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César o nada

Los diputados socialistas deberían tener libertad para obrar en conciencia en la investidura

Javier Fernández y Pedro Sánchez durante un acto en Gijón en diciembre de 2010. Ampliar foto
Javier Fernández y Pedro Sánchez durante un acto en Gijón en diciembre de 2010. REUTERS

Los acontecimientos desencadenados por la peculiar forma que tuvo Sánchez de asumir su responsabilidad por el fracaso electoral en Galicia y Euskadi (convocando primarias entre la militancia, lo que a su vez provocó el golpe de mano de los 17 y en seguida una reacción en cadena hasta llegar al sociodrama del sábado), han abierto el debate de cómo interpretar su anómala conducta. Algunos aducen como arquetipo el caso de Sansón derribando las columnas del templo de Ferraz con todos los filisteos felipistas dentro. Otros han citado la fábula del alacrán Pedro y la rana Susana. Y la mayoría ha preferido fijarse en su incapacidad de interlocución que le impide liderar ninguna empresa colectiva, pues si no sabe negociar con Mariano Rajoy ni hablar siquiera con sus barones, ¿cómo podría nunca llegar a presidir un Gobierno con populistas y separatistas dentro? Se lo zamparían en un santiamén.

Sin embargo, inasequible al desaliento, es probable que Pedro Sánchez se disponga a presentarse de nuevo a las primarias para recuperar el puesto de líder socialista, como si su lema fuera el mismo que César Borgia grabó en su espada, retomando el grito de guerra de las huestes de Julio César cuando pasaron el Rubicón para dar un golpe de Estado contra la oligarquía del senado romano: o César o nada. Pues en efecto, a juzgar por el programa trazado por su estratega de guardia, precisamente llamado César (Luena), Sánchez parece dispuesto a encabezar y acometer la reconquista de Ferraz convocando para ello una insurrección figurada de la militancia del partido contra su oligarquía orgánica, justificándolo con el objetivo programático de coaligarse con Podemos y los soberanistas para formar un Gobierno llamado “de cambio” contra el criminalizado Rajoy. Es decir, un súper Tinell al cuadrado corregido y aumentado, pues ahora los soberanistas se han multiplicado y reconvertido en secesionistas.

Lo cual supone robarle la agenda política a Pablo Iglesias, cumpliendo el aforismo que aconseja: “Si no puedes vencerlos, únete a ellos”. Pues, en efecto, el programa de Sánchez expuesto por Luena supone aceptar y asumir tanto su agenda de frente popular (muy distinta de la estrategia interclasista propuesta por Errejón) como su metodología populista basada en dos falacias, una discursiva, la otra plebiscitaria. Todo su relato se basa en la falacia lógica del “tercero excluido” (o del tertium non datur), al afirmar que quien no está con él está con Rajoy, lo que implica plagiar la misma falacia planteada por Iglesias cuando da a elegir entre la casta y él, como si fuera de su iglesia no hubiera salvación. Y la falacia plebiscitaria, típica del cesarismo bonapartista criticado por Weber, es apelar directamente al pueblo (a la militancia) para eludir el control de los órganos institucionales, denunciados por oligárquicos y antipopulares. Una doble falacia que cierra toda posible salida, pues la única forma de eludirla sería dar libertad de voto a los diputados electos del PSOE, únicos depositarios de la soberanía popular, para que obren en conciencia en el debate de investidura sin dejarse afectar por la disciplina de partido.

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