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'IN MEMORIAM'

Antonio Jiménez Blanco, jurista liberal

Antonio Jiménez Blanco, en un congreso de UCD en Palma de Mallorca en 1981.
Antonio Jiménez Blanco, en un congreso de UCD en Palma de Mallorca en 1981.

El pasado día 31 de agosto falleció en Madrid, a la edad de 90 años, Antonio Jiménez Blanco. Murió plácidamente rodeado de su mujer y sus numerosos hijos y nietos. Nacido en Granada, cursó sus estudios universitarios de derecho en Sevilla, ciudad que nunca olvidó. Volvió a su villa natal, donde desarrolló una larga y fructífera vida profesional como abogado, incorporándose y tomando parte activa en la lucha por la democracia, jugando un papel importante en el periodo constituyente.

Inteligente y sutil, desde muy joven se impregnó de las más puras esencias andaluzas, toda vez que asimiló en su formación el barroquismo sevillano, el senequismo cordobés y la sensibilidad poética de Federico García Lorca, al que siempre amó y rindió homenaje. Culto, buen conversador, ameno, con una prodigiosa memoria, pronto se convirtió en el centro de las reuniones a las que asistía, impulsando numerosas actividades cívicas en una ciudad como Granada, algo aletargada que Antonio quería dinamizar, tratando de hacer compatible la Granada bella de Ángel Ganivet y la modernidad. Tuvo uno de los despachos más sobresalientes de la ciudad, prodiga entonces, en notables juristas, quizás por su antigua tradición, y porque todavía los despachos de provincias jugaban cierto papel a nivel nacional, casi desaparecido hoy día como consecuencia de la globalización.

En aquellos iniciales y prometedores años, tuvo la suerte de conocer, y como no, enamorarse de Lola Carrillo de Albornoz, bella, dulce y luminosa granadina, con la que se casó. Tuvieron seis hijos de los que pueden sentirse orgullosos. Antonio y Lola vivieron desde entonces en una ininterrumpida luna de miel durante los casi sesenta años que han permanecido juntos. Solo la muerte los ha podido separar; y a buen seguro que sus almas y sus corazones, uno aquí y otro allá, siguen unidos con la misma ilusión que el primer día que se conocieron.

En los vertiginosos años de la Transición se involucró en la lucha por las libertades democráticas, sin escatimar esfuerzos, convirtiéndose en uno de los referentes democráticos de la ciudad de Granada, y en el nexo de unión entre la izquierda y la derecha. Liberal hasta la médula, su inteligencia y sentido común le hacían dudar de cualquier radicalismo. Fundó con otros granadinos el Club Larra, que se convirtió en el centro de los debates políticos de la ciudad. Fue uno de los promotores el año 1976 del primer homenaje a Federico García Lorca. Tuvo muy claro desde el principio que su lugar político era UCD donde llego a tener importantes cargos, siendo elegido senador por Granada el año 1977, portavoz del grupo de UCD en el Senado en la Legislatura Constituyente y posteriormente en el Congreso de los Diputados en la primera legislatura; finalmente fue Presidente del Consejo de Estado desde 1980 a 1982. Brilló por su talante dialogante, sus conocimientos jurídicos, sus elaborados y rigurosos dictámenes.

Participó de forma activa en

la lucha por la democracia

y en el periodo constituyente

Amaba más la libertad que el poder y cuando consideró que había conseguido sus objetivos se retiró a cultivar su jardín, porque creía que había llegado el momento y correspondía a los más jóvenes llevar a buen puerto la aventura que su generación había iniciado y diseñado. Su jardín no era ni fue otro que el de su vida familiar. Fue quizás su más difícil decisión y sin duda su mayor triunfo, también el que le dio los mejores frutos, aunque no fueron pocos los que consiguió en su vida política y profesional. Verdad es que contaba con Lola, aparentemente frágil pero que nunca desfalleció y siempre fue el soporte firme y poderoso que estimulaba a Antonio Jiménez Blanco a cumplir sus sueños.

Quiénes tuvimos el placer de trabajar con él y compartir pasiones y actividades políticas - incluso desde ideologías distintas- recordamos su magisterio, su serenidad y sus enseñanzas. Solía decir que ser liberal en nuestro país quizás era algo anacrónico, toda vez que por razones que nunca consiguió entender, parecíamos más proclives hacia los extremos que a las políticas moderadas e integradoras; si bien nunca dejó de pensar que sus ilusiones se cumplirían y fructificarían.

Perteneció Antonio Jiménez Blanco a esa estirpe de grandes hombres que dedicaron sus mejores años y esfuerzos, a traer la democracia a nuestro país; y que cuando creyeron haber cumplido sus objetivos, se retiraron callada y elegantemente, con la satisfacción del deber cumplido, a su vida privada, a cuidar de los suyos. Descansa en Paz, te lo mereces; y quienes te conocimos queremos decirte que te recordamos porque también te lo mereces, y porque tu recuerdo es lo único que puede paliar, en alguna medida, el dolor y la tristeza de no volver a verte.

Jerónimo Páez López es abogado.