PATRIMONIO INVISIBLE DE MADRID

La última casa de los primeros obreros de Madrid

En Alto de Extremadura, hace un siglo Cerro del Cuervo, se construyó la primera colonia de viviendas dignas para los trabajadores. Queda una en pie, está okupada y su heredera, de 21 años, vive en La Rioja

Esa casita de ladrillo que hace esquina es la última del primer barrio obrero de Madrid. Está en la calle Grandeza Española, 87, en Alto de Extremadura. ÁLVARO GARCÍA
Esa casita de ladrillo que hace esquina es la última del primer barrio obrero de Madrid. Está en la calle Grandeza Española, 87, en Alto de Extremadura. ÁLVARO GARCÍA

De aquellos campos solo quedan las pendientes y los gallos. El que canta ahora parece estar encerrado en un cuarto tendedero, junto a la lavadora, en uno de los apartamentos de esos edificios de aluvión, que se levantaron como colmenas para los nuevos obreros. Hace un siglo el Alto de Extremadura era en los mapas de Madrid el Cerro del Cuervo, la carretera que cruzaba esas huertas ya comunicaba ambas regiones y la clase trabajadora empezaba a desembarcar en estos arrabales en cuesta.

En lo más alto del barrio, el 12 de julio de 1906, la nobleza preparó a los Borbones uno de los gestos más campechanos de la historia de esta dinastía: pagaron los ladrillos de la primera colonia de viviendas dignas para los trabajadores españoles y la bautizaron Reina Victoria, en honor al enlace regio entre Alfonso XIII y su consorte. De hecho, el primero de la veintena de hogares que se construyeron en tres manzanas fue entregado a una de las víctimas del atentado frustrado de Mateo Morral.

De aquel gesto se conserva el nombre de la calle: “Grandeza Española”. Cuatrocientos metros y seis minutos se tarda en recorrerla andando, según Google Maps. Un tramo de casas de tres pisos, humildes y modernas, con un par de familias por planta, que han crecido en altura gracias a las ruinas de aquella iniciativa “higienista” que le dio a la clase menos privilegiada un hogar con luz, gas, agua potable, patio con lavabo, tres alcobas en la planta principal, alcantarillado, inodoro, leñera, cocina, viguetas de hierro, pavimento de cemento, escaleras a la catalana, desagües de gres, ventanas anchas, techos altos y “agua con presión suficiente”. Según una publicación de la época, el conjunto “respira salud y alegría y proclama con elocuencia el triunfo de la higiene”. Un siglo después, la Guerra Civil, la especulación inmobiliaria y el olvido arrasaron con todas las casas menos con una. En una esquina, la última.

Abre la puerta de la casa alguien que dice ser su dueño. En ese momento no puede hablar, pero un día más tarde reconocerá por teléfono que vive en ella desde hace dos años, pero no tiene escrituras. “Es un tesoro, una obra de arte”, asegura. Y que nos la vende por 10.000 euros. En el registro de la propiedad la casa no existe. Es un agujero negro en los mapas. Está ahí, tiene referencia catastral, pero no aparece. Descubrimos que la última vez que se registró fue en 1973, pero sí hay escrituras y tiene una propietaria, desde 2019. Es una vecina de Haro (La Rioja), de 21 años, que prefiere mantener su anonimato. Lleva los apellidos del propietario inicial, su bisabuelo, y tendrá que pagar el IBI de una construcción que surgió junto a otras para acabar con “los gérmenes de la desigualdad y la decadencia”.

Le preguntamos cómo es posible que haya cruzado el siglo en perfecto estado. “Mi abuela vivió en ella hasta hace tres años y nunca quiso tirarla abajo para convertirla en un edificio de tres alturas. Sus vecinos lo hicieron y nosotros tenemos licencia para hacerlo”, explica. La última vez que estuvo en su casa heredada fue de visita a la madre de su padre. Todavía no sabe qué hará con este chalé de ladrillo a kilómetro y medio del Palacio Real, pero no quiere vivir en la capital. Tampoco sabe cómo hará para expulsar a los que ahora okupan su casa.

Es un edificio tan único que recuerda al caso de Peironcely, aunque sin fotografía de Robert Capa. De momento no hay asociaciones que luchen por su salvación. Solo un vecino, Ricardo Ramírez, ha estudiado el barrio fantasma para no dejarlo morir. “Esta casa es el último rastro del primer barrio obrero de Madrid y seguramente de España. Cumple con todos los requisitos para ser protegida por el Plan General de Ordenación Urbana de Madrid (PGOUM), en la categoría de “colonias históricas”, pero en el Ayuntamiento no saben ni que existe”, comenta. Ramírez autoeditó El barrio olvidado para evitar que acabe convertida en picadillo de especulación. “Es un solar muy goloso, hay que protegerlo”, añade.

Desde el área de Desarrollo Urbano Sostenible aseguran a EL PAÍS que su protección “corresponde a la Comunidad de Madrid”. Sin embargo la Ley de Patrimonio Histórico de 1985 señala que la creación de los catálogos de bienes protegidos es de competencia municipal. Así pasó, por ejemplo, con el Palacio de la Música, que cuenta con protección municipal después de que el consistorio decidiera incluirlo en esos catálogos. La Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid asegura que no está trabajando en un expediente de protección de este inmueble, pero recuerda que se puede solicitar al Ayuntamiento la inclusión del inmueble en el catálogo de bienes y espacios protegidos.

“Grupos de casas para los desheredados de la fortuna”, dijo en su discurso uno de los promotores de la barriada

Un hombre limpia una moto de gran cilindrada de hace treinta años. Con un trapo en la mano, mima la máquina. Le gusta todo “lo de antes”. Y a pesar de eso no sabe nada del porqué del nombre de las calles que rodean a su vivienda ni de la única casa de ladrillo y de dos alturas. “Está ahí desde siempre”, dice. Claro. No fue la primera en construirse.

Así lo recogieron las crónicas en los periódicos locales. “Grupos de casas para los desheredados de la fortuna”, dijo en su discurso uno de los promotores de la barriada, el doctor Ángel Larra y Cerezo, con calle aquí.

Aquel 12 de julio de 1906, a las cinco de la tarde, Madrid se achicharraba. Toda la pompa oficial, con más de ochenta invitados entre ministros, clero y alcaldes, se apretó en la escasa sombra de la casa, mientras esperaban a los infantes, que venían de palacio en carruaje y se retrasaron una hora. Había programada banda de música y discursos desde la tribuna que se montó para inaugurar la nueva relación entre monarcas y obreros. Alguien apuntó en los discursos que de las muchas maneras de hacer patria, una de ellas es “con estrofas de ladrillo y piedra”. Estaban convencidos de que en los muros que iban a contemplar cada día verían los obreros el recuerdo de los que “saben demostrar el amor al prójimo”.

La jugada era redonda, aunaba propaganda política y desclasamiento. El doctor Ángel Larra y Cerezo ―defensor de la corriente higienista que se preocupaba por la salud de los ciudadanos― aseguró en su arenga que abriéndoles la puerta a la dignidad, nacería en las clases modestas “el amor por la propiedad”. La casa más barata costaba 3.835 pesetas y la más cara, 9.421 (en esa calle hoy se venden estudios de 20 metros por 110.000 euros y pisos de dos habitaciones por 180.000 euros).

Por nuestra protagonista tuvieron que pagar 4.830 pesetas. Tenían 20 años para pagarlas, mes a mes. A la dignidad por la hipoteca. “Para fomentar la buena costumbre del ahorro en las clases modestas” la directiva otorgó vivienda no al más necesitado, sino al que tuviera una libreta del banco más abultada. Por las huertas sobre las que se edificó se pagaron 33.354 pesetas. Sobra decir que los nobles recuperaron su inversión de 80.000 pesetas y regalaron a los monarcas el enlace más deseado, el que les mantiene unidos y a kilómetro y medio del pueblo.

Más información

Lo más visto en...

Top 50