TRIBUNA
i

Napoleón

La excepcionalidad de la figura de Bonaparte fue fruto de su capacidad para conjuntar las piezas dispersas, incluso enfrentadas unas otras, que la Revolución había puesto sobre el tapete

Trono de Napoleón Bonaparte, de la colección privada de Bruno Ledoux, en París.
Trono de Napoleón Bonaparte, de la colección privada de Bruno Ledoux, en París.THOMAS COEX / AFP

Más información

No corren buenos tiempos para la imagen de Napoleón, cuando está a punto de cumplirse el bicentenario de su muerte en Santa Elena, el 5 de mayo de 1821. Su huella en el imaginario político francés, fortísima a lo largo del siglo XIX, resurgió en el XX con la figura del general De Gaulle, al reivindicar frente a la ocupación nazi la grandeza de Francia, asentada sobre la identidad colectiva, y convertida en acción política por el liderazgo de un hombre capaz de imponerse al particularismo de intereses y partidos. El intento fue consumado con el presidencialismo impuesto por la Constitución de 1959, fruto como el imperio napoleónico de un golpe de Estado. De Gaulle era la Nación.

La atracción ejercida por esta idea sobre la opinión francesa era tal que el principal acusador del régimen gaullista, François Mitterrand, quien lo denunciara en El golpe de Estado permanente, se convirtió en un estricto discípulo del general cuando alcanzó la presidencia de la República. Y está bien cercano el intento de Emmanuel Macron por superar la crisis política colocándose en la estela del presidencialismo gaullista. La oferta tuvo buena acogida en las elecciones de 2017, pero ese efecto se ha diluido por deficiencias propias y el impacto de la doble crisis, económica y sanitaria. Con ello se ha perdido también la impronta napoleónica. No es casual que el primer eco de la exposición nacional Napoleón, que se inaugura el 14 de abril, haya consistido en sacar a la luz documentos que le presentan bajo el ángulo, escasamente favorable, de restaurador de la esclavitud en las colonias.

La excepcionalidad de la figura de Napoleón Bonaparte fue fruto de su capacidad para conjuntar las piezas dispersas, incluso enfrentadas unas otras, que la Revolución había puesto sobre el tapete. Solo Mahoma al fundar el Islam, supo encauzar en la misma dirección, un juego de fuerzas, de vectores, tan contrapuestos inicialmente: la cohesión tribal, la violencia de un mundo beduino entre el comercio y la depredación, el vacío en las creencias religiosas. Frente a ese puzzle, como viera Ibn Jaldún, la idea de un dios único, movilizador de los intereses frente al no creyente, con su necesaria proyección militar, generó una dinámica unitaria expansiva aun hoy vigente. En el caso de Napoleón, la explosión había tenido lugar con anterioridad, en la destrucción del Antiguo Régimen provocada por la Revolución. También es anterior la entrada en juego del extraordinario impulso militar, de la nación en armas, causa de la sorprendente imposición de los ejércitos revolucionarios sobre los del absolutismo. Napoleón fue agente y expresión individual de este fenómeno, condición indispensable para la supervivencia de la Francia revolucionaria, y quien lo capitalizó a título personal, convirtiéndolo en eje de su legitimidad política.

Un eje en torno al cual Napoleón engarza un haz de realizaciones. La primera, convertir en sistema la profusión de impulsos positivos que suscita la Revolución. Dar forma a la religación, a la entrega absoluta a la República que refleja el más hermoso de sus himnos, el Chant du départ, el canto de la partida: “todo francés debe vivir por ella, por ella un francés debe morir”. Esto supone la entrada en escena como protagonista de thymós, el contrapunto activo de psyché, la dimensión emocional del alma que en el plano colectivo impulsa la acción sobre la base de la identidad. Una primera manifestación habría tenido lugar en las guerras médicas, de las ciudades griegas contra la agresión del Imperio persa. Fukuyama ha puesto de relieve la importancia de este factor, tanto en los nacionalismos totalitarios de entreguerras como en el resurgir de los imperios actuales. Pensemos en Putin, en Erdogan o en Xi Jinping, quienes justifican siempre la pretensión del poder dominante asignado a sus respectivas naciones, sobre la base, como Hitler o Mussolini, de una supuesta “humillación”. Toca responder contra esa afrenta a la identidad nacional, hecha mito histórico: URSS, sultán otomano, China imperial. Para Napoleón, aquí heredero de 1792, es la amenaza de los enemigos, de los tiranos, evocada en La Marsellesal’étendard sanglant est lévé—, lo que justifica el paso propio a la agresión. Contra las demás potencias, e incluso en casos personales, como fuera la eliminación del simple riesgo representado en 1805 por el eventual ascenso al trono de España, de una princesa de Asturias antifrancesa.

El genio militar de Napoleón fue reconocido por sus contemporáneos, siendo la escala que le llevó a la gloria. Sin ser inexacta, la apreciación olvida que su genialidad se sustentó también en las innovaciones técnicas que supo asumir. Ejemplos: una perfecta organización de la intendencia, o incluso haber imprimido mayor rapidez a los desplazamientos de la infantería, requisito necesario para una concepción de la batalla donde la combinatoria de fuerzas móviles desempeñaba un papel esencial. El menor interés de Napoleón por las ciencias, respecto de las matemáticas y la historia, fue compensado por su atención al espíritu científico exhibido por la “ciencia militar”, a través de la obra del conde de Guibert: el Ensayo sobre la táctica, de 1772, tratado de referencia tanto para una concepción política de la guerra basada en la afirmación del poder nacional, como para la movilización exacta de los recursos disponibles a la hora de resolver un combate. Austerlitz fue en este sentido la obra maestra de una aplicación de la física a la conducción de la batalla.

Un complemento imprescindible de la innovación militar fue la cohesión social lograda, en parte gracias a la proyección emocional del thymós patriótico, y también por la resolución autoritaria del conflicto de clases desencadenado en 1789. Napoleón creía en la Nación y temía al “pueblo”. Su régimen racionalizó al extremo la represión ejercida por la policía de Fouché, lo cual no le impidió presentarse hacia el exterior, sobre todo en Italia como portador de la libertad. Las relaciones jurídicas en la sociedad burguesa fueron reguladas en su Código de 1804. Y la jerarquía del Antiguo Régimen fue restaurada con la aristocracia imperial, aún más pomposa. Las conquistas daban para todo.

Stendhal supo percibir la rapidez con que Napoleón captaba los elementos de un problema, insertándolos en la discusión para desarmar al adversario. Sabía además mantener la preocupación por un tema hasta verlo resuelto. Su análisis de la política española entre 1800 y 1808 fue buena muestra de ello, combinando los comportamientos del león y del zorro, según sus palabras, a favor de la traición de Godoy —”el bribón que me abrirá las puertas de España”—, tipo dispuesto a todo por alcanzar la realeza.

Le faltaba “plan”, una visión estratégica que le frenara en su propensión de avanzar siempre, sin darse cuenta de que había algo más que ganar batallas y someter a reyes. Anunciaba en eso a los dictadores del siglo XX. Y como ellos su comportamiento en la guerra se caracterizaba por la deshumanización, tanto contra las poblaciones de otros países —incluso aliados, así al mantener a España como “país tributario” en la hambruna de 1803-1805 o al prolongar los tratamientos de “país conquistado” que crearan los jacobinos para los vencidos—. Y al ahogar en sangre toda oposición.

El 2 de mayo de 1808 culminó una ejecutoria de fusilamientos de masas, de Egipto a Rusia. En ambos casos, los crímenes contra la humanidad en España prefiguraron los del siglo XX. Sin renunciar a la eliminación individual del adversario (Pichegru, duque de Enghien, receta aplicable para bloquear la sucesión española). La grandeza de Napoleón estuvo teñida de muerte. También de una gran dosis de corrupción —ahí están los diez millones de libras cobrados por la paz siendo primer cónsul en 1801— y marcada por la transferencia del clanismo familiar como forma de poder típicamente corsa, a la organización del Imperio.

Antonio Elorza es profesor de Ciencia Política.

Archivado En:

Más información

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50