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PRIMAVERA ÁRABE

Desencanto árabe 2.0

Los blogueros de las revoluciones Facebook de Túnez y Egipto, magullados por la caída desde el ciberespacio hasta la realidad

El bloguero egipcio Alaa Fattah, tras ser liberado en El Cairo en 2011
El bloguero egipcio Alaa Fattah, tras ser liberado en El Cairo en 2011 AP

El ascensor no funciona y hay que subir a pie por una escalera que huele a orines de gato hasta la segunda planta de este edificio de la calle de Kasr el Nil donde tiene su sede la editorial Dar Merit. Allí se presenta el libro Ultras, de Mohamed Gamal Beshir, más conocido como Gemyhood. Los almuédanos ya llamaron a la oración de la tarde, el sol se puso sobre El Cairo y los atascos siguen siendo descomunales.

Gemyhood es eso que la periodista Lali Sandiumenge llama “un guerrillero del teclado” en el libro que acaba de publicar sobre el papel de Internet en la primavera árabe. O sea, un popular bloguero que fue detenido y torturado en tiempos de Mubarak y que participó activamente, desde el ciberespacio y sobre el asfalto de la plaza de Tahrir, en la revolución del 25 de enero que en 2011 derrocó al faraón.

Sentado en un heteróclito conjunto de divanes raídos, sillas metálicas y taburetes desvencijados, un público juvenil se apiña en la sala donde va a celebrarse la presentación. Los chicos llevan barbitas, cubren sus cabezas con gorras de béisbol o capuchas de sudaderas y no paran de teclear en sus teléfonos móviles. Las chicas, con el cabello descubierto o tapado por un hiyab, teclean con el mismo furor en sus aparatos. Nadie ha apagado aún un televisor donde dan, en inglés y con subtítulos en árabe, la película Los Picapiedra.

Gemyhood llega al fin y va saludando a la parroquia. Parece un cantaor flamenco: está en torno a los treinta años de edad, es alto y robusto, de rostro oliváceo, nariz faraónica, ojos almendrados, boca gruesa y cabello negro como el betún recogido en una coleta. Aunque confiesa que le gusta más el baloncesto que el fútbol, ha escrito este libro por las conexiones entre los ultras del balompié egipcio y la saura, la revolución que terminó con Mubarak. Bien organizados, curtidos en enfrentamientos con la policía y de indomable rebeldía, los ultras, especialmente los de El Ahly, el equipo de las clases populares cairotas, aportaron contingentes significativos a los manifestantes de Tahrir.

Todo es política en Egipto en este comienzo del segundo año sin Mubarak, pero con su aparato militar y administrativo intacto y en el poder. También el fútbol. Ahora mismo el país del Nilo debate apasionadamente sobre la reciente matanza de Port Said. ¿Quiénes montaron la espeluznante agresión a los ultras de El Ahly que allí seguían a su equipo y que se saldó con más de setenta muertos? ¿Fueron los militares o sus servicios secretos, como creen los revolucionarios demócratas? ¿O agentes subversivos al servicio de una muamara o conspiración de potencias extranjeras, como proclaman los militares?

Así que a Gemyhood lo que le interesa del hooliganismo egipcio es su dimensión política.

Hasta finales de la primera década de este siglo, los ultras del futbol eran el único sector organizado y combativo en la sociedad civil nilótica, excepción hecha de Al Ijuan, la cofradía de los Hermanos Musulmanes. Pero entonces ocurrió algo trascendental: los activistas demócratas encontraron un lugar donde agruparse: el ciberespacio. Su trabajo en Internet y sus redes sociales fueron la levadura que terminó congregando a cientos de miles de egipcios en Tahrir y, en 18 días, consiguió que los propios militares depusieran a su colega Mubarak.

En Túnez, el país pionero de la primavera árabe, había ocurrido más o menos lo mismo, porque el mundo comenzó a hablar de la “revolución de los blogueros”. Ellos serían lo que los ilustrados a la revolución francesa, los bolcheviques a la rusa o los disidentes a la caída del muro de Berlín.

Hoy, un año y pico después de las caídas del tunecino Ben Ali y el egipcio Mubarak, a las que les seguirían las del libio Gadafi y el yemení Saleh, y el alzamiento contra el clan sirio de los Asad, la blogosfera democrática árabe padece una fuerte resaca. Internet fue muy útil para superar el aislamiento, romper el muro del miedo y lanzar las revoluciones, pero ya se probó insuficiente para conseguir la caída de los dictadores —eso se hizo, y se hace, en la calle y al precio de mucha sangre derramada— y aún más para construir luego verdaderas democracias. La euforia de los primeros meses de 2011, cuando el mundo entero hablaba de las revoluciones Facebook, ha ido dando paso a un realismo desencantado aunque aún combativo.

Y es que el contrataque de las fuerzas reaccionarias árabes —militares autoritarios, políticos de colmillo retorcido, millonarios corruptos, islamistas moderados, salafistas delirantes, medios de comunicación conservadores…— está siendo feroz. Y mientras la influencia de los blogueros queda limitada a los jóvenes de las clases medias urbanas con acceso a Internet, los poderes de siempre tienen muchos instrumentos para llegar a las masas populares: las mezquitas, los aparatos del Estado, los diarios, radios y televisiones oficialistas. Su mensaje es primario: ya está bien de revoluciones que solo han traído inseguridad y huida del turismo; hay que volver al trabajo bajo el imperio de la ley y el orden, según los militares, o de la religión, según los islamistas.

Ahora los blogueros continúan entrando y saliendo de la cárcel mientras, en el mejor de los casos, alumbran sus primeros libros. Es lo que ha hecho Gemyhood con su obra sobre los ultras del fútbol y también su compatriota Wael Ghonim. En versiones árabe e inglesa, Ghonim acaba de publicar Revolución 2.0 en la editorial egipcia Shorouk.

Nacido en El Cairo en 1980, en una familia de clase media, Ghonim es un ingeniero informático que en 2008 comenzó a trabajar para Google y dos años después fue nombrado director de marketing de esa empresa para Oriente Próximo y el norte de África. Terminaría siendo el más conocido de los ciberactivistas egipcios.

“Ocurrió sin la menor planificación”, rememora. “En 2010, cuando El Baradei volvió a Egipto y anunció que quería intentar cambiar las cosas, pensé que debía ayudarle con aquello que yo sabía hacer”. Ghonim, que vivía en Dubái en razón de su trabajo, puso manos a la obra y creó la página en Facebook de El Baradei, exdirector de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, premio Nobel de la Paz y la gran esperanza de los opositores demócratas a Mubarak.

Poco después, en junio de ese año, un joven informático llamado Jaled Said fue detenido en un cibercafé de Alejandría y golpeado hasta su muerte por la policía. “Triste y enfadado”, Ghonim creó la página Todos somos Jaled Said, a la que se adhirieron 36.000 personas en su primer día.

A comienzos de 2011 llegó la caída de Ben Ali en Túnez, la primera vez que un tirano árabe era derribado por un movimiento popular, democrático y pacífico. A través de Todos somos Jaled Said, Ghonim se sumó a la convocatoria de otros grupos ciberespaciales egipcios como Kifaya y el 6 de Abril para celebrar “un día de la ira” contra Mubarak el 25 de enero en la plaza cairota de Tahrir. “Escribí que si salíamos 10.000 personas a la calle, ya nadie podría detenernos”.

El ingeniero informático viajó desde Dubái hasta El Cairo, dejando atrás a su preocupadísima esposa, una norteamericana, y sus dos hijos pequeños. No tardó en ser arrestado y pasó 11 días en una celda, “con los ojos vendados, las manos esposadas y, lo más duro, sin saber lo que pasaba fuera”. Y lo que pasaba era que la concentración en Tahrir y las manifestaciones en El Cairo, Alejandría y otras ciudades eran tan colosales como las polvaredas del desierto.

Cuando fue liberado, Ghonim dio una entrevista a una cadena de televisión privada que sería reproducida víricamente en YouTube e inyectaría más energía a las protestas. En directo, rompió a llorar y dijo: “Quiero decir a los padres que estos días han perdido a sus hijos que lo siento, pero no es nuestra culpa. Juro por Alá que no es nuestra culpa, es la culpa de aquel que se eterniza en el poder”. Luego envió por Twitter este mensaje: “La libertad es una bendición por la que merece la pena luchar”. Y se fue a Tahrir, donde la muchedumbre lo acogió como a un héroe.

Revolución 2.0 es un relato de aquellos días en los que Ghonim llegó a estar sentado ante la pantalla de su portátil hasta quince horas seguidas subiendo al ciberespacio informaciones, testimonios y convocatorias. Días febriles en los que escribió en Facebook: “Dije que Internet cambiaría la escena política en Egipto y algunos amigos se rieron de mí”.

Ghonim, al que Time consideró una de las 100 personas más influyentes de 2011, vive hoy entre Dubái y El Cairo, disfruta de un periodo sabático en Google, anima a una ONG para luchar contra la pobreza mediante la tecnología y está apartado de la vida política. Su supuesto gusto por el estrellato le vale fuertes críticas en la blogosfera egipcia y algunos de sus detractores incluso animan una página en Al Feis, que así llaman los árabes a Facebook, titulada Los que odian a Wael Ghonim.

Él aún ve el vaso medio lleno. “En Egipto han cambiado un montón de cosas en un año”, dice. “Un número muy importante de personas ha perdido el miedo a decir lo que piensa, y eso es difícilmente reversible. Decenas de miles de egipcios participan en partidos y movimientos políticos, y millones de ellos votaron libremente el pasado otoño. No es poco viniendo de donde venimos”.

En la primera década de este siglo, al calor de las liberaciones en la telefonía y las correspondientes bajadas de las tarifas, el uso de teléfonos móviles y ordenadores portátiles conectados a Internet se fue extendiendo por el norte de África y Oriente Próximo. Con esos instrumentos, muchos jóvenes comenzaron a hablar libremente. Luego, las redes sociales les permitieron comprobar que no estaban solos, y así empezaron a armarse de valor.

Sus líderes fueron los blogueros, y existen rasgos comunes entre los de la primavera árabe. Están entre los 20 y 35 años, proceden de las clases medias urbanas, tienen estudios universitarios, son políglotas, desean ver a sus países convertidos en democracias decentes y bastantes, como Ghonim, adoran la película V de Vendetta.

Uno de los pioneros fue el economista tunecino Zuhair Yahyayui, que, en los primeros años de este siglo, creó la página web opositora Tunezine, y al que muchos consideran el primer cibermártir: murió en 2005, a los 37 años de edad, de un ataque cardiaco. Antes había pasado un espantoso periodo en las celdas de Ben Ali.

Por aquel entonces los blogueros tunecinos habían inventado un personaje imaginario, Ammar 404, para burlarse de la férrea censura de Internet del régimen de Ben Ali, que hacía muy frecuente la aparición en las pantallas del mensaje “Error 404 not found”, el que informa de que no se puede acceder a una determinada página web.

También podría decirse que los blogueros desempeñaron —desempeñan— el papel de periodistas —ciudadanos periodistas, si se prefiere— en el mundo árabe. Reventaron un monopolio informativo de los regímenes tiránicos que ya habían empezado a quebrarse con la aparición de cadenas de televisión por satélite como Al Yazira.

El caso de la tunecina Lina Ben Mhenni es paradigmático. El 17 de diciembre de 2010 ocurrió en su país algo decisivo: un joven llamado Mohamed Buazizi se prendió fuego para protestar por la incautación policial del carro con el que vendía frutas y verduras. De inmediato, Ben Mhenni se convirtió en informadora incansable del acontecimiento y de lo que provocó: manifestaciones juveniles de protesta que, pese a la represión, fueron extendiéndose. Combatiendo sus problemas de salud, recorrió Túnez con un móvil y un portátil subiendo noticias, fotos y vídeos a su blog en Internet, A tunisian girl, y a su muro en Facebook. Al mismo tiempo informaba a través de Skype a cadenas de televisión internacionales como Al Yazira y France 24.

Ben Mhenni comparte una idea generalizada hoy entre sus colegas árabes. “Una revolución”, dice, “no se puede ganar tan solo delante de la pantalla de un ordenador. La tunecina no fue una revolución Facebook, empezó en tierra con la inmolación de Buazizi y siguió en tierra con la lucha de mucha gente y con cientos de muertos y heridos”.

“Internet”, añade, “solo fue un instrumento, desempeñó el papel de medio de comunicación de masas en un momento en que los medios tradicionales estaban controlados por Ben Ali”.

De 28 años, Ben Mhenni es hija de un opositor tunecino que pasó años en prisión, trabaja como profesora de inglés en la universidad y forma parte de la comunidad árabe de ciberactivistas democráticos que se forjó en los foros de blogueros de 2008 y 2009 en Beirut. A mediados del pasado año publicó su primer libro, titulado La revolución de la dignidad en su edición española.

El 14 de enero de 2011, Ben Ali huyó a Arabia Saudí, el baluarte crónico de la reacción árabe. Pero a su derrocamiento no tardó en seguirle el regreso de las divisiones entre las fuerzas opositoras tunecinas. Y no solo entre los blogueros demócratas y los islamistas —que no habían sido protagonistas de la Revolución del Jazmín, pero terminarían ganando las primeras elecciones legislativas libres—, sino también en el seno de los primeros. Llegó la cacofonía.

Probablemente, los blogueros tunecinos y egipcios triunfaron en las jornadas revolucionarias porque estas, como ellos mismos, fueron espontáneas, caóticas y batalladoras. Sin embargo, cuando llegó la hora de la política clásica, sus carencias de liderazgo, organización y capacidad de negociación se evidenciaron fatales. Individualistas, la mayoría de ellos se negó a formar parte de un partido, aún menos de un Gobierno.

Los pocos que lo hicieron, como el tunecino Slim Amanu, conocido por su alias de @Slim404, fueron severamente reprendidos por sus compañeros. Amanu formó parte durante unas semanas del Gobierno de transición tunecino como secretario de Estado de Juventud y Deportes; terminó dejándolo argumentando que la Red volvía a ser censurada. También Lina Ben Mhenni estuvo un tiempo, muy poco, en la instancia creada para promover reformas políticas.

Algo semejante ocurrió en Egipto, donde la transición a la democracia deja aún más que desear que en Túnez y donde también los islamistas ganaron los primeros comicios sin el sátrapa. Pero, aunque la saura, la revolución, haya sido secuestrada por los militares —que detentan el poder ejecutivo— y los Hermanos Musulmanes —mayoritarios en el legislativo—, la partida no está terminada. Mucha gente habla ahora libremente y el campo de los liberales —fórmula que, como en Estados Unidos, designa aquí a los demócratas progresistas— no ha arrojado la toalla.

Ahora bien, como en tiempos de Mubarak, ese hablar libremente te puede llevar a la cárcel. La pasada Navidad, tras pasar semanas entre rejas, Alaa Abdel Fatah conoció a su primer hijo, Jaled. El bebé, llamado así en memoria de Jaled Said, había nacido durante el tiempo en que el bloguero había estado privado de libertad. La escena de Alaa; su esposa, Manal, y su hermana Mona Seif abrazándose en torno al bebé es ahora una de las más poderosas en el imaginario democrático egipcio.

Alaa Abdel Fatah es un programador informático de 30 años, barba eternamente mal rasurada y, a diferencia del reservado Wael Ghonim, jovialidad desbordante. Es el creador de las series #TweetNadwa, un importante instrumento de comunicación de los jóvenes combatientes egipcios. Salvo en la sonrisa permanente, su hermana Mona Seif no se le parece físicamente en nada. Si a los dos hermanos se le añade Manal, la esposa de Alaa, tenemos la trinidad más popular entre los blogueros del valle del Nilo.

En su libro Guerrillers del teclat, recién publicado por La Magrana, Lali Sandiumenge relata el protagonismo que los ciberactivistas desempeñaron en la creación de una conciencia común árabe partidaria de la libertad y la dignidad (karama) desde la llegada masiva de Internet al norte de África y Oriente Próximo, hacia 2001, hasta la caída de Mubarak, una década después. Y cómo las herramientas digitales fueron evolucionando desde los foros y blogs iniciales hasta, a partir de 2007, las redes sociales Facebook y Twitter.

“La blogosfera política egipcia ha sido, y es, la más potente del mundo árabe, y siempre ha tenido un pie en la Red y otro en la calle”, dice Sandiumenge. Nació en 2004 con Kifaya (Basta ya), y allí ya estaban Alaa y Manal Abdel Fatah aportando el primer agregador de blogs egipcio, omraneya.net. Con la llegada de Facebook y Twitter, la ciberdisidencia emigró hacia esas plataformas.

La primera experiencia de uso de Al Feis fue la del Movimiento 6 de Abril que apoyó las huelgas de los obreros de las fábricas textiles de Mahala contra el deterioro de sus salarios y condiciones laborales. Twitter empezó a servir para coordinar las protestas y seguir la pista a los detenidos. Luego, Ghonim crearía en Facebook Todos somos Jaled Said, la primera página que conseguiría la adhesión de decenas de miles de internautas. Por último, todos confluirían en la convocatoria del Día de la Ira. Medio millón de personas cliquearon “Asistiré” en la página de Ghonim.

El 25 de enero de 2011, cuando Tahrir se pobló de manifestantes, allí estaba Mona Seif. Su hermano Alaa decidió volver a Egipto desde Sudáfrica, donde vivía refugiado, y llegó a tiempo de participar en la batalla del camello del 2 de febrero, aquella que les opuso a los esbirros enviados por Mubarak a lomos de dromedarios.

Pero la detención, el pasado 30 de octubre, de Alaa Abdel Fatah confirmó que los militares que depusieron a Mubarak y desde entonces detentan el poder no están muy convencidos de que los egipcios deban disfrutar de la democracia plena por la que lucharon en Tahrir.

El mudawen o bloguero fue enjaulado con pretextos peregrinos. Se habían producido unas protestas de los cristianos coptos de Egipto por el acoso al que les someten los salafistas y la escasa protección que les brinda la Junta Militar. Las protestas fueron brutalmente reprimidas, con muchos muertos, y Alaa encabezó un movimiento para que los familiares de las víctimas reclamaran autopsias, dado que se les daba oficialmente como fallecidos por “causas naturales”.

Encarcelado en un santiamén, Alaa fue acusado de haber agredido físicamente a los soldados que reprimían a los coptos, y ello con la intención de robarles las armas y en compañía de otro ciberactivista, Wael Abbas, que en esas fechas se encontraba en Túnez participando en la tercera edición del foro de blogueros árabes. Estuvo entre rejas del 30 de octubre al 25 de diciembre.

“Es frustrante”, dice, “revivir la misma experiencia que con Mubarak: en la misma prisión y con las mismas acusaciones absurdas”. Alaa ya había sido encerrado en tiempos del rais.

Como en el caso de la tunecina Ben Mhenni y otros blogueros árabes, el compromiso democrático de Alaa y su hermana Mona es una tradición familiar. Su padre, un abogado defensor de los derechos humanos, fue encarcelado y torturado bajo Mubarak; su madre, profesora de matemáticas, lleva lustros luchando por la libertad.

Trabajadora en un laboratorio cairota de investigación del cáncer, Mona Seif es hoy un miembro infatigable del grupo que lucha contra los juicios militares a los civiles. Desde febrero de 2011, más de 12.000 egipcios han sido juzgados sumarísimamente por tribunales de uniformados. Mona graba sus testimonios, los sube al blog Tahrir diaries y sigue siendo optimista. “Lo único que me sumiría en el pesimismo”, dice, “es ver que la gente vuelve a callarse cuando se atenta contra sus derechos, pero eso no ha ocurrido”.

Los jóvenes ciberdisidentes han hecho más que movilizar a una generación rebelde. También han cuestionado las barreras entre lo público y lo privado en el norte de África y Oriente Próximo, y, en el camino, han estimulado el despertar político y social de las mujeres. Decenas de miles de ellas desempeñan hoy un papel de vanguardia en la nueva ágora árabe.

Una de las más audaces es la bloguera egipcia Aliya el Mahdy, conocida por desafiar en el ciberespacio seculares prejuicios machistas. A mediados del pasado noviembre, alcanzó notoriedad internacional por publicar en su blog fotografías en las que aparecía desnuda. Denunciada por islamistas escandalizados, El Mahdy replicó lanzando una campaña para que los hombres solidarios con las mujeres se vistieran jocosamente con el hiyab o pañuelo islámico.

Han ido cayendo fichas del dominó autocrático árabe y ahora es el turno de Siria, donde el clan de los Asad practica la más salvaje de las represiones. Hace un par de semanas, sus esbirros apresaron en Damasco a la bloguera Razan Ghazzawi. De 31 años y doble nacionalidad, siria y estadounidense, Ghazzawi, que escribe en su blog sin seudónimo, estuvo en octubre entre el centenar de ciberdisidentes llegados de Siria, Líbano, Arabia Saudí, Egipto y otros países que, tras las ediciones de 2008 y 2009 en Beirut, se reunieron en Túnez en el Tercer Foro de Blogueros Árabes. Allí estaban también la tunecina Lina Ben Mhenni y su compatriota Astrubal, del colectivo Nawaat.

El ambiente del foro combinó el orgullo por lo conseguido con la melancolía por lo no conseguido. Entristecidos por la lentitud de los cambios, inexistentes en los Gobiernos surgidos de las caídas de Ben Ali, Mubarak, Gadafi y Saleh, perdiendo a diario seguidores, los blogueros árabes reflexionaron sobre sus próximos pasos.

Aunque la Junta Militar lo situara al lado de Alaa Abdel Fatah intentando robarles armas a los soldados, Wael Abbas también estaba en Túnez. Periodista profesional, Abbas comenzó a colocar informaciones en su blog personal hacia 2004. Con pruebas concluyentes, incluidos vídeos, denunció diversos casos de brutalidad policial. El régimen replicó acusándole de ser delincuente, homosexual y converso al cristianismo, y fue despedido de la agencia de noticias para la que trabajaba.

A falta de ver sus ideas convertidas en leyes y gobiernos, los blogueros de Túnez y Egipto pueden felicitarse por haber ampliado la libertad de expresión en sus países; aunque esta, como lo han demostrado la detención de Alaa Abdel Fatah y otros episodios, no sea una conquista irrevocable. También de haber transmitido su rebeldía y su entusiasmo por Internet a una nueva generación: los niños y adolescentes árabes.

El pasado 15 de febrero, la cadena privada por satélite On TV, la más liberal de Egipto, reunió en su programa Ajer Kalam (La última palabra) a un grupo de blogueros de edades comprendidas entre los 11 y los 16 años. Los chavales acordaron allí mismo crear una web colectiva que bautizaron como Revolución sin carné de identidad.

No, el capítulo final de esta historia no está escrito. Vestido con vaqueros, chaquetón y botas de cuero, Gemyhood sigue charlando sobre fútbol, política e Internet para el grupo de seguidores reunidos esta tarde cairota en la editorial Dar Merit. El bloguero ha rehusado sentarse en la clásica mesa de conferencias, repleta de papeles, ceniceros con colillas y tazas con los posos del café. Es uno más entre el público, salvo que es el que más habla —en árabe, acentuando sus palabras con enérgicos movimientos de las manos— y el que se reserva otro privilegio que va a ejercer ahora mismo.

Gemyhood saca un Marlboro y se pone a fumar. Uno, dos, tres, varios asistentes le siguen con manifiesto alivio, y la sala se va ahumando como uno de esos cafés cairotas de Naguib Mahfuz. Pero, atención, aquí hay algo diferente: la ruptura del ayuno de fumar ha dado también la señal para que la peña saque sus móviles y se ponga a teclear.