“Sin las becas no podría mantener a mis nietos”

La madre de una asesinada quedó a cargo de los niños y ahora depende de las ayudas de una fundación

Soledad Cazorla, fiscal de sala delegada para la Violencia contra la Mujer.
Soledad Cazorla, fiscal de sala delegada para la Violencia contra la Mujer.GORKA LEJARCEGI / Archivo

M. recibió una llamada desesperada de su hija: “Ahí viene, ahí viene”. La llamada se cortó en ese instante, así que M. se dirigió a casa de su hija. Al llegar se encontró con una ambulancia y el revuelo de los vecinos. “¿Qué ha pasado?”, preguntó, temiéndose lo peor. “El hombre ha matado a la mujer”, respondió una vecina. La mujer era la hija de M. El hombre era el marido y asesino de su hija.

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Ya han pasado algunos años desde aquello y M. reconoce, en conversación telefónica, que no ha vuelto a ser feliz. “A veces siento algo parecido, como en los cumpleaños de mis nietos. Pero no es la felicidad de antes”. Desde que su yerno asesinó a su hija, M. no ha encontrado descanso.

Al principio, no lo encontró por las dimensiones del duelo. “Ni siquiera pude ir a su funeral”, cuenta. Pero su psicóloga le insistió en una idea: “Piensa en tus nietos, hazlo por ellos, ellos necesitan normalidad”.

Y así es como logró asomar la cabeza. M. se hizo cargo de sus nietos y se desvivió por que tuvieran una vida normal, pese a que uno de ellos incluso había visto el asesinato de su madre. “Espero estar educándolos bien, solo quiero que mi hija se sienta orgullosa de mí”, dice M.

Pero, a veces, la sociedad impone su propia condena a las víctimas, aunque solo sean niños. Los compañeros de colegio empezaron a señalar con el dedo a los nietos de M. Porque su padre estaba en la cárcel, porque su madre había sido asesinada. Ante cualquier problema escolar, los otros niños culpaban a sus nietos, especialmente al mayor. La psicóloga del colegio se sinceró delante de M.: “Lo mejor será que los cambies de colegio, porque esto aquí ya no tiene solución”.

M. inscribió a sus nietos en un colegio concertado. Año tras año, M. se ha levantado a las seis de la mañana para ocupar su puesto de trabajo. Gana unos 1.000 euros raspados, que apenas le dan para mantener a la familia. Los niños también cobran una pensión de orfandad, aunque es la mínima porque su madre, al morir tan joven, apenas había cotizado.

Por eso M. se siente tan agradecida al sistema de becas Soledad Cazorla, que provee a la familia con unos 2.000 euros anuales por cada niño. “Si no fuera por ese dinero, no podríamos mantenernos”, reconoce. Además de la Fundación Mujeres, que está detrás de las becas Soledad Cazorla, M. agradece el cariño de otras asociaciones, como Afavir o Themis, que le han asesorado en su doloroso camino.

En este artículo faltan algunos detalles, que se han omitido deliberadamente: el nombre verdadero de M., su fotografía, las referencias geográficas y temporales, el número de nietos a su cuidado... Esos detalles han sido ocultados por petición expresa de M. Llegará el día en que el asesino de su hija saldrá de la cárcel y hará lo posible por recuperar a sus hijos. “Lo sé, ya me han dicho que esa es su intención. Yo ya no puedo vivir sin miedo. Nuestra vida está marcada”, concluye M.

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