Cantantes

Karina, de las flechas del amor a la ruina

La cantante, símbolo de la España de los sesenta, busca una salida como ‘influencer’ y confiesa que vive con tan pocos recursos que en alguna ocasión le han cortado la luz

La cantante Karina, en agosto de 2020 en Madrid.
La cantante Karina, en agosto de 2020 en Madrid.GAA / GTRES

En los años sesenta y setenta, Karina era lo que hoy se habría denominado una superestrella. Hace ya más de medio siglo, esta entonces jovencita jienense cumplía todos los requisitos necesarios para ser la revelación del momento. Una imagen fresca, la de una muchacha rubia de grandes ojos azules, divertida y simpática, y por supuesto con un chorro de voz que convertía todo lo que tocaba en tema del momento. Karina hacía giras por España y viajaba hasta el Japón de 1970 para la Exposición General o al Dublín de 1971 para triunfar y quedar segunda en Eurovisión. Pero de aquella chica exitosa, novia de guitarristas y artistas, copiado icono de estilo, poco queda. Y es ella misma quien lo revela.

“El dinero no dura”. Así lamentaba María Isabel Bárbara Llaudés, nombre real de la artista de 74 años, la situación que pasa, precaria y difícil. Ella, que fue símbolo de los años finales del franquismo, del aperturismo y de la llegada del color a las televisiones y las vidas de muchos españoles, se enfrenta a un presente negro. Sus únicos ingresos provienen de una escueta pensión que apenas le da para vivir. Como contaba el sábado en el programa Sálvame Deluxe, un dinero escaso que le gustaría complementar con trabajos en cine, televisión, “alguna miniserie” o escribiendo “un libro”.

Su precaria situación es tal que ha tenido que desprenderse de sus propiedades. Tenía una casa en Marbella y otra en Madrid, pero ahora vive en la capital en un piso de alquiler de algo menos de 60 metros cuadrados. “Me han cortado la luz en varias ocasiones por falta de pago”, relataba cabizbaja en el plató de Telecinco ante un estupefacto Jorge Javier Vázquez. “Debía dos recibos y esperaba a cobrar algo para pagarlo”, confesaba.

Sin embargo, esos trabajos e ingresos que tanto anhela no terminan de llegar. Karina vive de su pensión, que le da para pagar su alquiler y para escasos lujos. Ya no es aquella mujer que movía masas. “Me he sentido olvidada por la profesión, como que ya no cuentas”, reflexionaba el pasado sábado en el plató, asegurando que su profesión le había dado pocas alegrías, pero que “lo bueno fue muy grande”. Según afirmó, en su ámbito laboral “hay mucha envidia, a algunos les da rabia que otros triunfen”. “Te puedes llevar muchos años que no te llama nadie o para cosas muy pequeñitas”, reconocía. Ella querría que la llamaran aunque fuera para esas “cosas pequeñitas”, pero pese a sus esfuerzos no termina de ocurrir.

Los únicos ingresos extra que le llegan son en forma de nostalgia. Según ha contado, un coleccionista le ha ofrecido 30.000 euros por aquel vestido largo, abotonado, verde agua, con huecos en las mangas, casi en el puño, y en la parte baja de la falda que llevó en 1971 al festival de Eurovisión, donde quedó segunda con En un mundo nuevo. Ella se ha negado, porque quiere legárselo a sus dos hijas.

Porque en los años más recientes, esa faceta de Karina, la personal, es la que más ha visto la luz. Karina ha vivido diversos y sonados romances y varios matrimonios. Su primer marido fue el guitarrista Tony Luz, fallecido en 2017, que formó parte de Los Pekenikes, fue telonero a Los Beatles y con quien se casó en 1973. De hecho, Luz fue el compositor del éxito eurovisivo de Karina y del célebre El baúl de los recuerdos, seguramente su éxito más memorable.

Su noviazgo había durado ocho años, pero el matrimonio apenas resistió 11 meses, y no dejó hijos. La siguiente unión de la cantante fue con el actor Carlos Manuel Díaz, con quien tuvo a su primera hija, Azahara. Pese a su divorcio, mantuvieron una sólida amistad y ella ha asegurado, ya en su madurez, que ha sido el hombre de su vida. Más tarde, ya en los ochenta, llegó a su vida el peluquero Juan Miguel Martínez, con quien tuvo otra hija, Rocío. Se casaron en Tahití en 1988 y se separaron en 1990. Conocido por su participación en realities, su relación ha tenido altibajos, aunque ella afirma que él “no fue un lastre” en su carrera. “En el fondo lo quiero porque tenemos una hija en común y un nieto”, ha afirmado. Su relación con esa hija, de 31 años, también ha sido fría en muchos momentos. “Con mi hermana tiene otro vínculo que siento que no tengo con ella”, reclamaba Rocío en un plató de televisión en 2017. “No es que no tenga madre, siento que no tengo el vínculo como mi hermana, porque no estoy tanto con ella”.

Los últimos años han sido agridulces para Karina. Tristes por las muertes de Tony Luz en 2017 y de su hermano Salvador, en agosto de 2018, pero también con momentos de luz como la boda de su hija Rocío apenas dos meses después (que le ha dado un nieto, Iker, que ahora tiene 10 años) y con el nacimiento de otro nieto, el primero de su hija Azahara —que es además su representante— en la Navidad de 2017, y de una nueva nieta.

Ella, formada en canto y en piano y que ha participado en media docena de películas, busca ahora una salida en las redes sociales. Fue precisamente su hija Azahara quien la animó a superar la soledad del confinamiento a través de un perfil de Instagram. Y en pocos meses, con su naturalidad y divertida manera de contar lo que le sucede, en su salón rodeado de fotografías, se ha encontrado con un amplio grupo de seguidores. “Muchísimas gracias por este subidón. Ya rondamos los 50.000. ¡Quién me lo iba a mí a decir! ¡Madre mía del amor hermoso!”, decía feliz hace un par de días, en un vídeo que acompañaba de etiquetas como “#lailusionnosepierdenunca” o “#kariners”, como llama a esos nuevos seguidores que alimentan, décadas después, su ilusión por vivir.

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