La serendipia que vino del País Vasco
Lo relevante del acuerdo entre el PNV y el PSE está más en el método que en el contenido


Define la Real Academia “serendipia” como un hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. Tan obsesionados estaban en la gestora del PSOE con un PSC que, se temían, había optado por sucumbir al soberanismo, que se les había escapado del radar lo que, discretamente, se estaba fraguando en el País Vasco.
Convendría ahora que quienes dirigen a los socialistas actualmente no se obsesionaran con los árboles y echaran un vistazo al bosque. Más allá del uso o manejo del término “nación” —para los nacionalistas, un ideal romántico heredado del siglo XIX; para muchos socialistas, la expresión de una identidad cultural, lingüística e histórica—, lo relevante del acuerdo entre el PNV y el PSE está mucho más en el método que en el contenido. Y es ahí donde, de repente, podría darse con un hallazgo afortunado que diera cauce a las tensiones territoriales que, por mal resueltas, se han convertido en tensiones internas en el PSOE.
Los socialistas y nacionalistas vascos reconocen y abrazan la pluralidad de esa comunidad autónoma, y asumen que cualquier solución decidida solo por una de las dos mitades está condenada al fracaso. Entienden que la realidad política ha cambiado en los últimos años y que han surgido nuevos agentes —Podemos, la expresión más clara— que también deben decir algo en la construcción del futuro de esa comunidad. Un futuro, además, que se construirá sin salirse del cauce del Estatuto. Aspiran, con el escenario de la violencia cada vez más alejado en el tiempo, a que la izquierda abertzale desee participar en este tiempo de consenso.
Y sobre todo, el PNV se compromete a que cualquier avance en el autogobierno no será solo el resultado del acuerdo más amplio posible. Deberá además realizarse siempre dentro de la legalidad. De la legalidad del Estado español.
Dos veces han entrado los socialistas en un Gobierno en coalición con el PNV. La primera fue por generosidad —obtuvieron más escaños, en parte por la fractura provocada por Carlos Garaikoetxea en el seno del nacionalismo—; la segunda, por necesidad. El PSE está hoy más débil que nunca, y solo puede aspirar a su revitalización desde el Gobierno, y no en una oposición diluida entre ellos, Podemos y EH Bildu.
Pero si en la primera ocasión ese movimiento sirvió para modernizar el País Vasco y unificar la respuesta de los demócratas al desafío terrorista, quizá esta segunda sirva para marcar el camino de la reforma del modelo territorial.
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