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La UE intensifica la deportación de los sin papeles y blinda sus fronteras

Los ministros se comprometen a acelerar los procesos de deportación de inmigrantes

Jean-Claude Juncker visita un centro de registro de extranjeros
Jean-Claude Juncker visita un centro de registro de extranjeros, ayer en Passau (Alemania), el 8 de octubre de 2015. AP

Tras los discursos grandilocuentes, la cruda realidad: la solidaridad europea tiene sus límites cada vez mejor marcados. La UE ha acordado este jueves endurecer las deportaciones de los inmigrantes irregulares. Europa quiere blindar sus fronteras. La filosofía es “proteger a quienes necesitan esa protección y devolver a sus países a quienes no tienen ese derecho”, dijo con meridiana claridad el ministro luxemburgués Jean Asselborn, cuyo país ocupa la presidencia de turno de la UE.

Los grandes discursos son siempre para cancilleres y presidentes, pero el menudeo en esta Europa en perpetua crisis, esta vez de refugiados, es para los ministros del Interior. La UE ha marcado el terreno de lo que será su gestión de la crisis de asilo. Los ministros se comprometieron a acelerar los procesos de deportación de inmigrantes irregulares sin derecho a asilo, y a reforzar las fronteras exteriores, incluso con la creación de una fuerza común que va tomando forma. La Unión será solidaria. Dará cobijo a quienes vienen huyendo de Eritrea, de Siria, de Irak, de Libia. Pero el alma de esta Europa alemana solo aprueba la solidaridad si viene acompañada de responsabilidad.

Para los ministros de Interior, eso supone blindar las fronteras. Impedir que sigan entrando los inmigrantes llamados económicos. Y hacer más efectiva la llamada “política de retorno”, de inspiración española; incluso usar si es menester las detenciones, también de inspiración española, “como medida de último recurso”.

Incentivos y presión

La UE es ante todo una formidable comunidad de derecho, y está decidida a fijar con claridad los contornos de lo que se puede y lo que no se puede hacer. El documento de conclusiones de la reunión resume con uno de esos conceptos tan eufemísticos la nueva filosofía de Europa: los Veintiocho buscan “el equilibrio entre incentivos y presión”. Quieren cooperar con los países de origen y tránsito de los refugiados e inmigrantes —y eso supone vincular la ayuda al desarrollo y la política de visados a las repatriaciones— y asegurarse de que esos países aceptan las devoluciones. El objetivo declarado es “elevar las ratios de devolución para frenar la inmigración irregular”. La UE se reunió anoche con Turquía, Jordania, Líbano y los balcánicos para engrasar el nuevo marco regulatorio con los países desde los que llega el grueso de refugiados.

A la menor duda con lo que pueda suceder en Europa, ya sea con la crisis financiera o con la de refugiados, la mejor guía es escuchar a Berlín. “Las devoluciones son siempre duras”, dijo el ministro alemán, Thomas de Maizière, “pero solo podemos ofrecer apoyo a los refugiados que necesiten protección si quienes no la necesitan no vienen o son devueltos con rapidez”. “Una Europa sin fronteras exteriores seguras acabará siendo una Europa en la que vuelvan las fronteras interiores”, subrayó.

Alemania encabeza un nutrido grupo de países que no disponen aún de un sistema de retorno operativo. Hasta ocho socios —entre los que también figuran Grecia, Bulgaria y Chipre— están en esa situación. Aunque en este asunto las paradojas son legión: tras la llegada de centenares de miles de refugiados, el mecanismo aprobado para dar cobijo a 160.000 asilados se estrena hoy entre Italia y Suecia. Pese a la emergencia, se trata de 19 eritreos. “Fin de la crisis”, sentencia con socarronería un diplomático.

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