pedagogía
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Es hora de mediar en la escuela

Imparcialidad, neutralidad y un tiempo propio. Estos son los tres requisitos para gestionar adecuadamente un conflicto entre niños y adolescentes en las aulas y en la vida

Izabela Habur (Getty Images)

Vivimos rodeados de conflictos, los detectes o no, sean trascendentales o no. El conflicto es parte de la vida, y en cualquier centro educativo siempre habrá conflictos. En cualquier empresa, en cualquier club deportivo, en cualquier trabajo. En resumidas cuentas, en cualquier grupo humano siempre habrá conflictos. Y el colegio es el lugar donde te enfrentas a tus primeros conflictos, y por eso, es también el lugar donde tenemos que enseñar a afrontarlos.

Un conflicto, desde una perspectiva interpersonal, es una discrepancia, una pelea, una crisis, una discusión. En general, cualquier forma de relacionarse en la que no haya, o no se haya llegado aún, a un consenso. Y la mediación escolar es un proceso para la resolución de este problema crisis, pelea, discusión o disputa entre dos partes dentro de la escuela. Nada más sencillo que esto.

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Pero aunque la definición es sencilla, el proceso no lo es. De entrada, cuando hay un conflicto en un colegio la tendencia es a resolverlo cuanto antes. Y este cuanto antes significa que decide el adulto en una charla en la que la pretensión es resolver, no escuchar. Porque la necesidad es eliminar el conflicto, resolverlo, y no su gestión.

Un conflicto es algo complejo, co-construido e independiente de la edad de los protagonistas del mismo; de él surgen valores, intereses, necesidades, relaciones de poder y emociones no resueltas que son vividas y sentidas de formas muy distintas, y muchas veces descontroladas por la propia intensidad de la situación ¿Cómo se van a resolver y afrontar todos estos aspectos de un conflicto en tan sólo unos minutos de conversación? ¿Cómo se va a resolver cuando el adulto habla un 90% de tiempo y el alumno o alumna un 10%? Es imposible que con ese 10% de participación se tenga en cuenta su realidad y sea escuchado con atención. ¿Y por qué este reparto de tiempo y no al revés? Porque el adulto no quiere tanto escuchar el mensaje del alumno, como transmitir el suyo. Por eso, tener como objetivo la resolución del conflicto crea desequilibrio. Tener como objetivo la gestión, no. Y por eso, la mediación escolar es muchas más cosas que resolver un problema, y ya.

¿Qué es, por tanto, la mediación escolar? Un proceso guiado por un mediador en el que ese 10% de tiempo lo tiene el mediador y el 90% del tiempo restante el alumno o alumna. Además, es un espacio donde el mediador no decide y donde no se toman decisiones inmediatas. La inmediatez, la prisa, no caben en la mediación ni en la búsqueda satisfactoria de soluciones consensuadas. Insisto en este sentido: no puede tratarse de una mera conversación informal, que al final le quitará importancia a los sentimientos, emociones y necesidades de las partes en conflicto. Al considerarlas expresiones en un contexto “informal”, estamos definiendo esas emociones, valores y necesidades como volubles, alocadas, irreflexivas o imprudentes. Por lo tanto, tener una charla informal, o soltar un “speech” camuflándolo de mediación, que es algo que se lleva haciendo desde que la escuela es escuela, es algo que va siendo hora de cambiar.

Imparcialidad, neutralidad y un tiempo propio. Estos son los tres requisitos para gestionar adecuadamente un conflicto. El primero e incuestionable es que un mediador tiene que ser imparcial y esto significa que no está de parte en un conflicto. No está de parte de uno, ni de otro, ni de la propia institución. Mediar en un conflicto significa dar la palabra a quienes lo han tenido y respetar su decisión sin estar a favor o en contra, aun estando de acuerdo o en desacuerdo con lo planteado. Por supuesto, cualquier proceso de mediación está enmarcado en un contexto legal ya sea a nivel familiar, penal o de reglamento de régimen interno de un centro. Pero dentro de este marco normativo hay muchas soluciones que sin romper las normas pueden llevarse a cabo dejando a las partes en conflicto que hagan sus propuestas.

Si eres el profesor o la profesora no eres neutral, si eres el orientador o la orientadora no eres neutral, si eres el coordinador o la coordinadora tienes un vínculo definido con el alumnado y una responsabilidad. Cuando tienes autoridad, no puedes ser neutral pues tienes que tomar decisiones. En un conflicto entre alumnos donde más se aprende es en la cooperación, cuando ambas partes llegan a la solución, y no cuando se la ofrece o impone un tercero. Por esto, un mediador, además de no imponer una solución no debe tener responsabilidad institucional sobre el alumnado que participa de un conflicto si se pretende buscar un consenso. Imagínate que en un conflicto con tu pareja, alguien externo a los hechos os impone una solución partiendo de sus intereses y sin dejar que la solución la alcancéis vosotros. Pues en un colegio pasa igual, y tenemos que empezar a ver la importancia de este aspecto.

La tercera palabra es tiempo. La gestión de un conflicto requiere de un espacio y un tiempo propios para darle relevancia a lo que sucede, porque lo sucedido para quienes han tenido el problema es muy relevante. Y lo relevante es tratarlo como se merece. Una emoción, una creencia, un valor que surge de un conflicto no es más o menos importante porque lo viva alguien con 3 o 65 años. Tenemos que ofrecer este tiempo para trabajar lo que esa persona siente, piensa o propone. ¿Te imaginas que en plena crisis de ansiedad te dijeran: venga que no es para tanto, que se te pasa en un minuto? Pues esto es igual, para poder afrontarlo adecuadamente se necesita un tiempo no condicionado por el día a día del centro o del adulto en cuestión.

Ser neutral e imparcial y tener tiempo en una escuela, reconozcámoslo, es difícil. Pero se deben poner las bases a nivel institucional para que sea posible.

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