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Voces en la periferia del viejo mundo: la literatura de la otra Europa

EL PAÍS reúne a la griega Ersi Sotiropoulos, la moldava Tatiana Țîbuleac, el húngaro András Forgách y la croata Olja Savičević, cuatro autores que se han abierto paso en la industria editorial desde los márgenes de un idioma minoritario

Las escritoras Olja Savičević, Tatiana Țîbuleac, Ersi Sotiropoulos y el escritor András Forgách.
Las escritoras Olja Savičević, Tatiana Țîbuleac, Ersi Sotiropoulos y el escritor András Forgách.Roberto Antillón

Europa no existe. Es una idea que solo tiene sentido sobre el papel de los mapas. El continente es una amalgama de lenguas, rostros, voces, acentos, alfabetos, culturas, tradiciones, cuentos, leyendas. Un amasijo fundido de humanidad que esta semana se puede percibir en los pasillos de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, unas coordenadas tan lejos del viejo mundo y tan cerca de la industria editorial. La globalización literaria se hace carne en la cita más importante de las letras hispanas, que acoge este año a un pedazo del atlas marcado por la diferencia: los 27 países de la Unión Europea —con guiño incluido a Ucrania, un nuevo pretendiente para el baile—.

Cuando se habla de literatura europea, la mente se va rápido a los grandes autores franceses, italianos o ingleses. En los márgenes quedan las letras de dos decenas de países con tradiciones literarias de alto calibre que a menudo pasan con más pena que gloria por el mercado editorial debido a las barreras del idioma, la traducción o una industria menos consolidada. Esta semana es una oportunidad para sumergirse en la literatura de la otra Europa: en la obra del poeta turcochipriota Zeki Ali, la portuguesa Lídia Jorge, el irlandés Tadhg Mac Dhonnagáin, la letona Nora Ikstena, el búlgaro Ilija Trojanow o la eslovaca María Ferencuhová, entre decenas más. Esta selección de cuatro voces es tan solo una pequeña muestra que no pretende ser representativa de esa enorme periferia literaria:

Ersi Sotiropoulos, la profeta punk

Ersi Sotiropoulos, el 29 de noviembre.
Ersi Sotiropoulos, el 29 de noviembre.Roberto Antillón

Ersi Sotiropoulos posa para los retratos con cara de no querer estar aquí y la actitud de una profeta punk del fin del mundo en una mañana de resaca. Va toda de negro: una camiseta vieja con algunas manchas y varias tallas más grande, alpargatas, un flequillo pajizo que le cae sobre los ojos, venas marcadas en un cuerpo fino. Lo primero que hace es hablar del oscuro fantasma del fascismo que vuelve a recorrer Europa. Lo hace con una voz ronca, grave y ahumada. Cuando descubre que en la sala de prensa no la dejan fumar, pide hacer la entrevista en la calle, sentada sobre la acera. Bebe café, enciende un cigarro.

Sotiropoulos (70 años) es una de las voces más inconformistas de la literatura griega. “Me gustan los libros que son inesperados, por eso nunca escribo si sé desde el principio cuál va a ser el final, me aburriría. Necesito sorprenderme”. Con un puñado de novelas, cuentos y poemarios a las espaldas, en 2017 ganó el Premio Mediterráneo de Literatura con Qué queda de la noche (Sexto Piso, 2018). Dice que no es pesimista, pero su visión del futuro —el literario y el humano— es más bien negra: “Me da miedo que nos encaminamos a una literatura que está muy bien escrita, pero que ya no es libre. Cuando era pequeña había censura por parte de la dictadura, ahora está infiltrada dentro de la misma obra. Es el resultado del terrorismo de lo políticamente correcto: la cacería de brujas en las redes sociales”. Le preocupa la inteligencia artificial, la falta de una democracia realmente representativa, el cambio climático: “Tengo una nieta de dos años. Leí en el New York Times algunos datos sobre cómo van a ser las reservas de agua y la temperatura en el mundo cuando ella tenga 40. No puedo ser feliz si pienso en eso. Sinceramente, intento no pensar en ello”.

Unos 12 millones de personas en el mundo hablan griego; menos de las que viven en Ciudad de México y su área metropolitana. Escribiendo en un idioma tan minoritario, para Sotiropoulos abrirse paso en el mercado no ha sido fácil: “Hay muy buenos autores en Grecia, pero necesitamos más ayuda para traducir, es una lengua pequeña. No me gusta pensar en categorías, pero me siento una autora más griega que europea, aunque, por supuesto, en un sentido más general pertenezco a la literatura europea. Aunque las fronteras no son muy importantes. Lo más importante es el lenguaje y mi lengua es el griego. Cada vez que intento escribir en italiano o en francés está bien, no es malo, pero me suena falso, no hay emoción, me avergüenza”.

Tatiana Țîbuleac: “Soy una voz muy periférica: Moldavia está en medio de la nada”

Tatiana Țîbuleac en el pabellón de la Unión Europea.
Tatiana Țîbuleac en el pabellón de la Unión Europea.Roberto Antillón

Tatiana Țîbuleac tiene el pelo de ese tono rubio soviético y unos ojos azul glaciar. Nació en un país más joven que ella, Moldavia. Creció con dos idiomas, el rumano de sus padres y el ruso obligado que le enseñaban en un colegio de la misma Unión Soviética que encerró a sus abuelos en un gulag. Trabajó unos años como periodista y se mudó a París por amor, que debe de ser la principal causa de mudanzas a París. Quizá por esa historia de vida atravesada por distintas lenguas, geografías e imperios que se desmoronan, aprendió a odiar las fronteras: “Cuando hablamos de literatura, de música, de creatividad, no debemos pensar en términos fronterizos, eso solo hace más difícil que los libros viajen. Borraría todas las fronteras”. Eso sí: como Sotiropoulos, a la hora de escribir solo quiere hacerlo en rumano: “No siento que mi voz sea honesta cuando escribo en otras lenguas”.

Țîbuleac (45 años) bromea: “Soy una voz muy periférica: Moldavia está en medio de la nada”. A pesar de ello, su novela El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta, 2019) fue un éxito editorial en Europa y parte de Latinoamérica. La autora rechaza las etiquetas y las limitaciones de la cartografía. “No me considero una escritora europea porque no sé qué significa. No creo que debamos restringir a un escritor a su geografía. En ese caso, yo solo podría escribir sobre el colapso de la Unión Soviética o sobre vino, y no estoy demasiado interesada en esos temas. Cuando escribes una historia solo esperas que sea entendida o amada u odiada, cualquier sentimiento es bueno para un escritor, pero realmente no tengo una audiencia europea frente a mis ojos. Vengo aquí y veo que la gente básicamente también quiere saber sobre amor, muerte, perdón. Creo que cuando hablamos de literatura las cosas se vuelven más sencillas: no importa en qué lengua escribes, son los mismos temas, con distintas historias”.

Aun así, la escritora reconoce que para los jóvenes autores de su país comer de lo que escriben es toda una hazaña. Las dificultades de que una obra escrita en rumano sea traducida y dada a conocer fuera de la región son enormes. Țîbuleac no se lanzó a la ficción hasta un tiempo después de mudarse a Francia. En Moldavia trabajaba como reportera de asuntos sociales y “cuando llegaba a casa, no quería seguir escribiendo de otros temas”. Pero cuando se instaló en París comenzó a extrañar su idioma, su sonoridad, las conversaciones del día a día. Descubrió que escribiendo se acercaba a casa. “Y así es como empecé a escribir libros: por echar de menos mi lengua”.

András Forgách, el hijo de la espía

András Forgách, el 30 de noviembre.
András Forgách, el 30 de noviembre.Roberto Antillón

La madre de András Forgách murió 30 años antes de que su hijo descubriera que era una espía del régimen comunista húngaro de János Kádár. Cuando tenía 61 años, en las manos del escritor cayeron centenares de documentos sobre las actividades clandestinas de la mujer como informante, que el autor volcó en El expediente de mi madre (Anagrama, 2019), la novela que le valió el reconocimiento internacional y el odio de una parte de su familia. Su hermana pasó años repitiéndole que debía morirse por lo que había escrito hasta que, durante el coronavirus y asustada de que su hermano pudiera fallecer de verdad, se reconcilió con él.

Forgách (71 años) aparece la última mañana de noviembre, sobresaliendo por encima de la multitud, alto y corpulento, con los ojos de un azul pálido y el pelo largo y canoso. La noche anterior probó el mezcal por primera vez y no ha podido dormir mucho. No es muy amigo de la bebida ni de los grandes eventos literarios: “Las ferias no son un lugar para los escritores, son más para las personas que compran y venden libros, para las que quieren aprender sobre ellos. El escritor aquí es solo un extraño. Escribir solo trata de un pedazo de papel, un bolígrafo y una habitación en la que puedas estar solo, no de estar en medio del caos”, pontifica en un tono afable. En el fondo, lo que le pasa es que es “un tipo solitario” al que le encanta aislarse y dedicarse a sus libros, sus películas, sus obras de teatro: “Puedo estar en silencio durante semanas, es mejor para mi alma”.

Antes de El expediente de mi madre, Forgách publicó varias novelas que fueron bien recibidas a nivel nacional, pero no alcanzaron la notoriedad de su historia de espías, cloacas de Estado y secretos familiares. En su país era una figura respetada desde la década de los setenta como parte del movimiento contracultural; como dramaturgo y guionista de cine, donde también ha llegado incursionar como actor. Pero como en el resto de países europeos con idiomas minoritarios, conseguir un hueco en la escena literaria internacional escribiendo en húngaro es casi un milagro. “Ser escritor en Hungría es un privilegio. Antes de la novela fui publicado en alguna antología, pero nadie hablaba de traducir mis libros. Cambió todo para mí. Tienes que estar ahí, tienes que estar listo y cuando el destino llame a la puerta, abre. No tengas miedo”.

Olja Savičević: “Lo único que se conoce de Croacia es la guerra”

Olja Savičević, el 29 de noviembre en la Feria Internacional del Libro.
Olja Savičević, el 29 de noviembre en la Feria Internacional del Libro.Roberto Antillón

En su primera novela, Adiós, vaquero (Baile del sol, 2013), Olja Savičević (49 años) retrataba su pueblo natal, Split, un “lugar de mierda”, polvoriento y olvidado en la costa del Adriático croata. El libro es una suerte de western balcánico, una fotografía de la generación que se hizo mayor con la desintegración de Yugoslavia, la guerra y una posguerra marcada por el odio y la reconstrucción desde las cenizas de un país arrasado. “Una gloriosa nueva voz europea ha llegado”, escribió The Guardian en su reseña. Savičević, sin embargo, apenas es conocida por el gran público fuera de Croacia. Hasta este año, en el que ha conseguido una beca que le permitirá centrarse en escribir su próxima obra, sobrevivía en ese circuito tan habitual del precario mundo literario: escribiendo artículos, editando otros, colaborando en antologías. De todo un poco.

Savičević llega a la entrevista, el pelo corto, los labios rojos, un acento inglés vacilante, y dice que escribir desde Croacia es una batalla: “Es más fácil para los autores de Europa occidental, no solo para escritores, en muchas otras cosas también. Esa es la gran lección para la gente, los gobiernos, incluso los artistas de Europa del oeste: que no nos pongan en los márgenes todo el rato, siempre estamos en los márgenes de Europa. Es importante que consigamos más traducciones, es más duro para nosotros publicar libros fuera de nuestro país porque venimos de idiomas minoritarios”.

La autora reivindica el valor de las miradas desde la periferia: “Siempre he pensado que la gente en los márgenes puede darnos nuevas perspectivas de la humanidad; los escritores de mi país pueden abrir nuevas perspectivas sobre los temas europeos”. A Savičević no le gusta hablar de la guerra que vivió cuando era niña (1991-1995): es un tema todavía doloroso. Está cansada de la presión que hay sobre su generación de autores para escribir sobre las heridas de aquel conflicto y de que, internacionalmente, parece que lo único que tiene que aportar Croacia al mundo es el aprendizaje de los años entre bombas y tiros: “Lo único que conocen de nosotros es la guerra”. Y hace un llamado a abrazar la diversidad de voces en el continente y en el mundo, a usar la literatura como puente: “Si entre nosotros leemos nuestras historias, nos entenderemos mejor”.

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Alejandro Santos Cid
Reportero en El País México desde 2021. Es licenciado en Antropología Social y Cultural por la Universidad Autónoma de Madrid y máster por la Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS. Cubre la actualidad mexicana con especial interés por temas migratorios, derechos humanos, violencia política y cultura.
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