Dos vidas para Juana Rivas

EL PAÍS reconstruye con testimonios de allegados a la pareja la historia de la granadina declarada en busca y captura por la justicia tras negarse a entregar a sus dos hijos

Juana Rivas, en primer término, en una manifestación en Maracena en su apoyo el 25 de julio pasado.MIGUEL ÁNGEL MOLINA (EFE)undefined

Esta historia empezó en Londres en 2004. Juana Rivas tiene entonces 23 años y reside en Maracena (Granada). Es la segunda de tres hermanos de una familia modesta que vive de la hostelería. Trabaja como dependienta en El Corte Inglés. Decide pedir una excedencia para ir a la capital del Reino Unido a aprender inglés. Francesco Arcuri, hijo de una familia genovesa de clase acomodada y 15 años mayor que ella, lleva más de una década en Londres, donde regenta un restaurante. Se conocen y se enamoran. Ella se queda embarazada.

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Era el inicio de una relación convertida hoy en una pesadilla. EL PAÍS ha recabado los testimonios de allegados para reconstruir una historia que parecen dos: la vida de Juana Rivas que cuenta su familia y la que relatan su expareja y su entorno.

Los últimos datos son los siguientes. Rivas está en busca y captura desde el pasado 8 de agosto. La mujer se esfumó hace 18 días con sus dos hijos, de 11 y 3 años, para eludir la orden judicial de entregarlos al padre, Francesco Arcuri, que tiene la custodia provisional de los menores. Arcuri, condenado por maltrato en 2009, la denunció por sustracción internacional de los niños después de que saliera con ellos desde la isla italiana de San Pietro, donde vivían todos, hasta España en mayo de 2016 para no regresar. La mujer lucha desde hace un año por poder quedárselos. “Jamás le he puesto una mano encima”, asegura Arcuri, al que distintos tribunales han dado la razón para que regrese con los menores a Italia. Lleva más de un año sin verlos.

Además de una orden italiana, sendas sentencias del juzgado de Primera Instancia y la Audiencia de Granada y un auto decretan la devolución “inmediata” de los niños al padre. La familia de Rivas ha pedido amparo al Tribunal Constitucional para no entregarlos. La pelea judicial, aún inconclusa, ha dejado dos familias rotas y unos niños desaparecidos.

Francesco Arcuri, que actualmente está en Granada, atiende a este periódico en un café del centro de la ciudad. “En Londres empezamos a vivir juntos porque ella tuvo un incidente mientras hacía yoga y se hizo daño en una pierna. Le dije que se viniera a mi casa. Luego se quedó embarazada. Tenía muchas náuseas y le dije que, si quería, podíamos ir a que pariera a Granada”.

“Vino embarazada y, ya desde ahí, a él le pareció todo mal. Ella no podía decidir nada. Le llamaba una pareja de amigos para que fuera a tomar café y no había posibilidad. Francesco no quería relacionarse con nadie de aquí, le decía que sus amigos eran muy poco interesantes. Él se imponía para todo. Era duro, celoso”, cuenta un familiar muy cercano de Rivas, con la condición de anonimato: “Desde el principio vimos que esa relación no tenía futuro”.

El primer hijo nace en el Hospital Materno Infantil de Granada en 2006. Según la familia de Rivas, Arcuri no es un buen padre: “El niño le molestaba. Cuando se despertaba a medianoche por los llantos se ponía violento”. Arcuri y su entorno sostienen lo contrario. Los primeros años de vida de su hijo mayor residen en Granada. Viajan varias veces a San Pietro, en Cerdeña, una isla de 25 kilómetros de largo con playas vírgenes, agua cristalina y naturaleza salvaje donde está el pueblo de Carloforte. Él ya baraja la idea de mudarse allí, de gestionar una casa rural. Comparten la pasión por las cosas naturales. Juana abre en el centro de Granada una tienda de productos ecológicos. Es 2009, el año de la condena por maltrato.

Según la sentencia del Juzgado de la Violencia sobre la Mujer 1 de Granada, el 7 de mayo de ese año a las 5.30, tras llegar Rivas a la casa común, Arcuri le pide explicaciones de dónde ha pasado la noche y la golpea “repetidamente” causándole lesiones que necesitaron asistencia médica. Fue condenado a tres meses de prisión por “lesiones en el ámbito familiar” y se le impuso una orden de alejamiento de ella de un año y tres meses.

Arcuri asegura ahora que aceptó la condena para poder ver a su hijo y en contra del consejo de su abogado. “Ella salía mucho por la noche, siempre le ha gustado. No digo que me estuviera traicionando, o a lo mejor sí, no lo sé. Se iba hasta las 6.30-7.00 y yo me ocupaba del niño. Yo hacía de madre y de padre. Ese día yo estaba durmiendo en una habitación con mi hijo y le dije que se fuera a otra. Se alteró un montón. Cuando se levantó para ir a la tienda, me golpeó. Se fue a la habitación donde tenía mi ordenador y empezó a tirar cosas”. Después de que le detuviera la policía, Arcuri interpuso a su vez una denuncia. Pasaron dos meses. “En el juicio, le pregunté a mi abogado: ‘¿Qué pasa ahora?’. Me dijo: ‘Damos nuestra versión y ella la suya. El juez decidirá’. ‘¿Y si acepto las culpas?’ ‘Legalmente sería un gran error’. Pero, ¿qué pasaría? ‘Te condenarían pero no vas a la cárcel, al niño lo ves casi inmediatamente’. Decidí hacer eso, me parecía que era todo una tontería, que debía rebajar la tensión. Era un momento muy doloroso”.

A partir de la condena, los relatos divergen aún más. Según la familia de ella, permanecieron separados hasta 2013. Era la hermana de Rivas la que quedaba con Arcuri para que viera al niño.

“Nos saltamos la orden de alejamiento”, asegura sin embargo él. Sostiene que estaban viviendo juntos a los dos meses de la sentencia. Que visitaron Londres con el niño y que también viajaron a Suiza con la familia de Rivas. “Después ya sí nos separamos, ambos llegamos a tener otras parejas. Yo vivía en Italia y venía a menudo a Granada. Volvimos en marzo o abril de 2013. Le conté lo que estaba haciendo en Carloforte y le entusiasmó”.

Camilo Arcuri, el padre de Francesco, tiene 87 años y ha sido periodista de distintos rotativos italianos. Habla al teléfono de sus nietos, a los que no ve desde 2015. “Cuando venían a Génova, tratábamos a Juana como a una hija. Siempre intentamos no meternos en sus cosas, mantenernos discretos”, explica por teléfono. Francesco es el último de sus tres hijos. “La única cosa que sabemos con absoluta certeza es que mi hijo es un mammo [masculino de mamma, palabra que en Italia se usa para definir un padre muy maternal] enamorado de sus hijos, y muy cariñoso con ellos”.

En verano, la población de San Pietro se duplica y llega a 12.000 habitantes. Hay muchas casitas esparcidas por la isla. Una de ellas, una casona antigua a ocho kilómetros del pueblo y rodeada de olivos y frutales, la compró Arcuri para el negocio rural, con tres habitaciones y dos pisos para huéspedes. Se mudaron allí en junio de 2013 y el negoció abrió en 2014. Rivas se quedó de nuevo embarazada de Arcuri y volvió a Granada a tener a su segundo hijo. Él asegura que viajó en una furgoneta Camper con el mayor para llegar a tiempo al hospital.

“Fue una historia de amor con rachas malas y dificultades, por eso cambiaban tanto el lugar de residencia. Estaban ilusionados con su proyecto de turismo rural. Ella estaba enamoradísima de Carloforte. Las veces que estuve en su casa, parecía alegre”, asegura Sabina Damico, amiga de Arcuri nacida en Carloforte, adonde viaja cada semana por trabajo y para ver a la familia. Algunos de los comentarios dejados en Internet por los huéspedes de la casa ponen el acento en la hospitalidad de los dos: “El entusiasmo de Juana”, “la amabilidad de Juana y Francesco”, “la serenidad de los propietarios”, se lee en algunos del agosto de 2015.

“Siempre me pareció que Juana estaba contenta. Compartían la idea de vivir en comunidad, cerca de la naturaleza y de forma sencilla”, explica Franco Ercole, de 73 años, que vio crecer a Arcuri y a sus dos hermanos. Relata noches de guitarra y paellas preparadas por Rivas en la isla, en “una atmósfera de armonía”. Él apoyó a Arcuri con el proyecto, comprándole otra casa que tenía en el pueblo. “Les ayudé mucho, invertí en esa pareja, creía en ellos. Para mí y mi mujer, que no tuvimos hijos, Francesco y Juana eran nuestra familia… Nunca imaginé que pasaría algo así”.

La familia de Rivas asegura que Arcuri la aisló en Carloforte: “Estaba sola en casa, no disponía de coche. Era misión imposible hasta que fuera a comprar. Él prefería llevar al niño al colegio antes que dejarla salir”. En la denuncia que ella presentó ante la Guardia Civil dos meses después de viajar a España, actualmente en tramitación para ser incorporada a la causa en Italia, Rivas relata que en la casa rural de Carloforte fue “insultada, vejada y agredida” por su entonces pareja. Que el control sobre lo que hacía era constante y que la dejaba encerrada en casa. “No le ha sido posible relacionarse con otras personas ni hacer una vida normal y con libertad de movimiento”, recoge la denuncia, en la que señala que trabajaba sin remuneración y que cayó en depresión por el trato que él le dispensaba. “Cuando el denunciado no estaba conforme con lo que hacía, se volvía agresivo y le gritaba apretándole fuertemente las muñecas y una noche le apretó fuertemente el cuello mientras le decía que la iba a matar”. Su familia asegura que ella intentó denunciarlo a la policía italiana, pero él no la dejó llamar y que los amigos de Carloforte se lo desaconsejaban: “Está muy mal visto”, aseguran que le decían.

“No es cierto que no la dejara salir. Hacía lo que quería. Yo no le impedía nada, ¿qué le iba a impedir? En los últimos tiempos volvió a salir de noche otra vez. Era una desilusión tras otra. Nunca hacíamos nada juntos. Yo me quedaba con los dos niños”, asegura Arcuri. Dice que disponían de dinero común y que tuvo que contratar a una tercera persona porque ella casi no ayudaba en el negocio, centrada en un curso online de psicología transpersonal.

Poco antes de mayo de 2016, Rivas le pide ir con sus hijos a Granada para ver a su familia. La denuncia de la Guardia Civil recoge que Arcuri le escondió los pasaportes “para impedir que se marcharan”. Él señala, al contrario, que pidió la cita en el Ayuntamiento para que tramitaran los documentos de sus hijos. Según la familia de ella, consiguió salir después de que el niño mayor recuperara los papeles. Y llegó a España con un pinzamiento mesentérico [una dolencia digestiva] que, según sus allegados, le habría provocado el estrés de la convivencia. Arcuri defiende, al contrario, que era él quien la cuidaba cuando se le desataba alguna crisis “y no podía casi ni moverse”.

Rivas, en paradero desconocido, ha suscitado una campaña de adhesiones a su causa. Su imagen llorando los días previos a desaparecer con sus hijos ocupa mañana y tarde las tertulias televisivas. El viernes, las redes sociales se llenaron de mensajes de apoyo que se suman al que es el lema del caso desde que desapareció: Juana está en mi casa. Y su entorno ha convocado una nueva concentración de apoyo mañana.

Arcuri, sentado en la cafetería de Granada, se lamenta de que que le están queriendo hacer pasar por alguien que no es. “Nunca habría esperado estar en una situación donde casi tengo que defenderme aunque los jueces me den la razón. Llevo más de un año sin ver a mis hijos por el capricho de una persona que se los llevó con un engaño y no volvió”. Mientras habla, una mujer que le ha reconocido se apoya en la mesa de al lado. Le mira y dice: “Juana está en mi casa. Y espero que no vuelvas a ver nunca más”. Él se queda callado. Ella se da la vuelta y se va. Mientras, Juana sigue desaparecida.

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