El Estado nuevo

El que fuera secretario general del PCE de 1960 a 1982 justifica en este capítulo de sus memorias los “cambios de posición en la vida” que le permitieron “seguir siendo el mismo”

Santiago Carrillo (izquierda) charla con Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados en 1983.
Santiago Carrillo (izquierda) charla con Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados en 1983. Marisa Flórez

Yo he nacido en las filas del Partido Socialista; mi padre era socialista, mi madre también, eran militantes en Asturias; después mi padre fue uno de los dirigentes del partido y por consiguiente, ya desde mi nacimiento, prácticamente puede decirse que estaba encaminado, o a renegarde los míos, o a defender la causa de los trabajadores y la idea del socialismo. En el periodo de mi juventud, en un momento dado, yo llegué a convencerme de que era más eficaz en la lucha por el socialismo, el Partido Comunista, y en la guerra, en el curso de la guerra, ingresé en el Partido Comunista y quiero decir que a estas alturas yo no he cambiado de parecer, no he vuelto al redil y no soy miembro del Partido Socialista, no quiero que nadie se engañe. Tampoco soy miembro del Partido Comunista porque en un momento dado yo no estuve de acuerdo con la orientación sectaria del Partido Comunista; yo defendí lo que se conoció como la línea eurocomunista, y hubo una decisión muy extraña en una reunión del Comité Central del Partido Comunista en la que se nos excluyó a mí, a una parte muy importante de los miembros dirigentes del partido, del Comité Central y a más de tres o cuatro mil cuadros comunistas de diferentes lugares del país. Yo quedé fuera del Partido Comunista y hoy estoy fuera del Partido Comunista.

Por otra parte creo sinceramente que el Partido Comunista ha dejado de actuar y de existir en España, por lo menos el Partido Comunista que yo conocí, que yo dirigí también con José Díaz y con Dolores Ibárruri;éste ya no existe. Pero, repito, yo no he vuelto al redil, sigo sintiéndome comunista y claro, un comunista que lo sea de verdad y un socialista que lo sea de verdad no pueden ser enemigos podrán diferir en algún punto de vista pero si son una u otra cosa sinceramente, tienen que ser amigos y comprender que el explotador, el enemigo fundamental, la derecha reaccionaria, es el obstáculo que nos impide a los dos llegar a transformar el país y el mundo y que nos obliga a actuar unidos, a entendernos y a apoyarnos mutuamente.

Esta declaración de principios la hago porque para mí es una cuestión muy importante ser coherente y a veces explico que yo he cambiado de posición algunas veces en la vida, para poder seguir siendo el mismo, porque es que el mundo cambia y como el mundo cambie y tú estés sin cambiar, como una estatua de sal, en la práctica no sólo dejas de ser el mismo, te convierte en eso, en un trozo metálico o algo que no tiene contacto ni influencia sobre la realidad.

Yo creo que uno de los problemas que hay en la izquierda es que estamos metidos en una tarea –hablo de la izquierda en general– y sin embargo no nos preocupamos de tener idea de conjunto, una comprensión general del contenido, del carácter, de la amplitud de esa tarea y muchas veces nos perdemos en detalles y hasta nos angustiamos innecesariamente, precisamente porque carecemos de una visión general de lo que estamos nosotros mismos haciendo. A veces, pasa también que los hombres, las mujeres, se lanzan a una tarea sin tener muy claro qué es lo que quieren obtener y yo creo que eso nos pasaba un poco en el momento de la Transición, cuando estamos desmontando el régimen anterior, comenzando a desmontarle y construimos el nuevo o por lo menos empezamos a construirle, elaborando la constitución, sentando las bases en que se va a apoyar el desarrollo político siguiente.

Y cuando en los años 1976, 1977, 1978 empezamos a enfrentarnos con esta tarea, sabíamos una cosa clara, eso yo creo que todos lo teníamos claro: había que terminar con aquella dictadura insoportable que durante cuarenta años había destruido generaciones de españoles enteras, había rebajado el nivel de cultura y la influencia de nuestro país en el mundo, había cerrado la boca a los españoles, había destruido las libertades y destruido en gran parte el país y había que reemplazar eso por un sistema democrático, un sistema cuya clave, cuyo motor, fuese el principio de la soberanía popular, es decir, el principio de que quien tiene derecho a mandar en este país es el pueblo, son los ciudadanos, sois vosotros y no ningún salvador que viene a resolver todos los problemas.

Sabíamos que esa era una verdad fundamental, sobre la que se construye, con dificultades, que no son del momento, la Transición. Ahora, ¿cómo hacer eso?, ¿de qué manera construir y qué construir? Eso tampoco estaba demasiado claro, incluso para aquellos de nosotros que en aquel momento jugábamos un papel fundamental. Que hacía falta un nuevo Estado, de sobernía popular, era lo que sabíamos. Pero lo que no sabíamos es exactamente cómo íbamos a construirlo y, por ejemplo, yo puedo explicar lo que era mi opinión y la opinión del Partido Comunista y del Partido Socialista en aquel momento, en el tema de las naciones y regionalidades; en ese momento, yo creo que ninguno de los dirigentes de la izquierda teníamos claro que hubiera que ir más allá de la autonomía de Euskadi, Cataluña y Galicia como nacionalidades históricas; y surgió la idea de las autonomías. Y la idea de las autonomías apareció, pues, en aquel momento,no tanto como una iniciativa de la izquierda como la manera en que los reformistas del franquismo que colaboraban con la izquierda en la Transición pensaban que podía llegarse a conceder a Cataluña, Euskadi y Galicia un estatuto de autonomía sin provocar una Guerra Civil, porque cualquier medida especial, particular para estas nacionalidades, la derecha española, que entonces controlaba el ejércitoprácticamente, iba a tratar de impedir por cualquier modo y por cualquier procedimiento que se diera lo que parecía entonces un privilegio, la autonomía a esos tres territorios del Estado español. Y del campo reformista del franquismo de Suárez, salió la idea de darle autonomía a todas las regiones, de crear un sistema autonómico. Creo que, en la mente de los que aportaron esta inicitiva, no estaba tanto el ir a un Estado realmente autonómico, como el sujetar a todas las regiones con una solución que entonces se llamó café para todos. Vamos a dar café a todos pero el café que les vamos a dar es poco, pocas competencias y vamos a cubrir el expediente.

Sin embargo la vida ha demostrado que la idea de un régimen de autonomías, algo muy parecido a lo que podría ser un sistema federal, era una idea tremendamente progresista y productiva, porque enseguida comprobamos, en pocos años de funcionamiento de las autonomías, que el desarrollo considerable que España ha tenido desde la Transición, en grandísima parte, se debe al tipo de Estado de las autonomías.

Mi testamento político, de Santiago Carrillo, se publica el 19 de noviembre (Galaxia Gutemberg). 368 páginas. 19,50 euros.

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