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Editorial

Mancha racista en España

Los cánticos de odio islamófobo en un partido de la selección nacional de fútbol contra Egipto salpican la imagen de todo el país

Un cartel luminoso en el Estadio RCDE de Cornellà de Llobregat (Barcelona) exhibe un mensaje recordando al público la prohibición de los gritos racistas durante el partido amistoso entre España y Egipto, este martes. Albert Gea (REUTERS)

De nuevo, un estadio de fútbol español ha sido escenario de un execrable episodio de racismo. Una parte de los casi 36.000 espectadores del amistoso que España y Egipto disputaron el martes en el campo del Espanyol en Barcelona entonaron en reiteradas ocasiones a partir del minuto 20 el cántico “musulmán el que no bote”. Cientos o miles, eran suficientes como como para hacerse oír. Cuando a través de la megafonía del campo se pidió, a instancias de la Federación, “respeto” y se condenó “todo tipo de violencia en los estadios”, los silbidos se intensificaron. Las imágenes, en un escenario como el de un partido de preparación del Mundial de la selección absoluta, suponen un bochorno instantáneo para España como país.

Pese a la existencia de un marco legal contra el racismo en el deporte, pese a los protocolos de actuación tanto nacionales como internacionales cuando se producen incidentes, pese a los avances, lentos pero innegables, que se van registrando, el odio racista y xenófobo sigue siendo un serio problema del fútbol español. No valen ya los acostumbrados comentarios de que son comportamientos minoritarios o incidentes aislados, como repitió el presidente de la Federación, Rafael Louzán.

El martes se perdió otra ocasión para dar ejemplo y haber detenido el juego al escucharse el primer cántico islamófobo, o incluso haber suspendido el partido en caso de insistir. Lamentablemente, no fue así, y las condenas que se han sucedido, pese a ser contundentes y necesarias, son insuficientes para reparar el daño causado a la imagen del país por los racistas “ignorantes”, como acertadamente los definió ayer Lamine Yamal, estrella de la selección española, musulmán y de Barcelona. Todos los estamentos del fútbol están obligados a prevenir, corregir y sancionar este comportamiento, pero también concierne a una mayoría de los espectadores que en muy pocas ocasiones recriminan a quienes insultan a su lado. Las víctimas de esta islamofobia no son ni Yamal ni los jugadores de la selección egipcia. Cuando algo así se produce en un espectáculo de masas con el impacto mundial e instantáneo que tiene el fútbol internacional, el bochorno salpica a todo el país de una forma u otra. Da igual cuántos fueran los energúmenos.

No se puede desligar la ligereza con la que miles de espectadores se sumaron a un canto ofensivo con la creciente normalización de la islamofobia y el racismo. La prueba fue la irreproducible reacción de la ultraderecha de Vox relativizando los hechos de Barcelona, un elocuente ejemplo del discurso en el que se cultiva el odio que luego se vierte en las gradas. Afortunadamente, hay leyes. La investigación abierta por los Mossos en coordinación con la Fiscalía de Odio debería permitir identificar a los responsables. Insultos racistas en un estadio español ya han terminado en condenas de cárcel en otras ocasiones.

Este verano, la Roja participa en el Mundial de Norteamérica. Va a ser muy difícil evitar que llegue con el uniforme manchado de racismo. Pero las consecuencias van más allá. Ese mismo aroma afecta a España en la preparación como anfitrión, junto a Marruecos y otros cuatro países, del Mundial 2030. La FIFA, que con gran probabilidad va a sancionar a España por lo ocurrido el domingo, aún debe decidir si la final de ese campeonato se jugará en Madrid o en Casablanca. El odio desplegado en Barcelona es la peor carta de presentación de un país que centrará la mirada de cientos de millones de aficionados de todo el mundo, de todas las razas y religiones.

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