La nueva cara de Yenín

Un masivo despliegue policial ataja el delito pero despierta el rechazo por su persecución de palestinos en colaboración con Israel

Las principales ciudades palestinas de Cisjordania se debatían en la anarquía hace sólo unos meses. Individuos pertrechados con todo tipo de armas se chuleaban ante sus conciudadanos e imponían una ley del más fuerte que sólo servía a las mafias, ligadas o no a los clanes políticos. Nunca se sabe si en el futuro se volverá a las andadas. Pero en Hebrón, Nablus, Yenín o Tulkarem impera ahora un orden que alaban muchos ciudadanos. No todos, ni mucho menos. Porque si los robos de vehículos y el delito en general está de capa caída, el despliegue masivo de policías y militares en las calles despierta recelo entre infinidad de lugareños, que consideran a los agentes colaboradores de Israel.

El año pasado, la Autoridad Nacional Palestina y el Gobierno de Salam Fayad se propusieron atajar el desmadre. Comenzaron por las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, la milicia de Al Fatah, que accedió a su desarme a cambio de reducidas condenas, de algunos perdones de las autoridades israelíes, e incluso del ingreso en los nuevos cuerpos de seguridad. A día de hoy, han desaparecido. Por el contrario, reclamar a los milicianos de Hamás o Yihad Islámica que entreguen sus arsenales es un brindis al sol.

La céntrica calle El Barid de Yenín era uno de esos lugares prohibidos a la gente corriente a partir de la caída de la noche. El paraíso de los matones. "Desde las cinco de la tarde, las milicias tomaban la calle. Los coches robados circulaban sin problemas. Todo eso ha terminado", comenta el oficial Kasem. Sus colegas, a mediodía, vigilan en cada esquina. Las patrullas se mueven por toda la ciudad.

Wasim Jayousi es el jefe de la policía de Yenín. A su cargo, más de 700 uniformados de azul para una población de 50.000 habitantes. En su amplio despacho, ante un enorme grabado del difunto Yaser Arafat, Jayousi explica que su cometido fundamental es combatir la delincuencia. Sucede, sin embargo, que buena parte de los palestinos de Cisjordania no cuentan entre los delincuentes a los milicianos de Hamás o Yihad Islámica, que rechazan entregar las armas. "Somos responsables", precisa el mando policial, "de que se cumpla la ley palestina y de que nadie pueda abusar del poder porque el poder es nuestro. También podemos detener a milicianos, y ya hemos capturado a gente de Hamás y de otros movimientos. Si alguien alza un arma va a la cárcel".

Y así surge el descontento. Un desencanto y una impotencia que no esconde al agente Kasem. Porque ahora soldados israelíes y policías palestinos, aunque el recelo entre ambos no se ha desvanecido, están a partir un piñón. "Hace cinco días militares israelíes encubiertos detuvieron a un chico en el campo de refugiados. Vinieron en un coche de matrícula palestina. No pudimos hacer nada. Nuestra obligación sería impedir que se llevaran al chaval. Pero no pudimos hacer nada", repite. "Lógicamente, hay gente que nos considera colaboracionistas de Israel. Mucha gente", añade. Entre otros motivos porque es una policía a tiempo parcial. Rige para ellos una suerte de toque de queda: a partir de la medianoche, el centro de las ciudades es competencia de los militares israelíes, cuyas operaciones observan los agentes palestinos desde sus cuarteles.

Porque además, en la guerra que libran Hamás -dueño y señor de Gaza- y la Autoridad Palestina -que a toda costa intenta impedir que suceda en Cisjordania lo mismo que en la franja- vale todo. El Movimiento islamista y algunas ONG denuncian que son más de 400 los miembros de Hamás que habitan hoy las prisiones palestinas. Y gran parte de ellos nada que tienen que ver la milicia. Eran los dirigentes de asociaciones caritativas, directores de hospitales, profesores de escuela y universitarios, líderes estudiantiles y de la red social y política de Hamás. Nadie lo ignora. Anteanoche, nada más abandonar una prisión israelí, tras 30 meses entre rejas, uno de los líderes islamistas entró directamente en otro centro penitenciario palestino.

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En Hebrón y en Nablus, desde hace pocos meses, se han desplegado también las fuerzas de la Seguridad Nacional. Visten de verde militar. "Son un Ejército", admite Jayousi. Son más de medio millar de hombres en cada ciudad entrenados en Jordania bajo el mando de un general estadounidense. Nadie desconoce cuál es su misión: desmantelar la infraestructura de las milicias islamistas en Cisjordania. Los generales israelíes han mostrado su satisfacción por el desempeño de estos flamantes militares, pero a diferencia de la policía de azul, vista con buenos ojos por los palestinos de a pie, el nuevo cuerpo de seguridad despierta enorme rechazo en gran parte de los cisjordanos.

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