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ANÁLISIS

Editor hasta el último suspiro

Polanco tuvo iniciativa empresarial e intuición política y humana, editorial y periodística

De derecha a izquierda, Juan Luis Cebrián, Antonio Franco y Jesús de Polanco asisten a la inauguración de la edición catalana de EL PAÍS, en octubre de 1982.
De derecha a izquierda, Juan Luis Cebrián, Antonio Franco y Jesús de Polanco asisten a la inauguración de la edición catalana de EL PAÍS, en octubre de 1982.

Cuando José María Aznar, presidente del Gobierno que con tanta saña quiso meterlo en la cárcel a él, a Juan Luis Cebrián y a otros consejeros de Canal +, Jesús Polanco se fue con amigos suyos (Leopoldo Rodés, Plácido Arango, Carlos Fuentes) a la isla de Tenerife, a la esquina desde donde mejor se ve La Gomera.

Una de las noches sus amigos lo rodearon de folclore (canario, mexicano, argentino) y él quiso sentir que lo anterior era ruido, una tempestad que había sido tan solo un airecillo. Pero el ruido persistía, se veía en los informativos, se reproducía en los periódicos: Jesús estaba allí, sin pasaporte, subiendo y bajando su imagen (y las de sus colaboradores, Juan Luis Cebrián, José María Aranaz, tantos…) por los telediarios, de TVE perseguido por un delito (la supuesta apropiación del dinero de los depósitos de los descodificadores de Canal +) que no lo era…

Y una de esas mañanas estaba, especialmente triste, mirando la silueta rotunda de la isla de La Gomera. ¿Cómo estás, Jesús?, le preguntaron, y él respondió:

—Ante este paisaje ¿cómo voy a estar? Estoy muy bien.

Estaba muy mal.

Esa fue una herida horrible; la impresión era que nunca se recompuso de los efectos de esa tempestad marcada desde el poder para destruirlo. No se percibía que guardara rencor, pero aquel suceso tan largo, tan magnificado por los medios y tan consistente como maldad, lo dejó herido por una puñalada salvaje.

Diez años después, en 2007, Polanco intervino ante una junta de accionistas de PRISA. Le preguntaron sobre el momento político, con el PP a las puertas del Gobierno. Se le soltó la lengua, él lo reconoció, y advirtió de sus dudas con respecto al carácter de aquel PP en el poder otra vez. Aquello soliviantó a los herederos de Aznar, que decretaron un boicot con el que se intentó oscurecer, de nuevo, EL PAÍS y las otras empresas del grupo.

Unos meses después de ese incidente murió Polanco. Atrás dejaba su iniciativa empresarial y su intuición política y humana, editorial, periodística. Esas diatribas que lo acompañaron en los últimos suspiros de su vida no fueron tan duros como la noticia indeseada y triste de la grave enfermedad de su hija Isabel, que moriría el marzo siguiente. Hasta el último suspiro la vida no le dio tregua, durante mucho tiempo tuvo arrestos e inventiva para afrontarla; pero al final, en el último momento, tuvo sobre su ánimo la presencia abrumadora de esa definitiva oscuridad, de esa tristeza.