Socorristas argentinos, al rescate del verano en España

Argentina ha formado una cantera de guardavidas que en ciudades como Palma son el 70% y en Barcelona, el 50% de los vigilantes de sus playas

Rosarno en una de las torretas de vigilancia de la playa de Nova Icària.
Rosarno en una de las torretas de vigilancia de la playa de Nova Icària.Albert Garcia

Bandera amarilla en la playa de la Nova Icària de Barcelona. Buen tiempo para deportes de vela, incómodo para nadar. Pocos minutos antes, el primer rescate del día. Luis Rosarno asegura que habrá más. Escruta la orilla en busca de posibles situaciones de riesgo: allí hay un hombre mayor remojándose donde rompen las olas; un poco más allá, un niño solo. La temporada de baño en la capital catalana dura seis meses, más que en otros enclaves del levante español, con una afluencia que en un día normal, en la Nova Icària alcanzan las 10.000 personas. Rosarno es argentino, como la mitad de los socorristas de las playas de Barcelona. Sin ellos, el ocio veraniego en la costa no sería posible.

Rosarno tiene 47 años y es uno de los socorristas más veteranos de Barcelona. Empezó en 2003 y cada verano ha ocupado una plaza de salvamento. “Ha habido tres olas de profesionales argentinos en España”, resume con una sonrisa y con su bronceado de anuncio: “En los setenta llegaron los psicoanalistas, en los ochenta, los odontólogos y, a partir, de los dosmil, los socorristas”. A los socorristas en Argentina se les llama guardavidas, una profesión en la que la Cruz Roja local ya daba cursos reglados en 1932. Es sobre todo una vocación, a diferencia de España, donde hasta hace pocos años todavía era algo más para voluntarios de la Cruz Roja o para jóvenes que se querían ganar unas perras en verano.

Rosarno levanta la bandera verde en una de las torretas de vigilancia de la playa de Nova Icaria.
Rosarno levanta la bandera verde en una de las torretas de vigilancia de la playa de Nova Icaria. Albert Garcia

“El socorrista en Argentina está mitificado, incluso les aplauden cuando actúan, es un poco teatral”, afirma Albert Calabuig, hasta el pasado mayo presidente de la Asociación de Empresas Catalanas de Salvamento Acuático (AECSA). “Luego, cuando vienen a España y ven que es un trabajo como cualquier otro, no lo entienden”, afirma este empresario con 40 años de experiencia en el sector. Los argentinos preguntados por EL PAÍS coinciden en el reconocimiento social del oficio en su país. “Es una autoridad civil en la playa, allí no hay policía ni otra intervención más que la suya”, afirma Rosarno. Con orgullo añaden otras fuentes consultadas para este artículo que incluso un guardavidas llegó a la presidencia de Argentina, Eduardo Duhalde —jefe de Estado entre 2002 y 2003—.

Calabuig cuantifica en cerca de 10.000 los socorristas que hay activos en verano en Cataluña; de estos, un millar ejercen en la playa. Socorristas argentinos hay unos 700, dice, y la gran mayoría trabajan en el mar. Lo que permite calcular que la mitad de los socorristas de playa en Cataluña son argentinos, apunta Calabuig, y aventura que en el conjunto de España, el promedio puede ser similar. Salvador Perelló, portavoz de la Federación de Salvamento y Socorrismo de la Comunidad Valenciana, confirma que tienen a muchos argentinos en tareas de salvamento, pero no cree que lleguen a ser la mitad. El argentino Christian Melogno, secretario general del sindicato Unión de Socorristas de Mallorca, sí estima que en las Baleares, la mitad de estos profesionales son compatriotas suyos. En las playas de Palma, donde Melogno trabaja, el 70% son argentinos.

Melogno tiene 31 años y lleva 10 en el oficio. Compagina las temporadas de verano en España con las de Brasil. La mayoría de los argentinos, pero también socorristas uruguayos o peruanos, viven en una temporada estival constante, desempeñando su trabajo en el verano de Europa y luego, en el de Sudamérica. La ventaja burocrática de los argentinos respecto a otras nacionalidades latinoamericanas es que muchos pueden obtener la doble nacionalidad española o italiana gracias a sus antepasados europeos.

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Las comunidades autónomas empezaron a principios del presente siglo a introducir diferentes niveles de obligatoriedad para contratar a socorristas en piscinas públicas o comunitarias. La demanda de técnicos de salvamento se disparó y las empresas buscaron donde había más opciones de encontrar personal cualificado y con conocimiento del idioma: Argentina.

El título de socorrismo en Argentina requiere un año de preparación y es físicamente muy exigente, coinciden en valorar Perelló y Carlos de España, presidente de la federación homóloga de Baleares. En España, la preparación requerida depende de cada comunidad autónoma, pero los cursos más largos para obtener el certificado de profesionalidad duran cuatro meses. Perelló y De España también están de acuerdo en que a los argentinos les falta preparación técnica, como la de primeros auxilios.

Rosarno en la playa de Nova Icaria.
Rosarno en la playa de Nova Icaria. Albert Garcia

Para ejercer en España, la homologación del título argentino va acompañada en la mayoría de los casos de breves cursos de reciclaje, sobre todo teóricos. Lo cuenta Inti Martínez en su canal de Youtube, en un vídeo especial destinado a sus compatriotas que quieren trabajar de socorristas en España. Martínez, de 28 años, reside en Málaga. Está titulada como guardavidas por la escuela de mayor prestigio de Argentina, la de la Cruz Roja. “Yo allí tenía que nadar cada día, de lunes a sábado, durante un año. Mi marido se sacó en España un título de socorrista, lo consiguió en dos semanas”.

Alberto García, director de la escuela de la Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo, critica la disparidad de normativas autonómicas que obligan en Canarias, por ejemplo, a tener un certificado profesional con más de 400 horas de formación, o a tan solo realizar un curso online en Castilla y León. García subraya que cuantas más horas y exigencias se necesiten para obtener los títulos de socorrismo, menos ciudadanos españoles los querrán hacer porque no compensa para un empleo de tres meses.

Exigencia extrema

La dureza de la formación argentina en salvamento está personificada en Melogno y Rosarno: en el caso del primero, de 50 alumnos que empezaron la formación, solo se licenciaron 15; en el caso de Rosarno, de 120 que hicieron el examen de ingreso, terminaron 40. “Durante un año te matan a palos, 10 horas a la semana nadando. Y lo haces porque allí, trabajar en la playa es un privilegio, no como aquí”, dice Melogno. Los socorristas tienen en Palma un salario mensual de 1.000 euros, “menos que un camarero”, lamenta este sindicalista. “Dicen que faltan socorristas, pero socorristas hay, lo que falta son sueldos dignos” añade Rosarno.

El vídeo tutorial de Martínez es un aviso de las horas extra no remuneradas que hay que trabajar, según su experiencia en Andalucía. Es un grito de advertencia a los que quieren cruzar el Atlántico pensando que las condiciones en España son una bicoca. “El problema de los argentinos es que nuestra economía es muy fluctuante. Ha habido épocas en las que como socorrista podías ganar 1.500 euros en Argentina, y ahora lo normal son 350″, explica Rosarno.

La fórmula más buscada es concentrarse en municipios donde pueden compartir vivienda con otros argentinos y en regiones donde los contratos duran más. Cataluña es el destino favorito: tiene un convenio colectivo con un salario mínimo de 1.300 euros, según informa la CGT, y temporadas de baño que en lugares como Barcelona, Castelldefels o Tossa empiezan en Semana Santa. Los representantes del sector de salvamento acuático de Cataluña, Baleares, Valencia y Andalucía entrevistados coinciden en que en España continuarán faltando profesionales y que la hegemonía argentina irá a más.

Con 20 años salvando vidas en Barcelona, Rosarno asegura que la profesionalización arrancó tarde en España, hace menos de una década. Queda mucho para que los españoles presuman de haber tenido un presidente del Gobierno socorrista, pero Rosarno reitera que está viendo un cambio: “En Barcelona nos sentaban antes en una silla y bajo una sombrilla, expuestos al frío, al calor o incluso a la gente que nos tiraba cosas. Ahora tenemos unas torres con cabina y mirador. Los jóvenes, cuando lo ven, entienden que es algo serio”.

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Sobre la firma

Cristian Segura

Escribe en EL PAÍS desde 2014. Licenciado en Periodismo y diplomado en Filosofía, ha ejercido su profesión desde 1998. Fue corresponsal del diario Avui en Berlín y posteriormente en Pekín. Es autor de tres libros de no ficción y de dos novelas. En 2011 recibió el premio Josep Pla de narrativa.

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