Pandemia

¿Salir de casa, para qué?

El coronavirus ha acelerado la tendencia a hacer la vida en el hogar. Está por ver cómo afectará al espacio público y a nuestra psique

Un hombre mira por la ventana de su piso en París durante el confinamiento
ordenado por el Gobierno francés, el 18 de marzo de 2021.
Un hombre mira por la ventana de su piso en París durante el confinamiento ordenado por el Gobierno francés, el 18 de marzo de 2021.Omar Havana / Getty Images

Cosas que se pueden hacer sin salir de casa: teletrabajar, ver a los amigos por videoconferencia, asistir a estrenos en las plataformas audiovisuales, hacer gestiones bancarias o administrativas, buscar pareja, jugar a la videoconsola, al ajedrez a distancia, ir de compras virtuales, ser atendido por un médico, etcétera. Casi todas estas actividades antes implicaban salir a la calle, trasladarse a otro espacio, relacionarse con otros seres de carne y hueso. Pero ya antes de la pandemia existía la tendencia a una vida más centrada en el hogar, gracias a la tecnología, y animada, en ocasiones, por la pérdida de poder adquisitivo (en casa suele ser más barato y rápido). Ahora esa tendencia ha sido acelerada radical y obligatoriamente por el coronavirus. Está por ver cómo afectará el vivir más enclaustrados y atomizados al espacio público, a la ligazón social y a nuestra propia psique.

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Como prueba de que el fenómeno no es nuevo, se da el hecho de que ya en 1981, con el comienzo de la comida a domicilio y la televisión por cable, la futurista y buscadora de tendencias Faith Popcorn acuñó el término cocooning (de cocoon, capullo en inglés) para el proceso mediante el cual una persona se va retirando progresivamente y socializando cada vez menos. En 1995 el filósofo Javier Echeverría ya describía en su obra Cosmopolitas domésticos (Anagrama) cómo en la “telecasa” propiciada por la tecnología se difuminaban las fronteras entre lo público y lo privado y podrían surgir nuevos muros entre las personas.

“La gente necesita saber a qué pertenece: su comunidad, su barrio, su lugar de trabajo”, explica el psicólogo Jesús Saiz, coordinador del máster de Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid, “si el sentido de pertenencia se difumina, puede ser peligroso”. Esa especie de desarraigo puede estropear nuestro bienestar psicológico, abocarnos a la depresión. Necesitamos a los demás y también necesitamos saber que los demás nos necesitan: conocer nuestro lugar en el mundo también da sentido a nuestra vida. Es cierto que internet puede suponer un nuevo espacio virtual donde desplegar las relaciones sociales, pero ni es lo mismo ni nuestra mente lo entiende igual.

En Japón es conocido el fenómeno de los hikikomori, esos jóvenes que prefieren permanecer larguísimas temporadas sin salir de su cuarto, fuertemente aislados de las demandas del mundo exterior a base de tele, internet y videojuegos (en 2015 había 541.000 según una encuesta gubernamental, un 1,6% de la población). En los últimos años también se ha popularizado, sobre todo a raíz de la crisis de 2008, el término nesting (de nest, nido en inglés) para referirse a la decisión de pasar el tiempo libre en casa y así evitar estrecheces económicas. “Lo virtual es una fórmula low cost”, dice el psicólogo José Ramón Ubieto, autor de El mundo pos-covid (Ned Ediciones), “la presencia quedará en el futuro como un valor a pagar y no asequible para todo el mundo”. Por ejemplo, no todos podrán ir al médico en persona, ni tendrán cuidadores tangibles, sino que serán tratados y monitorizados por lejanos teleoperadores sanitarios. Sale mucho más económico pasar el sábado noche viendo series en casa delante de una pizza que trasladarse a una sala de cine, restaurante y bar de copas.

Prácticas de aislamiento hogareño como las descritas han sido en ocasiones catalogadas como beneficiosas para la mente (por reducción del estrés y la ansiedad, por el aprendizaje de estar bien con uno mismo) o por moderar el consumo (aunque se puede consumir igualmente a domicilio). También han sido denunciadas como una forma cool de blanquear la precariedad, que impide a muchos hacer una vida más centrada en el exterior: la pobreza convertida en tendencia con nombre en inglés. Y pueden tener un coste urbano y social.

Ciudades menos vivas

El paulatino enclaustramiento puede llevarnos a ciudades menos vivas y variadas: muchos comercios y establecimientos, cines o librerías pueden desaparecer de las calles comidos por internet. La ciudad colmena: un mero conjunto de viviendas yuxtapuestas. “Tenemos también una oportunidad para promover formas de ocio y disfrute que no tengan que ver con el hogar”, explica la arquitecta Izaskun Chinchilla, autora de La ciudad de los cuidados (Catarata). Opina que, más allá de la hostelería o el comercio local, el espacio urbano puede servir como generador de experiencias colectivas: la calle o los parques también pueden ser lugares para realizar talleres, reuniones o sesiones de deporte en grupo. “Hay una correspondencia entre el asociacionismo cívico y el buen funcionamiento o el grado de corrupción de instituciones básicas como los ayuntamientos”, apunta la autora.

Hemos aprendido a fuego que el hogar es un lugar seguro. “Hace tiempo que se da un discurso anticalle y antiurbano”, señala el antropólogo de la Universidad de Barcelona Manuel Delgado, “el espacio exterior se ve como peligroso, maldito, infectado, y el hogar como fue en su origen: un refugio”. En 2020 no solo hubo quien se quedaba en casa por temor a la enfermedad, sino que se produjo una ola de miedo a la okupación de viviendas. Sin embargo, según considera el experto, el espacio urbano debe ser un lugar de encuentro, donde opera el azar o donde nos aferramos a rutinas sociales como pasar por el bar antes de subir a casa o llevar a los hijos al parque. “Creo que eso será difícil de cambiar”, dice Delgado, “la pandemia no ha evitado que haya manifestaciones, disturbios y hasta un asalto al Capitolio”. En la calle se traban amistades y se participa en movilizaciones sociales. Si el hogar es el reino del individuo, el espacio público es el reino de la sociedad, aunque la sociedad no parezca muy hábil en el uso de este espacio.

La falta de contacto con otros grupos sociales nos lleva a la falta de empatía, y hasta desactiva las áreas cerebrales encargadas de la comprensión o identificación, según varias investigaciones sobre neurociencia de Lasana Harris, de la Universidad de Duke, y Susan Fiske, de Princeton. El roce con el diferente en el espacio público colabora en contra de la deshumanización y el prejuicio. En cambio, el enclaustramiento y las relaciones a distancia (con la falta de corporeidad y el posible anonimato) puede conducir a la polarización y al desgarro social (basta echar un vistazo a Twitter para comprobarlo, donde el odio compartido parece ser el vehículo de la cohesión entre individuos). En la antigua Grecia el ágora, la plaza donde se encontraban los ciudadanos, fue el germen de la democracia. Y la calidad de una democracia sigue teniendo mucho que ver con la calidad de su espacio público.

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