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Iñaki Gabilondo, 80 años bien aprovechados

Gran conversador, de extraordinaria fluidez y lector voraz, no es de extrañar que el periodista se convirtiera en un referente absoluto de la comunicación en España

Iñaki Gabilondo, premio Ondas Especial de la Organización, en los jardines del Palacete Albéniz de Barcelona, en noviembre de 2021.
Iñaki Gabilondo, premio Ondas Especial de la Organización, en los jardines del Palacete Albéniz de Barcelona, en noviembre de 2021.Carles Ribas

Iñaki Gabilondo cumple hoy unos formidables 80 años que desde luego han sido muy bien aprovechados tanto en su trayectoria profesional como en el ámbito personal y familiar. Felicidades.

Me suele gustar decir que Iñaki es de las pocas personas que yo conozco que cada vez que habla es para decir algo.

Es, además, un gran conversador que atrae normalmente a quien le escucha por la claridad con que es capaz de expresar sus ideas, por su extraordinaria fluidez verbal, por la riqueza de su lenguaje y por su amenidad.

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No extraña, por tanto, que, con esas “condiciones naturales”, debidamente cultivadas por cierto (es, por ejemplo, un lector voraz), se convirtiera hace ya muchos años en un referente absoluto de la comunicación en España, primero en la radio y luego también en la televisión.

Iñaki destacó siempre a lo largo de su trayectoria profesional por su formidable poder para transmitir y compartir ideas, opiniones y desde luego emociones y sentimientos. Pero también posee otra cualidad imprescindible para el desarrollo de este oficio de comunicar: su enorme capacidad para escuchar al otro, bien sea un gran líder político, un famoso, un artista, un erudito, o en la mayoría de los casos alguno de sus miles y miles de oyentes con quienes llegaba a relacionarse en antena a unos niveles de complicidad y confianza realmente asombrosos.

Por si todo esto fuera poco, Iñaki ha tratado de ser siempre honesto e ir en busca de la verdad y la justicia con mayúsculas, sin concesiones a la galería y sin ataduras morales ni materiales.

Sus detractores le han tachado alguna vez, no sin cierta inquina, de ser algo tibio en algunos temas delicados. Le han acusado de mantener un “equidistancia” impropia en algunos casos.

Por el contrario, en el espinoso asunto del llamado “tema vasco” por ejemplo, su gran virtud fue no alinearse nunca con la intolerancia y el extremismo opinativo, tan en boga en algunos momentos en diversos medios.

Finalmente, quisiera destacar una máxima que, según el propio Iñaki, ha sido fundamental en su trabajo periodístico y que recomienda siempre a cuantos dan sus primeros pasos en esta profesión. Según sus propias palabras, “cuando digo que sé algo, es porque la información que transmito ha sido debidamente contrastada y ponderada; cuando no sé algo, digo que no lo sé, y cuando dudo, digo que dudo”. Un buen consejo que no estaría mal que nos aplicáramos siempre todos en nuestro oficio.

Mucho me temo que este texto tiene un cierto aire hagiográfico y es evidente mi admiración y mi reconocimiento a la figura profesional de Iñaki. No puedo ni quiero ocultarlo.

Ahora bien, quien pueda pensar que mis palabras están condicionadas por el hecho de haber sido muchos años compañeros de profesión y de empresa, y sobre todo por tratarse de uno de mis hermanos, están totalmente equivocados.

Iñaki como hermano es de lo más normal.


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