Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Miguel Strogoff en la plaza de Sant Jaume

Esperar que Putin ayudara a Cataluña a independizarse es la última, definitiva y más patética ocurrencia que pudiera surgir de una mente política que se pretende democrática

Carles Puigdemont, en el Parlamento europeo.
Carles Puigdemont, en el Parlamento europeo.JULIEN WARNAND (EFE)

Pudo más la sensatez que la pasión independentista. Al menos en Esquerra, donde desde hace tiempo se reniega de todo lo que representa Putin, sus obras y sus pompas. Es más dudoso el comportamiento de Puigdemont y su entorno. Lo fue durante su presidencia, como poco a poco se ha ido conociendo, pero todavía más durante su dorado exilio bruselense. Hay ambientes políticos en los que las subastas radicales y el desorden conspirativo propician el disparate, la infiltración y los agentes dobles. Una vez imperan la fragmentación y el caos en los partidos, sus débiles direcciones atienden solo a las redes sociales y se entra en una zona de sombra en la que se pierde el sentido de la orientación, el respeto a la inteligencia e incluso la decencia.

Admitamos que fuera solo un accidente, resultado de la insensata osadía de unos pocos elementos marginales. A reserva de lo que diluciden los tribunales y, si fuera el caso, la obligada investigación parlamentaria, tanto o más necesaria que la del caso Pegasus, desechemos incluso la seriedad de la propuesta de intervención financiera e incluso de auxilio armado a la declaración unilateral de independencia por parte de unos amigos rusos, se supone que del grupo Wagner, famoso por sus actuaciones criminales en Siria, Libia, Mali y ahora Ucrania. Incluso imaginando que fueran meras chanzas de café, o mezcla de estafa y de intromisión exterior, tiene todo muy mala pinta y hace ineludible tocar el hueso de los contactos con el Miguel Strogoff que Putin mandó a la plaza de Sant Jaume, e interpretar qué significa en clave política, especialmente a la luz de la guerra de agresión contra Ucrania.

Para un cierto maquiavelismo local, quizás nada esté prohibido y solo importen los resultados. Históricamente sabemos lo que significa sacrificarlo todo, también la democracia y las libertades, a un objetivo supremo. Queda claro a estas horas que alguien especuló con una idea descabellada que pervertía el idealismo independentista, anulaba su pacifismo y destruía la eficaz propaganda de una década entera.

Ante la debilidad de la política de alianzas y el fracaso de la internacionalización del conflicto, se abrió paso la ocurrencia genial de tantear alianzas infames, impropias de un país moderno y europeo. Cataluña solo ha avanzado históricamente en el autogobierno cuando ha apostado por la democracia parlamentaria, el Estado de derecho y el multilateralismo, y he aquí que un grupo de amigos y conocidos de Puigdemont imaginaron un futuro catalán a la sombra del orden internacional totalitario basado en el derecho del más fuerte en vez de en la fuerza del derecho. Esperar que el carcelero y verdugo de pueblos que es Vladímir Putin ayudara a Cataluña a separarse de la España democrática y constitucional es la última, definitiva y más patética ocurrencia que pudiera surgir de una mente política que se pretende democrática.


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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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