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opinión

La humanidad prescindible

El enemigo no son los ‘boomers’ ni ninguna generación, sino los tecnológicos ultraricos que pretenden disponer de rebaños domesticados en lugar de ciudadanos con libertades y derechos

Una mujer trabaja a distancia, emblema laboral de una parte de la actual generación de jóvenes.

No hay novedad en la maniobra. Es el reverso de los populismos izquierdistas que pretendían federar intereses y minorías “para hacer pueblo”. Desde el otro extremo se trata de sustituir la igualdad por la identidad, para que la competencia y la guerra entre grupos humanos anulen toda solidaridad, y nacionalismos, sexos, razas, religiones y generaciones se peleen, cada uno a lo suyo. Perfecto para preservar las crecientes e insostenibles desigualdades originadas por la acumulación de riquezas en pocas manos.

De entrada, se necesita un buen chivo expiatorio que concentre sobre su cabeza los pecados colectivos. Así no habrá que atacar las causas de las injusticias ni buscar remedios redistributivos. Es lo que ya está pasando con la generación nacida en la inmediata posguerra europea, los malditos ‘boomers’, declarados directos responsables o culpables del desempleo, el difícil acceso a la vivienda o la infelicidad de los más jóvenes.

Pertenecen a una generación masiva, densa y longeva, muy productiva por tanto. Han contribuido largamente a las arcas del Estado, a través de todo tipo de impuestos, y gastado mucho, también de su bolsillo, en educación, sanidad, vivienda, ocio y bienestar, no sólo para ellos mismos, sino para sus familias. Cuando niños y jóvenes conocieron todavía lo que ahora se llama pobreza energética, un consumo relativamente bajo comparado con el de hoy y unas condiciones de vivienda y alimentación modestas, además de una dictadura en nuestro caso, pero finalmente a partir de los años 80 disfrutan de un Estado de bienestar decente y de la democracia. El país y Europa alcanzaron entonces momentos extraordinarios de prosperidad y estabilidad, promoviendo el ahorro y la redistribución dentro de muchas familias. En no pocos casos, sobre esta generación ha recaído el cuidado personal y económico de padres y abuelos después de cuidar a los hijos y ahora incluso los nietos.

La guerra generacional es un territorio excelente para la tertulia, la demagogia y el sensacionalismo. Es un separatismo de las edades que destruye la imprescindible solidaridad intergeneracional. Propone quitar a los abuelos lo que les falta a los nietos, sin caer en la cuenta de que facilita la sustracción de derechos a los mayores, sin que luego quede algo garantizado para los jóvenes. Quienes han estudiado las transferencias entre generaciones a lo largo de los años, como Hippolyte d’Albis, rechazan todos los tópicos al uso sobre las guerras generacionales (Économie des âges de la vie. En finir avec la guerra de genérations. Odile Jacob, 2026). Datos en mano, este economista francés desmiente que los boomers sean egoístas y que las últimas generaciones estén siendo sacrificadas.

El enemigo a considerar no es ninguna generación, sino los tecnológicos ultrarricos que pretenden dominar el planeta y disponer de rebaños domesticados en lugar de ciudadanos con libertades y derechos bajo garantía democrática de los poderes públicos. La obsesión con los ‘boomers’ despista a los jóvenes respecto a la inteligencia artificial que amenaza con incorporarles a la humanidad prescindible antes de que lleguen a viejos.

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