PATIO DE VECINOS

“Quiero ofrecer la ayuda que yo no tuve al llegar”

Afroza Rhaman es de Bangladesh y apoya de forma voluntaria a los migrantes que no dominan el español ante la falta de intérpretes en las administraciones

Afroza Rhaman, bangladeshi y residente en España desde hace catorce años, realiza traducciones gratuita y voluntariamente a ciudadanos de su origen.
Afroza Rhaman, bangladeshi y residente en España desde hace catorce años, realiza traducciones gratuita y voluntariamente a ciudadanos de su origen.KIKE PARA

Afroza Rhaman (Bangladesh, 45 años) llegó sola a Madrid con el sueño de alcanzar una vida mejor y ahora vive en Carabanchel con su familia. En tiempos de pandemia, la barrera idiomática ha dificultado el acceso a la atención sanitaria de muchos migrantes y en algunos casos las consecuencias para su salud han sido letales. Afroza lo sabe bien: es amiga de la mujer de Mohammed Abul Hossain, el vecino de Lavapiés y dueño de un restaurante de comida india que murió el pasado 26 de marzo en su domicilio tras haber estado llamando durante seis días a los teléfonos habilitados para la atención de casos de coronavirus. Por eso, ella es intérprete voluntaria en la Red Solidaria de Acogida desde la primavera y también colabora con la asociación Valiente Bangla.

¿Hace cuánto que llegó a España?

Llevo 14 años aquí, aunque estuve sola ocho años hasta que conseguí traer a mi marido y a mis cuatro hijos. Cuando llegué a España necesitaba aprender el idioma para encontrar trabajo y así poder mandar dinero a mi familia. Sin papeles fue muy difícil y estuve cuatro años de ilegal. Tuve suerte y conseguí cuidar a personas mayores. Aprendí con ellos y me enseñaron a hablar. Siempre les he tratado como si fueran mi padre o mi madre, porque a ellos los tengo muy lejos.

¿Por qué decidió hacer el trabajo de intérprete de forma voluntaria?

Me gusta mucho. Cuando llegué a España no tuve ayudas ni intérpretes del Gobierno. Iba a las oficinas y les pedía que nos comunicásemos en inglés, que es nuestra segunda lengua en Bangladesh, pero me decían que no lo hablaban, como en el centro de salud. En aquel momento pensé que un médico tiene que saber hablar inglés. Hay un riesgo cuando falla la comunicación porque lo que puede pasar es que se dé una medicina que la persona no entiende, la toma mal y puede hacerle daño al cuerpo. Pienso en la gente que está viniendo y quiero ofrecer la ayuda que yo no tuve al llegar.

¿En qué consiste ser intérprete?

Ahora con la pandemia no puedo ir presencialmente y hago conferencias por voz. Hablo con el médico y llamo después al paciente. Cuando empezó la pandemia no tenía trabajo, pero no me quedé parada. Estaba de voluntaria con los colectivos apoyando a todas las personas que necesitaban nuestra ayuda. A los migrantes hay que enseñarles entre otras cosas cómo usar Internet. Esta parte es muy dura, porque muchos no saben mandar justificantes o no tienen dinero en el móvil para llamar o para pagar un locutorio donde realizar los trámites. Me enfada que tengan que gastarse un dinero que no tienen y también el tema de que aprendan español. Es verdad que es importante, lo respeto, pero hay muchos trabajos en donde no se necesita el idioma, en limpieza por ejemplo, o en las cocinas. Se aprende viendo.

¿Tuvo que ayudar a mucha gente en la pandemia?

Sí, había mucho trabajo porque no solo hay que tratar los asuntos de salud, tenía que abordar las solicitudes de ayudas al alquiler, el Ingreso Mínimo Vital, hablar con los servicios sociales para los que no tienen comida… Pero en Madrid solo se cubre la zona del centro y hay muchos de mis paisanos que viven aquí en Carabanchel porque Lavapiés se ha puesto muy caro y se han ido a otros barrios. No puedo llegar a tanto. Trabajo en el Casino de la Reina tan solo 12 horas, es mi único ingreso ahora, y no es tiempo suficiente para atender todas las demandas. Los intérpretes deberían cubrir todos los barrios.

¿Considera que su trabajo es de gran responsabilidad?

Es una gran responsabilidad ser intérprete y mediador. Yo atiendo a muchas mujeres que llegan a España embarazadas, por ejemplo. En nuestra cultura cuando estás embarazada vas a casa con tu madre, tu abuela, tu suegra, tienes mujeres ayudándote, pero las jóvenes llegan aquí y están solas. En estos casos hablo con la Fundación Jiménez Díaz y les doy clases prácticas de cómo preparar el parto, les acompañamos a la hora de dar a luz y, una vez nacen los bebés, les explicamos el proceso de la lactancia y a qué lugares pueden ir para el registro civil. Hacemos también una carpeta con direcciones en su idioma. Estoy pendiente casi las 24 horas pero también tengo una familia. Una de mis hijas tiene epilepsia, mi marido está enfermo y muchas veces mis paisanos me llaman cuando estoy en casa porque todo el mundo tiene mi teléfono. Con una jornada completa podría atender a muchas más personas.

Durante la pandemia, denuncian que murió un hombre por la barrera del idioma.

Era el marido de mi amiga. Seis días estuvieron llamando. El médico quería hablar directamente con el paciente, pero él no entendía nada. El presidente de Valiente Bangla lo intentó pero fue imposible. La ambulancia no llegaba y pidieron un taxi, pero el taxista dijo que no lo llevaba. Al final murió en su cama, imagínate la escena. La mujer, mi amiga, lo vio morir y llevaban más de 40 años juntos. Ella también estaba contagiada y se la llevaron al hospital. Tardamos 10 días en localizarla. Yo a mis paisanos siempre intento darles paz y les repito que tengan paciencia, que nosotros somos su espalda y les daremos soluciones. Mi madre me dice que cuando echas una mano recibes 10 y esa es mi filosofía.

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