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PALOMA SEGRELLES / Empresaria y Presidenta de honor del Club Siglo XXI

“A mí no se me ha caído la baba con nadie”

Con 69 años y dos hijos, dice que, aparte de pasear, lo que más le gusta es la soledad

Paloma Segrelles, en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid
Paloma Segrelles, en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid

Pregunta. Esta semana presentó sus memorias. ¿Qué hubiera sido de la Transición sin usted y el Club Siglo XXI?

Respuesta. La Transición no nos necesitaba ni a mí ni al Club. La hicieron un conjunto de personas que supieron renunciar a muchas ideologías. Nosotros pusimos nuestro granito de arena. Carrillo iba con su peluca por ahí, le convidamos al Club, pregunté a Manolo Fraga si quería presentarle y me dijo que sí.

P. ¿Aquél fue uno de los grandes puntazos de su reinado?

R. Se dieron de baja muchísimos socios, y yo me quedé muy contenta, pensando que, si no querían la nueva España, es que no debían estar con nosotros.

P. ¿Quién ha hecho más por la democracia: usted o Mona Jiménez con sus lentejas?

Perfil

Con 69 años y dos hijos, dice que, aparte de pasear, lo que más le gusta es la soledad, incluso para irse de veraneo. Cuenta que siempre ha intentado ser una mujer independiente, y ya de niña entrenaba capitaneando una banda de once chicos. Si la invitaran a una fiesta de disfraces, sería Cleopatra. Pero de pequeña su héroe era Tarzán: "Por el campo, por la Naturaleza. Como la monta Chita".

R. Mona Jiménez es una anécdota. Una mujer estupenda, muy valiente, que daba unas lentejas, duró unos años y se terminó. El Club Siglo XXI fue una cosa constante, donde se daba la tribuna a todas las personas que no la habían tenido con Franco. Hasta Carlos Hugo vino aquí.

P. De garito de la derecha a foro multicolor. ¿Mérito suyo?

R. Bueno, es mérito de muchas personas. Yo antes hacía las reuniones en mi casa. Y el fundador del Club, Guerrero Burgos, militar, me dijo que sabía que yo reunía a los rojos, a los intelectuales y a los periodistas; que Franco se iba a morir, y que quería que los trajera aquí.

P. Rojos, intelectuales y periodistas. Su casa era una cueva de lenocinio y malas costumbres.

R. Yo creo que de buenísimas costumbres. Podíamos hablar de todo y no nos desalojaban. El 23-F más de uno me dijo: “Como ganen, nos vamos a las cuevas de tu casa”. Porque vivo en un alto, en la Dehesa de la Villa, y tengo unos subterráneos de la época republicana, con cañones y todo.

P. Bono ha dicho que superó su timidez en el Club Siglo XXI. ¿Se siente usted culpable del resultado?

R. No. Bono ha hecho los deberes muy bien. Es maravilloso que la gente supere su timidez, mientras no pierda la consciencia, porque hay quien cuanto más inútil es más llega comiéndose el mundo.

P. De la fauna y flora que ha pasado por aquí, ¿cuál es su ser favorito?

R. El Dalai Lama. Emana algo especial.

P. ¿Se le caía la baba ante alguien más que ante Adolfo Suárez?

R. A mí no se me ha caído la baba ni con Suárez ni con nadie. Yo la baba me la trago.

P. ¿Le encanta ese toque Mata Hari que entonces le atribuyeron?

R. Pues no, Mata Hari, eso sí que no. ¿Sabe lo que sufrí con motivo de una cena en la que invité al premier de Gibraltar? El CESID me abrió un expediente, porque el gibraltareño dijo que con Garzón en mi casa había solucionado más que con Solana en dos años. Un rollo de mucho cuidado.

P. ¿El Club tuvo algo peor que el vino que ponía?

R. Yo creo que la comida. Tuvimos que cambiarla.

P. De niña la llevaban al museo del Prado y quiso conocer el de Ciencias. ¿Se identifica con fósiles y dinosaurios?

R. No. No sabía de fósiles ni dinosaurios, pero siempre me ha gustado mucho la Naturaleza.

P. Era tan amante del ajedrez que se despertaba gritando: “¡Jaque al rey!” ¿Qué opinan en La Zarzuela?

R. Es que a mí a don Juan Carlos no se me ocurre darle un jaque. Sólo en el ajedrez. Y yo tenía entonces ocho o nueve años,

P. Su padre, amante de Lola Flores; y usted, enamorada de adolescente de Juan Carlos Calderón. Qué familia tan musical.

R. A mí la música me gusta. No sé si será herencia. Y a Juan Carlos Calderón no le volví a ver.

P. ¿Le quiso más o menos que a Ricardo de la Cierva?

R. Las comparaciones nunca son buenas. Ricardo de la Cierva fue novio, y el otro, una de las primeras personas que te gustan en la vida.

P. Su niña fue al mismo colegio que las infantas Elena y Cristina. Y no pilló un Urdangarin o un Marichalar, pero tampoco le salió excesivamente bien la cosa.

R. Yo creo que eso le pasa al ochenta por ciento de la gente. Lo que tenemos alrededor tampoco es que dé mucho resultado. No hace falta ir ni a un colegio ni a otro [ríe].

P. Usted, que ha visto pasar a tantos políticos, ¿cuál diría que es el que menos ha cambiado con el poder?

R. José Luis Álvarez, el que fue alcalde de Madrid. Y otro, Almunia. Igual antes de ser ministro, durante y después. Ni orgullo, ni prepotencia. Y eso se agradece.

P. En el libro difícilmente dice algo negativo de alguien. ¿Cuestión de marketing o va de Santa María Goretti?

R. No. Es que si tuviera que decir cosas malas de la gente, en vez de 376 páginas hubiera escrito ochocientas.