La haka de Theresa May

La campaña del Brexit fue un saco de mentiras, pero la negociación no le va a la zaga. La mayor de todas, que Reino Unido no fuera hasta ahora un país soberano e independiente. Y la segunda, que se pueda desconectar sin más de Europa y reconectar libremente con el mundo, y todo ello sin apenas costes, por supuesto, o incluso con ganancias inmediatas. Esta es una música conocida en España.
Bajo el liderazgo de los conservadores, aparecerá ahora un país nuevo, una Unión Británica Global, en sustitución de la vieja Unión Británica europea, que recuperará el prestigio y la proyección del imperio victoriano. Es evidente que mantendrá todo lo bueno que pudiera haber en Europa —el mercado único de capitales, bienes y servicios— y se desprenderá de todo lo malo, y entre lo más notable la llegada de inmigrantes europeos. De cara a los impacientes, ya ha empezado a adelantar los deberes, aunque nada tendrá vigencia hasta consumarse la separación: una ley derogatoria de la legislación europea, medidas de control y limitación de trabajadores extranjeros y el anuncio de activar el artículo 50 con el que se pide el divorcio lo más tarde en marzo.
La señora May era una moderada partidaria del Remain, pero ahora se ha convertido en una feroz impulsora del Brexit duro, hasta el punto de recuperar el lenguaje y los argumentos de los más extremistas brexiters. No es extraño que el partido de la independencia (UKIP) esté en crisis. Del Labour, en cambio, quiere a sus votantes trabajadores, a los que pretende seducir con políticas de estímulo de la demanda que hubieran recibido la aprobación de Keynes y con su proteccionismo de los puestos de trabajo británicos frente a los inmigrantes. Este es el nuevo centrismo conservador, que compite con el antieuropeísmo de Farage y con la antiglobalización de Corbyn.
La conferencia conservadora es el anuncio de que vamos a una pelea a cara de perro, con más amenazas y decisiones destinadas a dañar al vecino, propias de las épocas proteccionistas, que negociaciones sinceras y pactos leales entre Londres y Bruselas. Tal como lo ha planteado Theresa May, el Brexit es un juego de suma cero, en el que lo que gana uno lo pierde el otro, e incluso de suma negativa, en el que nadie gana y pierden todos.
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