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Pensamiento
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Sarah Kofman o la influencia de una madre enigmática

La filosofía de la pensadora francesa se vio marcada por una madre voluble a la que nunca entendió. Admiradora de Nietzsche, que también creció sin comprender a su progenitora, construye sus textos con torbellinos de palabras

Sarah Kofman
Sarah Kofman en su casa de París en noviembre de 1985.Bruno de Monès (Roger-Viollet/CORDON PRESS)

La obra de Sarah Kofman, contemporánea de Jacques Derrida, filósofa francesa hija del Holocausto, cuyo padre fue asesinado en Auschwitz, ha suscitado en los últimos años el interés de investigadores y pensadores. En 2019 tuvo lugar en París un congreso internacional bajo el título Sarah Kofman: filosofar de otra manera, cuyas actas fueron publicadas en 2021 en francés (editorial Hermann). Este encuentro supuso un fértil intercambio entre académicos y personas del círculo más cercano a Kofman, como Avital Ronell o Jean-Luc Nancy. “En el campo de la investigación filosófica, la revista Pensamiento de la Universidad de Comillas está preparando un monográfico sobre esta autora bajo la dirección del filósofo Ricardo Espinoza Lolas.

Para entender a Sarah Kofman hay que conocer su biografía. Kofman lee mucho y a fondo, perdiéndose en los textos de sus autores de cabecera, básicamente Nietzsche y Freud. Su tarea es concéntrica y compleja, en círculos o en torbellino de palabras. ¿Por qué filosofa así esta autora? Y, sobre todo, ¿cómo se empieza a filosofar casi desguazando un texto, adentrándose en la materialidad que lo organiza, en definitiva, hincando bocado a la página? Habría que preguntar, en el caso de Sarah Kofman, cuál fue el impulso inicial que la movió a leer de una forma tan singular. Seguramente las figuras maternas tengan un papel relevante en este asunto.

Kofman publicó en 1994 su autobiografía, titulada Calle Ordener, calle Labat. Poco después se suicidó. El libro es la historia de la deportación del padre y sus consecuencias. Después de que los gendarmes detuvieran a Berek Kofman, la pequeña Sarah sufrió una profunda angustia de separación. Vomitaba si la separaban de su madre, hasta el punto de que no pudo esconderla con otra gente y se tuvo que quedar con ella. Ambas se trasladaron desde la calle Ordener, donde vivía la familia hasta la detención del padre, hasta la calle Labat, al domicilio en el que una señora francesa (mémé, como la llamaría más tarde Sarah Kofman) las acogió, poniendo en riesgo su propia vida. En el transcurso de los días en la clandestinidad del domicilio de la calle Labat, Sarah se encontró entre dos madres. La madre yiddish cocinaba comida kosher para Sarah, mientras que la madre francesa decía que esa dieta no era adecuada para la niña y le compraba filete de carne saignant. Dice la fallecida feminista belga Françoise Collin que la alimentación constituye el núcleo de su relato autobiográfico: “Todo se teje en términos de comer, de comer demasiado a comer demasiado poco, entre el hambre y el vómito, en lo que cuesta de digerir. Todo se teje entre dos regímenes alimenticios en los que se busca sin encontrar la dietética salvadora, la de comer bien”. Poco a poco, la niña se fue decantando hacia mémé, que la sacaba a pasear alardeando de lo guapa y rubia que era la niña, y llevándola a conciertos y a museos. El mundo de la cultura se abrió ante ella como un bombón que se deshace en la boca. Abandonando las restricciones dietéticas de la tradición materna, Sarah Kofman entró en la dimensión simbólica de la madre francesa. Entre dos madres se jugó la supervivencia de la niña.

La pérdida traumática del padre constituye el principio del relato. Su ausencia, la dificultad que envuelve a la pequeña. A medida que Sarah estudia, y más adelante cuando empieza a escribir filosofía, busca una vía de salida. El atajo sirve para entender cómo filosofa esta autora y cuál es su relación con la obra de Nietzsche.

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Nietzsche también pierde a su padre muy joven, como Kofman. En su maravillosa biografía sobre el filósofo, Daniel Halévy describe la indefensión del muchacho frente a esta temprana desaparición del padre, del que más tarde dirá, en Ecce homo (1889): “Yo soy mi padre muerto”. “Federico tenía entonces cuatro años. Las trágicas jornadas conmovieron su espíritu: el despertar, los lloros en la casa, el horror de la habitación cerrada, del silencio y del abandono; las campanas, los cánticos, los discursos fúnebres; el ataúd sepultado bajo las losas de la iglesia… Durante largo tiempo permaneció conmovido por haber comprendido demasiado pronto”.

Comprender demasiado pronto es también una manera de cruzar el umbral de la actividad filosófica. La muerte del padre supuso para Nietzsche quedar a merced de la madre y de la hermana, de las que más tarde dirá, en una carta a Franz Overbeck en 1883: “El trato que me dan mi madre y mi hermana, hasta este momento, me inspira un horror indecible: aquí trabaja una perfecta máquina infernal, que conoce con seguridad infalible el instante en que se me puede herir cruentamente en mis instantes supremos… pues entonces falta toda fuerza para defenderse contra gusanos venenosos… (…) Confieso que la objeción más honda contra el ‘eterno retorno’ que es mi pensamiento auténticamente abismal, son siempre mi madre y mi hermana”.

De la misma manera que, en el caso de Nietzsche, Ecce homo es una recapitulación de su obra, Calle Ordener, calle Labat representa para Sarah Kofman el momento de decir lo que veinte libros de filosofía no consiguieron expresar previamente. Ambos textos constituyen el instante del fin para los dos filósofos, cuyos biografemas (en términos de la filósofa francesa Danielle Cohen-Levinas) permiten entender cuál puede ser, a veces, el impulso traumático de la filosofía.

Estas dos historias ilustran una manera de llegar a la filosofía desde la pregunta qué soy yo para mi madre. Entonces se busca un atajo para salir del atolladero. Así lo plasmó Sarah Kofman en las primeras frases de Calle Ordener, calle Labat: “Mis numerosos libros han sido tal vez una serie de obligados atajos para escribir esto”.

Algunas veces la filosofía constituye una auténtica rareza. Aunque se pretenda filosofar con el yo cognitivo, la brújula del inconsciente señala el norte, hasta encontrar una vía posible para salir del paso. No siempre funciona bien: Sarah Kofman se suicidó un 15 de octubre, el día de nacimiento de Nietzsche.

Aristóteles afirmó que la capacidad de asombro motiva a las personas a filosofar. Tal vez el caso de Kofman, resonando en los textos de Nietzsche, señale otras posibilidades.

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