La sombra aplastante del general De Gaulle

El hombre que encabezó la lucha contra la ocupación nazi y fundó la V República sigue modelando la vida política en Francia 50 años después de su muerte. Pero su herencia puede ser un lastre

El general De Gaulle, presidente del Comité Francés de Liberación Nacional, da un discurso desde Chartres el 23 de agosto de 1944.
El general De Gaulle, presidente del Comité Francés de Liberación Nacional, da un discurso desde Chartres el 23 de agosto de 1944.Photo 12 (Universal Images Group via Getty)

Hay pocos países tan identificados con un líder como Francia con el general Charles de Gaulle. De Gaulle podría compararse con George Washington o Abraham Lincoln en Estados Unidos, aunque estas son figuras remotas. Y De Gaulle no es solo un mito para los franceses, un objeto de culto. También es alguien que sigue modelando la vida política y la identidad nacional medio siglo después de su muerte, el 9 de noviembre de 1970 en Colombey-les-Deux-Églises, un pueblo de 700 habitantes a 250 kilómetros de París. ¿Churchill? La comparación con el gigante inglés tampoco sería exacta, pues, aunque, como él, encarnó el espíritu de lucha ante el nazismo, sigue siendo un personaje controvertido en algunos aspectos, su papel en la política colonial, por ejemplo. Al contrario que el francés, no refundó un país ni ofreció una visión compartida hoy por todo el espectro ideológico, de la extrema izquierda a la extrema derecha. Quizá habría que buscar, para encontrar analogías, en otros continentes y en realidades incomparables con la Francia del siglo XX y XXI. ¿Mao? ¿Perón?

En Francia todos son gaullistas. Una “unanimidad extraordinaria”, como escribe Julian Jackson, autor de la biografía A Certain Idea of France. The Life of Charles de Gaulle, aunque en vida fuera odiado como pocos, víctima de múltiples atentados y calificado de dictador por la izquierda y de traidor a la patria por la derecha. Los mismos que le atacaban participan —medio siglo después de su desaparición y al conmemorarse, el 22 de noviembre, los 130 años de su nacimiento en Lille—, del culto a su persona. Jean-Luc Mélenchon, jefe de la izquierda populista, le elogia. En la extrema derecha, Marine Le Pen se declara más gaullista que nadie, aunque su partido sea el heredero del Frente Nacional, fundado por los enemigos más viscerales del general: los nostálgicos de la Francia del mariscal Pétain, que colaboró con el ocupante durante la Segunda Guerra Mundial, y por veteranos de la OAS, el grupo terrorista que intentó asesinarlo por negociar la independencia de la antigua colonia.

A Jean-Luc Barré, autor de Devenir De Gaulle y coeditor de sus Memorias en la colección de clásicos La Pléiade, le irrita esta apropiación de De Gaulle por quienes, en su opinión, no son dignos de él. “Hay una exigencia en el mensaje gaulliano, unos principios fundamentales que deben respetarse: la idea de independencia nacional y soberanía, de justicia social, de integridad, una cierta idea de Francia… No se puede ser gaullista y a la vez de extrema derecha, ni se puede ser gaullista y partidario de una dependencia francesa respecto a Europa u otra potencia. No es fácil ser gaullista de verdad”, dice Barré. “Lo comparo al teatro: si uno quiere representar el papel del Cid de Corneille, tiene que ser un gran actor. No todo el mundo puede ser el Cid. Y hoy, en Francia, todo el mundo piensa que puede ser presidente de la República, todo el mundo piensa que puede ser el sucesor del general De Gaulle. ¡Pues no!”.

De Gaulle lee en su casa en Berkhamsted, Inglaterra, el 7 de octubre de 1941.
De Gaulle lee en su casa en Berkhamsted, Inglaterra, el 7 de octubre de 1941.Fred Ramage/Keystone/Getty Images
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El mito de De Gaulle se sostiene en tres fechas. La primera es el 18 de junio de 1940, otra efeméride redonda. Las tropas nazis acaban de entrar en París. Pétain, héroe de la Gran Guerra, se dispone a firmar el armisticio. Un militar de 49 años, desconocido para el gran público, se marcha a Londres y, desde las ondas de la BBC, llama a los franceses a unirse a él y a resistir. Cuatro años más tarde, entrará en París para proclamar su liberación. Segunda fecha: 1958. Después de más de una década de retiro regresa para fundar la V República, de la que sería el primer presidente hasta dimitir en 1969. Un régimen que concentra poder en el jefe del Estado y diluye la influencia de los partidos políticos. Una monarquía republicana a su imagen y semejanza. ¿Un “golpe de Estado permanente”, como lo llamará François Mitterrand antes de convertirse, una vez en el poder, en la mejor encarnación del régimen? ¿O un invento genial que ha dado seis décadas de estabilidad a Francia? La tercera fecha es la independencia de Argelia, en 1962: De Gaulle fue el presidente descolonizador.

Todos los presidentes de la República han acabado siendo gaullistas, o han querido serlo, con la excepción, tal vez, de François Hollande, que nunca se sintió cómodo con los ropajes monárquicos. Cuando irrumpió en la arena política, Emmanuel Macron pudo parecer otra cosa. Era joven y liberal. En sus mítines se veían tantas o más banderas europeas que francesas. Su genealogía ideológica era la de Michel Rocard o la de Pierre Mendès-France, líderes que desde la izquierda democrática se opusieron al autoritarismo del general. Las dudas pronto se disiparon. En el retrato oficial que cuelga en todos los ayuntamientos del hexágono, Macron aparece con las Memorias del general. Su teoría según la cual Francia siente nostalgia del rey desde que decapitó a Luis XVI en 1793 y que, por este motivo, necesita hombres fuertes en su lugar (Napoleón, De Gaulle…) es puro gaullismo. Como su política exterior, que De Gaulle usó como palanca para proyectar al país unos peldaños por encima de su peso real: la ambición del actual presidente es que Francia sea una “potencia de equilibrio”, entre EE UU y Rusia en la época de De Gaulle y ahora entre EE UU y China.

De Gaulle lo impregna todo, pero su herencia también puede ser un lastre. El paquidermo administrativo. Las instituciones rígidas que dificultan las reformas. Un poder vertical en el que el jefe lo decide casi todo y en el que los contrapesos son débiles. Un sistema de ordeno y mando, hipercentralizado que, en el examen de la pandemia, ha salido peor parado que la Alemania del consenso y la descentralización. “¿Es bueno que un sistema político repose por entero […] en las capacidades milagrosas de un solo hombre en el que se focalizan las esperanzas de todo un pueblo? La respuesta es evidentemente positiva si el hombre en cuestión es el general De Gaulle. Pero el veredicto es mucho menos claro cuando se trata de la clase política contemporánea”, ha escrito el historiador Sudhir Hazareesingh, autor de In the Shadow of the General: Modern France and the Myth of De Gaulle (A la sombra del general: la Francia moderna y el mito de De Gaulle). “Hay un malentendido. Se homenajea a un gigante que es aplastante, como todos los gigantes, pero son ellos quienes dejan rastro en la historia”, opina Barré. “Si queremos volver a la pequeña historia, dejemos de reclamarnos del general De Gaulle y demolamos su herencia. Pero no creo que sea esto lo que se deba hacer. Hay que estar a su altura”.

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Sobre la firma

Marc Bassets

Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

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