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COLUMNA

El espejo de López Obrador

No me preocupa el futuro de la economía mexicana sino el de la política. El presidente electo tendrá un enorme peso sin contrapesos

López Obrador este miércoles.
López Obrador este miércoles. CUARTOSCURO

Las elecciones las suelen ganar los sentimientos más que las ideas. Lo que sucedió en México el 1 de julio se explica porque la sociedad se siente mal; está enojada por la desigualdad, por la inseguridad y sobre todo por la corrupción, encarnada en el presidente Enrique Peña Nieto, cuyo porcentaje de reprobación ronda el 80%. Y fue Andrés Manuel López Obrador, quien capitalizó prácticamente toda esa indignación social.

Desde que ganó la jefatura de Gobierno del Distrito Federal en el 2000 hasta el inicio de su tercera candidatura presidencial, López Obrador fue el más consistente impugnador del establishment. En la elección de 2006, cuando el miedo era mayor a la ira, un turbio proceso electoral marcado por propaganda negra en su contra lo bajó al segundo lugar con menos de un punto porcentual de diferencia respecto del ganador oficial; en la de 2012, los negativos que se granjeó seis años atrás por sus protestas poselectorales crecieron tanto que no pudo contrarrestarlos y perdió por más de seis puntos.

Pero esta elección fue otra cosa. El talante antisistema de Andrés Manuel, que antes le restó bastantes votos, ahora le sumó más. Si bien él nunca adaptó su estrategia a la realidad, la realidad acabó adaptándose a su estrategia. Cambió, eso sí, sus dosis de idealismo y pragmatismo. En 2006, por ejemplo, se rehusó a pactar con la entonces líder del sindicato de maestros argumentando que sus corruptelas la hacían inaceptable, mientras que en 2018 reclutó a sus principales operadores. Además, en aras de ostensibles acuerdos para ganar su apoyo, fichó por sí mismos o por interpósitas personas a personajes priistas francamente impresentables. Dio la impresión de que ya no quería correr ningún riesgo, de que estaba dispuesto a aceptar alianzas non sanctas para asegurar su triunfo. Y el corolario de esa flexibilización pragmática fue su ofrecimiento de amnistía al mismísimo presidente Peña Nieto.

A juzgar por la votación, no era necesario entregar un borrón y cuenta nueva en términos de rendición de cuentas a cambio de la desactivación de las trapacerías del PRI-gobierno contra López Obrador. No hay fraude electoral capaz de revertir una ventaja de 10 puntos, ya no se diga de 30. Por lo demás, casi todos sus votos no provinieron de operaciones clientelares de sus nuevos aliados priistas sino de la fe de sus antiguos y fieles seguidores y de quienes le otorgaron el beneficio de la duda por su trayectoria de 18 años como opositor incorruptible. Y claro, la percepción inercial le permitió darse el lujo de perdonar anticipada y públicamente los más conspicuos actos de corrupción de este sexenio sin perder su imagen de sempiterno cuestionador del statu quo, especialmente cuando ninguno de sus rivales se apoderó del nicho que dejó vacante en la recta final.

Salvo por esa inopinada sobredosis de pragmatismo, Andrés Manuel López Obrador es un político bastante predecible. Es y creo que seguirá siendo honesto y austero, tenaz y autoritario, voluntarista y escéptico de las grandes reformas legislativas. A mi juicio, y contra lo que algunos piensan, será prudente en el manejo de las finanzas públicas y solo atemperará el neoliberalismo con un poco de heterodoxia, lo cual será muy saludable. A mí no me preocupa el futuro de la economía sino el de la política. El suyo será un enorme peso sin contrapesos: su popularidad, más su dominio en el Legislativo, más la subordinación presupuestal de los gobernadores ante la Secretaría de Hacienda, más su habilidad para absorber otros partidos, más la dependencia de los medios mexicanos de la publicidad gubernamental, más la rendición presidencialista que ha llegado hasta los empresarios, podrían ser un caldo de cultivo para la reedición del ogro filantrópico. Huelga explicar que puedo -y deseo- equivocarme.

Hace tiempo escribí que el poder, por su naturaleza, no es comedido: es expansivo, y tiende a ejercerse hasta el límite de lo contraproducente. La condición humana hace insuficiente la voluntad de autocontención que desde el anuncio de su victoria ha mostrado López Obrador. En este sentido, el espejo en que debería mirarse no está en otro espacio sino en otro tiempo; no es Venezuela sino México en el siglo XX. No es el chavismo bolivariano pero podría ser un ruizcortinismo (carismático) y su partido hegemónico, dueños de la sucesión presidencial. Evítelo, presidente electo. Evitémoslo.

Agustín Basave es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Oxford y diputado federal.