cálido y de carácter político complejo, de difícil negociación (“Si el Gobierno no insta a la fiscalía a retirar los cargos de los presos políticos, no vamos ni a sentarnos con los Presupuestos; ese es nuestro capital”, sentencia a EL PAÍS). Se calienta con facilidad, una de las últimas veces llamando “fachas” a los socialistas desde la tribuna del Congreso, algo por lo que pidió disculpas. En las legislaturas de Zapatero puso toda la carne en el asador para que se pudiesen hablar todas las lenguas oficiales del Estado en el Parlamento: fue expulsado una y otra vez por el presidente del Congreso, Manuel Marín. “La izquierda española nunca aprende. Zapatero nos decía: ‘No podemos abrir ese melón porque la derecha se nos echa encima’. ¡Pero si la derecha se te va a echar encima hagas lo que hagas siempre!”.

-¡Esto es una anomalía! —estalla en mitad de la conversación, como si acabase de recodar algo. Se levanta y se dirige a su americana, apoyada en un asiento—. Yo aquí tenía que tener un escudo del Barça, no un lazo amarillo. Que en el balcón de un ayuntamiento haya un lazo amarillo, es una anomalía. Y puede ofender, lo entiendo perfectamente. De igual manera que es una anomalía que haya presos políticos y exiliados. Oiga, me pueden decir: pero esa anomalía de los presos es porque hicisteis lo que hicisteis el año pasado. Y yo puedo decir: sí, pero es que en el año 2014 vinieron la Marta, el Jordi y Joan Herrera con una propuesta de referéndum, y en lugar de decir “no estamos de acuerdo, pero hablemos”, no quisisteis ni hablar. Y me pueden decir, es que antes… ¡Vale! Siempre hay una anomalía anterior.

“Estamos ante un conflicto entre demócratas”, sigue. “Demócratas catalanes autonomistas y demócratas catalanes independentistas. El Estado español es un Estado democrático. Se puede cuestionar si de poca o mucha calidad, pero es una democracia. Y los conflictos entre demócratas se resuelven democráticamente. Además, el PSOE ha reconocido por fin algo importante: el actual Estatuto de Cataluña no es el que aprobó el pueblo. Y dijo otra cosa: este conflicto solo se puede resolver a través de las urnas. Palabras textuales de Sánchez”.

No se refería al referéndum, sino al encaje en España.

-Sí, sí, vale. Pero bien. ¿Sánchez qué viene a decir? Que el día que pueda, nos ofrecerá la posibilidad de tener una autonomía mejor. Y la pregunta que tenemos para él es: ¿qué hacemos con el 50% de los catalanes que no son autonomistas? Usted no puede construir nada excluyendo a la mitad de los catalanes. ¡De igual modo que no se puede contemplar la independencia al margen del 50% de catalanes que no la quieren! Con lo cual, nuestra tesis es: el referéndum será inevitable entre una autonomía mejor y la independencia. Solo habrá solución si se construye un instrumento a través del cual la inmensa mayoría de los catalanes se sientan reconocidos.

Es un apasionado del rugby y austero en sus placeres; en Madrid está en el extremo de aquella suite del hotel Palace en la que se hospedaba Josep Antoni Duran i Lleida, exdiputado de CiU. “[Gabriel] Rufián encontró, con razón, que el hotel donde se hospeda cuando va a la capital de España es de una modestia innecesaria”, escribió en El Nacional el periodista Enric Vila, en un artículo en el que le reprocha, en el orden ideológico, no haber tenido “la necesidad de evolucionar ni de sofisticarse respecto de los años setenta, cuando militaba en el PSUC y era concejal de Cornellà”.

Hace un año Joan Tardà se dirigió a los estudiantes de la Universidad de Barcelona: “Tenemos el compromiso de parir la república, pero quien la ha de capitanear sois vosotros. Y si no lo hacéis, habréis cometido un delito de traición a las generaciones que no se han rendido, y cometeríais un delito y una traición a la tierra”.

¿Ustedes no los han traicionado prometiéndoles una república?

—No, no, no. Hemos ido improvisando. Y fuimos descubriendo cosas, como que la coyuntura internacional no era favorable.

—Pero anunciaron que lo sería, y que las empresas no se marcharían.

—Bueno. Los grandes intelectuales de la Segunda República española estaban convencidos de que los aliados desembarcarían en Cádiz y lo hicieron en Normandía. ¡Y toda la estrategia, toda su estrategia, estaba basada en esto! Bien, estas cosas pasan.

Antes de llegar al PSUC y a Esquerra, Tardà pasó en 1974 por Bandera Roja, una organización de extrema izquierda con la que, por el ambiente político y obrero de su casa, entró en política. Es profesor de instituto en excedencia, lector de novela negra y su locuacidad e imagen —un hombre corpulento, de bigote (“no me lo podría sacar, sería como salir a la calle en leotardos”, dijo a La Vanguardia), melena riza y ojitos claros— sirvieron al programa satírico Polònia de TV3 para hacer de él una caricatura de éxito.

—El referéndum es inevitable —dice antes de despedirse— y le voy a decir por qué. Porque el establishment cae en un error intelectual acojonante: creer que el 50% de catalanes que no son independentistas han firmado una póliza con ellos por la cual, nunca lo serán.

Tardà es el hombre en Madrid encargado no de romper con España, sino de cambiar porcentajes para hacerlo en el momento en el que le hayan tomado la medida a la montaña.

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