Columna
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Educación, educación...

Nunca tendremos la que deseamos si no nos implicamos todos. Es también un deber ciudadano

La ministra de Educación, Isabel Celaá, en el Congreso.
La ministra de Educación, Isabel Celaá, en el Congreso.Emilio Naranjo (EFE)

Recordarán que ese era el mensaje electoral básico de Tony Blair hace ya más de 20 años, cuando empezó a fascinar, y antes de que cayera en desgracia. La idea era convertir a Gran Bretaña en una “sociedad del aprendizaje” que habilitara también para el disfrute de la vida. Que yo sepa, fue la primera y única vez en la que un programa político puso la educación como el objetivo central de la acción política. No he podido dejar de recordarlo ahora que la aprobación de la ley Celaá acapara todas las miradas. Porque, nos guste más o menos su contenido, mi impresión es que el debate sobre la educación ha vuelto a ser engullido por la estrecha visión con la que desde siempre venimos abordándolo; a saber, la educación como algo que compete exclusivamente al sistema educativo. Por no hablar de la traslación a ese ámbito del ruido de la lucha partidista, su reducción a una disputa entre la pública y la concertada, la religión, el castellano frente a otras lenguas del Estado, si hay que repetir más o menos, las reválidas.. No en vano, lo que casi todo el mundo lamenta es que no hubiera consenso en su elaboración.

Y no es porque aquellas no sean cuestiones importantes, sino porque me parecen menores frente al gran desafío que tiene todo sistema educativo, contribuir al mejor funcionamiento de la sociedad como un todo; complementar la socialización básica otorgándole al alumno las aptitudes y conocimientos básicos para poder desplegar toda su potencialidad intelectual; dotarle de la capacidad para pensar por sí mismo; ayudarle a convertirse en ciudadano, en sujeto responsable de una comunidad política; o, y esta es una dimensión no menor, permitirle acceder a puestos y posiciones sociales a partir de una verdadera igualdad de oportunidades. Pero, no nos engañemos, esta nunca será plena porque ahí interfieren siempre las condiciones familiares, los estímulos que recibe en casa. Y también, y esta es la cuestión, otros condicionamientos sociales. Hoy, por ejemplo, y como bien ha señalado Bernard Stiegler, “educan” más los medios de comunicación que la propia escuela. ¿Qué puede hacer esta frente a la trivialización de la cultura, la distracción consumista y la sociedad del espectáculo, una tecnología omnipresente que adormece el juicio, la progresiva “desaparición de la infancia” (N. Postman), la incapacidad para centrar la atención sobre algo sólido?

El problema es que hemos encomendado al sistema educativo con todo un conjunto de tareas que no puede satisfacer por sí mismo, necesita el apoyo de toda la sociedad. Lo malo es que no sabemos bien cómo hacerlo. O no queremos, nos des-responsabilizamos. Pero igual tampoco es tan difícil. Basta con fortalecer la cultura, con reprogramar la televisión pública hacia algo menos banal, con no doblar los dibujos animados para que el inglés les sea una lengua familiar, con cuidar el lenguaje de los discursos, con que suene música clásica en espacios públicos, con revalorizar al empollón y al lector en obras de ficción, con refocalizar los usos de la tecnología. Seguro que a ustedes se les ocurren más cosas. De lo que no me cabe la menor duda es que esa es la reforma pendiente, y que nunca tendremos la educación que deseamos si no nos implicamos todos. Es también un deber ciudadano.

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