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Muere en Estados Unidos el jefe de los servicios secretos de Mubarak

El ex hombre fuerte del depuesto régimen egipcio, Omar Suleimán, falleció el jueves en un hospital de Cleveland (Ohio) mientras se sometía a unas pruebas médicas.

Una imagen de abril pasado del exjefe de espionaje del régimen egipcio, Omar Suleimán.
Una imagen de abril pasado del exjefe de espionaje del régimen egipcio, Omar Suleimán. AFP

El ex hombre fuerte de Hosni Mubarak, Omar Suleimán, falleció el jueves en un hospital de Cleveland (Ohio) mientras se sometía a unas pruebas médicas. Se desconoce si padecía de alguna enfermedad grave, si bien había hecho varias apariciones públicas en las últimas semanas, y parecía en buen estado de salud. Nacido en Quena, en el Alto Egipto, ingresó en el ejército a los 19 años, y tras más de una década de servicio a las Fuerzas Armadas, inició su carrera en los servicios secretos. Murió a los 76 años.

Suleiman fue durante más de dos décadas uno de los hombres más influyentes del régimen, pues en 1991 accedió a la jefatura de los temidos servicios de inteligencia, uno de los órganos más represivos de la dictadura. Las organizaciones de derechos humanos le atribuyen la responsabilidad de supervisar las torturas de docenas de personas, y en al menos un caso, él habría sido directamente el agresor. Entre los mentideros de Washington, circula una anécdota sobre la brutalidad de Suleimán según la cual al haberle solicitado un agente de la CIA una muestra de ADN de un hermano de Al Zawahiri, el entonces lugarteniente de Bin Laden, el jefe del espionaje egipcio le ofreció enviarle su brazo entero.

Durante este periodo, se encargó de algunas de los asuntos más sensibles de la política doméstica e internacional del régimen. Por ejemplo, Suleimán era el punto de contacto del régimen tanto con Israel como con las milicias palestinas. Además, fue el encargado de negociar y supervisar la colaboración de Egipto en el programa de "rendiciones extraordinarias" de la CIA, por el que decenas de presuntos terroristas islamistas fueron enviados a cárceles secretas para ser interrogados brutalmente. Así pues, no es de extrañar que durante años, una entrevista con Suleimán figurara en las agendas de todos los mandatarios extranjeros de visita en El Cairo.

Tres días después del inicio de la Revolución egipcia, el 29 de enero de 2011, Mubarak le nombró vicepresidente del país, un cargo vacante durante las tres décadas que el rais llevaba gobernando Egipto. En teoría, Suleimán debía encargarse de pilotar la transición hacia la democracia, si bien muchos temían que se tratara de una estrategia para convertirlo en su delfín, visto que ya no podía traspasar la presidencia a su hijo Gamal. El movimiento no convenció a los activistas, que continuaron sus protestas hasta conseguir la renuncia de Mubarak, y la del propio Suleimán, que en un mensaje televisado el 11 de febrero informó cariacontecido a la nación de que el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas había asumido todos los poderes.

A partir de entonces, el odiado Suleimán se esfumó de la escena política, y ni tan siquiera concedió entrevistas a la prensa. Mientras otros altos cargos del régimen, especialmente del Ministerio del Interior, eran juzgados junto a Mubarak acusados de la represión de los manifestantes durante la Revolución, Suleimán parecía inmune a toda acusación gracias al poder que aún atesoran los servicios de inteligencia.

En primavera de este año, a medida que se acercaban las elecciones presidenciales, su figura reapareció con fuerza, primero como un simple rumor, luego como uno de los aspirantes favoritos a vencer en las elecciones presidenciales. De hecho, en algunas encuestas, llegó a desbancar al entonces gran favorito, Amr Musa. Y es que Suleimán era a la vez uno de los miembros del antiguo régimen más odiados por los jóvenes revolucionarios, pero también uno de los más respetados por todos aquellos que temían al ascenso del islamismo al poder.

Finalmente, en una decisión sorprendente, la Junta Electoral descalificó su candidatura al no cumplir el requisito de contar con 30.000 firmas de apoyo. En concreto, le faltaron 27 formas válidas en una provincia concreta del país. Su extraña salida de la cursa presidencial no implicó una nueva desaparición de la primera línea política, y poco antes de la segunda vuelta de las presidenciales, advirtió públicamente que una victoria de los Hermanos Musulmanes podría provocar un golpe de Estado del ejército. Sus intentos de influir en el electorado cayeron en saco roto, y Mohamed Morsi fue elegido nuevo presidente de la República. Suleimán ya se había convertido en un simple vestigio del pasado.