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El dilema del emperador de Japón

La comparecencia de Akihito en televisión para explicar su deseo de abdicar por motivos de salud abre un debate nacional

El emperador Akihito saluda desde la ventanilla de un tren bala, el pasado 25 de julio en Tokio. 
El emperador Akihito saluda desde la ventanilla de un tren bala, el pasado 25 de julio en Tokio.  Reuters

El emperador Akihito, en general, ha sido un buen tipo. El primer emperador japonés que subió al trono como “símbolo del Estado” y no como sacerdote divino ha contribuido enormemente, junto con la emperatriz Michiko —la primera plebeya que se casó con un miembro de la familia imperial—, a humanizar una institución secretista, distante y anquilosada.

Fuera de Japón resulta difícil entender lo extraordinario que fue que los emperadores se arrodillaran al lado de las víctimas de catástrofes naturales como el terremoto de Kobe de 1995, que las trataran como personas. Su padre, el emperador Hirohito, intentó hacerlo al acabar la Segunda Guerra Mundial, a instancias de los ocupantes estadounidenses, pero su actitud era tan forzada, y sus encuentros con sus súbditos, tan incómodos, que el experimento quedó olvidado enseguida.

El emperador actual también ha ayudado a curar las heridas de la guerra con otros países asiáticos. En varias ocasiones ha pedido a sus súbditos que reflexionen sobre las agresiones cometidas por Japón y aprendan de ello. En una visita a China, en 1992, expresó su “profunda tristeza” por los sufrimientos que su país había causado a los chinos. Quizá no parezca gran cosa, pero es mucho más de lo que han hecho casi todos los primeros ministros japoneses.

Ahora, el emperador ha vuelto a hacer algo totalmente excepcional. No sólo ha insinuado que desea abdicar, sino que lo ha dicho por televisión, delante de todos sus súbditos. Fue una decisión deliberada, porque lo normal es que la mayoría de los japoneses se solidarice con un hombre de 82 años que, tras sufrir un tratamiento contra el cáncer y una operación de corazón, se siente demasiado débil para continuar mucho más en su puesto. Se dan cuenta de que es un problema humano. Algunos han llegado a apelar a los derechos individuales para que se le autorice a retirarse cuando lo desee.

La ola de nacionalismo podría verse frenada desde el propio trono. El heredero comparte el pacifismo de su padre

Este es un detalle importante, porque en las leyes japonesas no está prevista la abdicación. Y el emperador, que, al fin y al cabo, es un símbolo y no un actor político, no tiene la potestad de decidir cuándo marcharse. Los medios de comunicación más progresistas, como el diario Asahi, sostienen que esta es la perfecta oportunidad para entablar un debate nacional, no sólo sobre cuál debe ser el papel de una monarquía moderna, sino sobre otros aspectos del sistema imperial, como el derecho de las mujeres a ocupar el trono.

Pero esa postura choca con lo que quieren los conservadores como el primer ministro Abe y sus partidarios. La ola mundial de políticos que prometen “recuperar nuestro país” tiene una versión japonesa que pretende deshacer el orden constitucional establecido por Estados Unidos tras la guerra.

El primer ministro, con el respaldo de diversas organizaciones nacionalistas —muchas de ellas, vinculadas a sintoístas de extrema derecha—, quiere eliminar la prohibición constitucional de enviar tropas japonesas a combatir en el extranjero. Pero también quiere revivir la “educación moral”, impulsar el orgullo patriótico, quitar importancia a los crímenes de guerra japoneses y restablecer la veneración religiosa del emperador, así como sustituir las partes actuales de la Constitución que hacen referencia a los derechos universales por referencias a la cultura exclusiva de Japón.

Para desmontar el orden de la posguerra y restaurar la plena soberanía en estos términos, el Gobierno necesita contar con los votos de dos tercios de la Dieta —el Parlamento nacional—, que seguramente obtendría en estos momentos, y con los de la población en un referéndum, cosa que no está tan clara. De hecho, las consecuencias del referéndum del Brexit en Reino Unido han hecho que el Gobierno sea mucho más precavido a la hora de convocar una consulta polarizadora.

Sin embargo, la ola de neonacionalismo podría verse frenada también desde el propio trono. Se dice que el príncipe heredero, Naruhito, comparte el pacifismo de su padre y su convicción de que es necesario aprender las lecciones del oscuro pasado reciente del país. Y nada parece indicar que le interese ser objeto de veneración mística. Una de las peculiaridades del Japón contemporáneo es que la familia imperial parece más progresista que sus más conservadores devotos.

Los revisionistas, a los que no les gusta ver a un emperador de carne y hueso, y mucho menos a una mujer en el trono, están en un atolladero. Sus creencias, similares a las de los católicos más estrictos respecto al Papa, les hacen pensar que el emperador es infalible. En una rueda de prensa reciente en Tokio, preguntaron al presidente de Nippon Kaigi —una poderosa organización nacionalista que promueve una visión positiva de la última guerra de Japón— cómo encajaba esa idea con el punto de vista del monarca, bastante más crítico. “El emperador siempre tiene razón”, contestó.

De ahí que, tras el discurso de Akihito, el primer ministro Abe se haya visto obligado a tomarse en serio la posibilidad de su abdicación. No se puede decir no al emperador. Tal vez sea una forma poco recomendable de ver la monarquía, pero es posible que sirva, paradójicamente, para impedir que los ultraconservadores causen aún más daño.

Ian Buruma es historiador y escritor holandés, autor, entre otras obras, de La creación de Japón y El precio de la culpa.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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