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Los indignados turcos no tienen candidato

Los protagonistas de las protestas contra el Gobierno no se identifican con ninguno de los aspirantes a las presidenciales

Sentada en la plaza de Taksim en Estambul el pasado 31 de mayo, al cumplirse un año del inicio de las protestas del parque Gezi.
Sentada en la plaza de Taksim en Estambul el pasado 31 de mayo, al cumplirse un año del inicio de las protestas del parque Gezi. REUTERS

Estos días, los árboles del pequeño parque de Gezi, en el centro de Estambul, ofrecen un respiro y permiten escapar del sol agobiante del verano. Un gran número de parejas, grupos de amigos y familias aprovechan y pasean o descansan sentados en los bancos o en el césped.

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La imagen era muy diferente hace poco más de un año. Durante buena parte del mes de junio de 2013, la zona fue tomada por miles de personas que, tras enfrentarse con la policía, levantaron barricadas y ocuparon el parque. Lleno de tiendas de campaña, de música, de libros y de charlas, Gezi se convirtió en un lugar festivo donde la gente expresaba su descontento con el Gobierno del primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, en sus siglas turcas, islamista moderado).

“Nos dimos cuenta de que podíamos organizarnos. Esos días nació una nueva cultura en Turquía, ahora la gente sale, viene a los parques, hablan unos con otros”, cuenta sentado en el césped Yaman, un artista de 33 años que participó entonces en las manifestaciones y que prefiere no dar su apellido por temor a represalias.

Los jóvenes activistas de Gezi son reflejo de la clase media urbana

Las manifestaciones multitudinarias contra Erdogan se extendieron a otras ciudades, en buena parte protagonizadas por jóvenes de clase media urbana. Un año después, con las protestas apaciguadas, no sólo el primer ministro ha sobrevivido en gran parte intacto —su partido ganó con una clara mayoría las municipales en marzo— sino que todas las encuestas indican que en las elecciones del próximo 10 de agosto se convertirá en el primer presidente elegido por votación directa en Turquía. Los otros dos candidatos son Ekmeleddin Ihsanoglu, conservador y de convicciones religiosas, apoyado por el principal partido en la oposición; y Selahattin Demirtas, del prokurdo y progresista Partido Democrático de los Pueblos.

“Fue una decepción, nos dimos cuenta de que el juego es muy grande y de que nosotros somos muy pequeños”, resume Yaman, actualmente desempleado y para quien ninguno de los candidatos presidenciales puede representar a los indignados de Gezi.

“[Las protestas] ya ni siquiera son un buen recuerdo”, se lamenta en una línea similar Engin Onder, de 23 años, un activista social que estuvo acampado en Gezi. “Algo había cambiado en las cabezas de la gente de mi generación: nos habíamos politizado, la gente se reunía para discutir de varios asuntos, pero los hechos del 17 y del 25 de diciembre nos desanimaron”.

El examen de Erdogan

J. M. C

Las protestas de Gezi en 2013 fueron calificadas como el mayor reto al que se había tenido que enfrentar el Gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, en turco) de Erdogan, una formación islamista y conservadora que desde que llegó al poder en 2002 ha aumentado progresivamente su cuota de poder en el Parlamento. En esta década larga, la economía turca ha crecido a un ritmo cercano al 5% anual y el AKP ha ampliado ciertas libertades. Pero los manifestantes acusaban a Erdogan de “autoritarismo” y denunciaban que estaba intentando imponer su particular agenda conservadora a todo el país.

El propio Erdogan mantuvo una retórica muy agresiva durante toda la crisis, y la ocupación de Gezi acabó brutalmente en la noche del 15 de junio, cuando la policía entró por sorpresa y se empleó con gran violencia para desalojar el parque. Las manifestaciones y protestas callejeras continuaron intermitentemente en Estambul y en otros puntos del país, pero una masiva presencial policial ha impedido que vuelva a producirse un fenómeno similar a los días de Gezi.

Esos dos días salió a la luz un enorme escándalo de presunta corrupción en el Gobierno en el que indicios de sobornos, pagos ilegales y tráfico de favores obligaron a cuatro ministros a dimitir y llegaron a salpicar al propio Erdogan y a uno de sus hijos.

El primer ministro culpó al movimiento del clérigo islamista turco Fetulá Gülen, residente en Estados Unidos desde 1999 y antiguo aliado de Erdogan, de estar detrás del escándalo gracias a su presencia en los cuerpos de seguridad. El Gobierno lanzó una campaña de purgas de policías, jueces y fiscales, y consiguió contener el escándalo, de modo que las acusaciones de corrupción tampoco parecen haber afectado a Erdogan en relación con las presidenciales. Onder cuenta que entonces constataron que los manifestantes de Gezi no eran un actor político al nivel del AKP y de Gülen.

“Ninguno [de los candidatos] puede representar a la gente de Gezi. Bueno, Demirtas sería el más cercano pero tiene este trasfondo nacionalista kurdo”, añade Onder, para quien el candidato ideal sería “no nacionalista, muy liberal, abierto a nuevas políticas y capaz de unir a la gente tan diferente [de Turquía]”.

“Las protestas de Gezi fueron una oportunidad para nosotros, pero creo que ningún político opuesto a Erdogan supo aprovechar los vientos de cambio del espíritu de Gezi”, comenta Goksel Kurtulus, un administrativo de 31 años que también se manifestó el año pasado y tampoco ve a Demirtas o Ihsanoglu capaces de representar su deseo de cambio frente a Erdogan. “Necesitamos un líder socialista y fuerte, cuya prioridad sea defender los derechos de los diferentes grupos de gente que viven en Turquía”.

Los entrevistados piensan que, si Erdogan consigue la presidencia, va a continuar tratando de imponer su visión particular de Turquía a toda la sociedad. “Así que veremos más protestas, pero esta vez no serán tan inocentes como en Gezi”, concluye Kurtulus.