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El virus que destruye la ilusión de ser (todavía) joven a los sesenta

La pandemia cae como un jarro de agua fría entre quienes ahora tienen que asumir que son población de riesgo

Una pareja de turistas de la tercera edad en el lago de Garda, Italia, en junio de 2018.
Una pareja de turistas de la tercera edad en el lago de Garda, Italia, en junio de 2018.EyesWideOpen/Getty Images

Haga la prueba. Escriba en Google “mayores de 60”. Seguro que le aparecen en pantalla multitud de ofertas como estas: “Diez viajes para mayores de 60 años que jamás olvidarás”; “Grandes destinos para viajeros mayores”. Y, por supuesto, también webs de contactos. El mundo nunca había sido más propicio para los que llegan a esa edad. Prejubilados o jubilados con tiempo, una pensión segura, ganas de disfrutar y un montón de años por delante, a tenor del aumento constante de la esperanza de vida. Hombres y, sobre todo, mujeres, en excelente forma física que llenan los teatros, los gimnasios, que acuden a conferencias, paseos literarios, que practican senderismo, que aprenden idiomas o escritura japonesa, y viajan. Sobre todo, viajan. A cualquier rincón del mundo. A tenor de la oferta de Club de Vacaciones, un turoperador dedicado expresamente a los mayores de 60 años, no hay destinos vedados. Ahí está el norte de Noruega, Japón, o Argentina, junto a experiencias más cercana en Asturias, las Rías Bajas o Bilbao. Por no hablar de los cruceros, que atraen a ese colectivo sin edad que exhibe en la vida un entusiasmo casi juvenil.

La crisis del coronavirus ha irrumpido de golpe en ese panorama feliz y de la noche a la mañana todo eso se ha derrumbado. Ahora, ese amplísimo grupo de los que tienen más de 60 años es población de riesgo. Un riesgo mortal si se tienen en cuenta los datos de Sanidad que hablan de que el 95% de las vidas que arrebata la Covid-19 son de mayores de 60 años. Un verdadero jarro de agua fría para un segmento de la población que hasta ahora parecía vivir una edad dorada.

Personas que se mantienen activas y con una intensa vida social, como Juana Canto Guzmán, de 67 años. Antigua profesora, Canto preside la Asociación Gaditana de Jubilados Docentes con 600 miembros de edades similares a la suya, que organiza talleres de gastronomía, de lectura, de baile, de senderismo y de patrimonio, además de infinidad de viajes. La crisis del coronavirus pilló precisamente a Canto en Egipto con otros 80 asociados. El regreso, el día que en España se inauguraba el estado de alarma, no lo olvidará fácilmente. “Volvimos de El Cairo todos con mascarilla y guantes”. Y eso que ellos son conscientes de que viajar a esas edades exige contar con un seguro para prever cualquier problema sanitario. Pero esta pandemia ha sido un verdadero mazazo que ha abierto un paréntesis en sus vidas. Aunque no le importa estar confinada, Juana Canto admite un cierto desánimo que comparten muchos de sus contactos ante un virus que le hace temer por “el futuro de la Humanidad”.

Canto pertenece a una franja de edad que es la que más aumenta en el mundo. Si en 2015 había 900 millones de personas mayores de 60 años, en 2050, calcula la Organización Mundial de la Salud, habrá 2000 millones. Aunque a efectos estadísticos el dato tenga un sentido, lo cierto es que engloba realidades distintas. Dentro de ese amplio grupo caben padres e hijos, como bien subraya Isabel Aranda, del Colegio de Psicólogos Madrid. Gente que acaba de prejubilarse o que, incluso, sigue todavía activa y se siente “en plenitud de capacidades”. Por eso, para Aranda está claro que los más afectados psicológicamente por la pandemia serían precisamente los más jóvenes de los mayores. Los que se encuentran entre los 60 y los 75 años y que suman al temor de que puedan infectarse sus padres o familiares ancianos, el choque brutal de saberse ellos mismos población de riesgo, cuando, como ella dice, “no se percibían a sí mismos como mayores”.

Un impacto doble que puede desestabilizar a una persona. Lo saben los psicólogos que han visto aumentar las consultas por esta causa. Y lo subraya Aranda. “Sentirnos vulnerables y frágiles de forma tan abrupta afecta a nuestro equilibrio psicológico, se nos quiebra el mapa que tenemos de nuestra vida. Hay un conflicto entre cómo te estabas viendo y lo que la realidad del virus te ha traído”.

Progreso generacional

Ese no verse mayores, y mucho menos, viejos, no era un espejismo. Una mera ilusión fabricada por los mercados para estimular el consumo de ese sector de la población. Los setenta años de hoy nada tienen que ver con los setenta años de la generación anterior. Alimentación y costumbres saludables, ejercicio y una excelente sanidad pública han permitido que la experiencia de envejecer sea más lenta y más suave.

Pero, a la vista de los estragos que está causando el coronavirus entre los mayores cabe preguntarse si la hiperactividad de esa edad dorada, no nos ha llevado a barrer bajo la alfombra la realidad de la vejez y la muerte. “En absoluto”, cree el doctor Manuel Castillo, catedrático de Fisiología Médica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada, que preside el comité científico de la Sociedad Española de Medicina Anti-envejecimiento y Longevidad (Semal). Envejecer, asegura, es un proceso estable que experimentamos los humanos de manera más o menos estándar. Pero la buena alimentación, las buenas costumbres, el hecho de que nos cuidemos, tiene un impacto en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu. Y ese sentirse más jóvenes y dinámicos puede representar que en el transcurso de 10 años, nuestro organismo haya envejecido solo siete. “Ese enlentecimiento del declive lo hemos aprovechado. ¿Eso estaba mal? No”. Sobre todo, porque preservar un espíritu joven y mantener un razonable grado de optimismo, es esencial, coincide Isabel Aranda. “Vivir pensando en que a uno le queda poca vida o que se va a morir pronto, puede, precisamente, deteriorar su bienestar, limitando su mundo y sus posibilidades, en definitiva perdiendo calidad de vida”.

Como en casi todo, aconseja, habría que buscar el término medio. No empeñarse en la persecución imposible de una eterna juventud, ni acomodarse en el declive por mucho que sea insoslayable. Hacer lo necesario por estar en forma sin olvidar que nuestra vida es pura contingencia. Porque, como señalaba el escritor Jordi Soler en un artículo publicado hace unos meses en este diario: “Argumentar en contra de la vida saludable sería una insensatez, como es también insensato confiar la longitud de nuestra vida a un régimen y a unos hábitos, sin tomar en cuenta a Tique [diosa griega del azar], esa niña irresponsable que, como bien sabían los antiguos griegos, tiene la última palabra”.

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