Llegan las espigas de las gramíneas

Campos de trigo y de cebada en un mismo jardín: el cenit de este vergel se alcanza cuando las plantas se agostan y dejan sus colores dorados extendidos por el horizonte

Hakonecloas en primer término, con algunas mulembergias de fondo.
Hakonecloas en primer término, con algunas mulembergias de fondo.Carlos Fernández

¿Es posible meter los campos de trigo y de cebada en un jardín? Hay paisajistas que lo han conseguido, con notable éxito estético. No hay más que admirar el jardín agrícola que compuso Fernando Caruncho en Girona, donde las espigas secas de estas gramíneas contrastan con los verdes glaucos de los olivos, los verdes profundos de los cipreses y los verdes frescos de la hierba recién cortada de las calles, que a su vez separan las distintas parcelas de cultivo. El cenit de este vergel se alcanza cuando las plantas se agostan y dejan sus colores dorados extendidos por el horizonte.

Las gramíneas son un vastísimo grupo de plantas que se engloban en una misma familia botánica, la de las poáceas. Las hay enormes, como algunas especies de bambú; entre ellos, destaca Dendrocalamus giganteus, un titán donde los haya, que llega a sobrepasar los 35 metros de altura. Con sus cañas, que hacen cosquillas al cielo, se construyen multitud de herramientas y estructuras en Asia, su continente natal. Esta utilidad del bambú se puede extrapolar a un gran número de parientes de su familia, al ser unos vegetales indispensables en la alimentación humana. A los casos ya mencionados del trigo (Triticum spp.) y de la cebada (Hordeum vulgare), podríamos añadir el maíz (Zea mays), la caña de azúcar (Saccharum officinarum), el arroz (Oryza sativa) o el centeno (Secale cereale). Se hace difícil imaginar nuestra dieta sin estas y otras especies de gramíneas.

Una de las más famosas, cultivada exclusivamente por su estético porte, es la hierba de la Pampa o plumeros (Cortaderia selloana), una vieja conocida en jardines antiguos. Desafortunadamente, su capacidad invasora ha desplazado a la flora local en muchas regiones, especialmente en la cornisa cantábrica y en Canarias, por lo que está incluida como especie exótica invasora en España.

Mulembergia recogiendo los rayos de sol de la mañana.
Mulembergia recogiendo los rayos de sol de la mañana.V.P

En jardinería contamos con muchas gramíneas que aportan unas cualidades difíciles de encontrar en otros grupos de plantas. Sus hojas y sus espigas añaden movimiento al jardín, como ocurre con la hakonecloa (Hakonechloa macra), por ejemplo. Con sus almohadillas etéreas de color verde vivo, cualquier mínima brisa pone en movimiento sus ramillas. Cuando se observa detenidamente su vaivén acompasado, da la sensación de que nos hubiéramos mudado al fondo del mar, con el aire transformado en agua, y pareciera que estas plantas son, en realidad, algas mecidas por las corrientes marinas. Igual que el bambú gigante, también proviene de Asia, y es un recurso maravilloso para completar el discurso visual de cualquier jardín. En un buen macetón al sol, su variedad Hakonechloa macra ‘Aureola’ añadirá luz a cualquier balcón, además del movimiento.

Al contrario que los cereales que copan nuestros campos de cultivo, muchas de las especies que se utilizan en jardinería lucen sus mejores galas durante el otoño y el invierno. Una de las especies más llamativas, y que enamora a grandes y pequeños, es la mulembergia (Muhlenbergia capillaris), la hierba de cabello rosa, así llamada en inglés. De muy fácil mantenimiento, esta nativa de Norteamérica atrapa la luz entre sus espigas, a la manera de tantas otras gramíneas. Así, se convierte en el amanecer y el atardecer en un fanal plumoso entre las hojas de otras plantas. Su nube incendiada de color rojo Burdeos calienta las mañanas frías que se avecinan, y se siente como el abrazo de alguien querido en medio del jardín.

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