La amarga longevidad de Pujol
El juicio a la familia del ‘expresident’ llega tras sentencias judiciales que han establecido la financiación irregular de CiU y que ennegrece su etapa como gobernante


La longevidad de Jordi Pujol le ha permitido asistir a dos grandes acontecimientos que proyectan potentes haces de nueva luz sobre la larga etapa en que fue líder del centro-derecha nacionalista, presidente de la Generalitat durante 23 años y uno de los dirigentes políticos más influyentes de España desde la muerte del dictador Francisco Franco.
El primero de ellos es el juicio que se lleva a cabo en la Audiencia Nacional, que está llamado a esclarecer la propia etapa como presidente de la Generalitat a partir de 1980 y la importancia que tuvo la corrupción económica en el enriquecimiento de su entorno familiar y su permanencia en el poder. Que haya sido exonerado en un juicio no le librará de la valoración política de los hechos.
Este juicio llega cuando otras sentencias judiciales han establecido y sancionado ya la financiación irregular e ilegal de la que se benefició Convergència Democràtica, el partido fundado, dirigido y presidido por Pujol hasta 2012, en el caso Palau de la Música y otros que afectaban a sus aliados de Unió Democrática.
La luz que estos juicios proyectan sobre la etapa del Pujol gobernante no ilumina su obra política, sino que la ennegrece. No muestra aciertos o errores, sino grandes habilidades para perpetuarse en el poder mediante mecanismos de clientelismo y manipulación de los resortes administrativos.
La corrupción destruyó la credibilidad de Convergència y la de Unió, hasta el punto de que ninguno de los dos partidos pudo sobrevivir a las sentencias condenatorias. Lo que, dicho sea de paso, les deja en un paradójico mejor lugar en comparación con el inaudito grado de cinismo demostrado por el PP tras condenas de similar o mayor gravedad.
Pero sobre la valoración de la obra política de Pujol arroja también una potente luz lo que fueron capaces de hacer sus sucesores, reagrupados en el partido llamado Junts. La longevidad de Pujol le ha obligado a ver cómo sus sucesores directos en el movimiento nacionalista, Artur Mas, Joaquim Torra y Carles Puigdemont, consideraban fracasado e inservible el marco político-constitucional en el que se encajó la autonomía de Cataluña. Todos ellos han impugnado la Constitución y el Estatuto que él contribuyó activamente a construir como integrante de la Comisión de los Nueve, formada por los líderes de la oposición democrática de toda España, que en 1976 negoció el fin de la dictadura con los herederos del franquismo.
También le ha obligado a comprobar cómo sus sucesores han carecido, en situaciones críticas, de la perspectiva histórica, la finura política y el simple realismo sensato que permite evaluar con precisión la relación de fuerzas políticas en cada momento. Asistir en directo al desastre perpetrado en 2017 por los dirigentes que le sucedieron al frente del nacionalismo catalán era contemplar cómo echaban por la ventana el esfuerzo y la lucha política de su generación. Una destrucción que sus coetáneos, colaboradores o rivales que forjaron con él la autonomía de Cataluña, no hubieran podido siquiera imaginar, y lo que su respectiva muerte les ahorró: Ramon Trias Fargas falleció en 1989; Joan Reventós, en 2004, Antoni Gutiérrez Díaz, en 2006; Josep Benet en 2008; Josep Tarradellas en 1988; Anton Cañellas en 2006; Jordi Solé Tura en 2009, por citar solo a algunos de los más destacados. Es inevitable imaginárselos ahora, si vivieran, llevándose las manos a la cabeza: “Què has fet Jordi, què has fet?”.


























































