Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Cambio de rumbo y satélites perdidos

Algunos movimientos en la política catalana de las últimas semanas marcan una mutación de las relaciones entre Cataluña y el exterior

Pere Aragonès y Victòria Alsina al inicio de una reunión con los cónsules de Ucrania y todos los de la UE.
Pere Aragonès y Victòria Alsina al inicio de una reunión con los cónsules de Ucrania y todos los de la UE.Alejandro García (EFE)

En las últimas semanas se han producido algunos movimientos en la política catalana que quizás han pasado desapercibidos pero que marcan una mutación sustancial de la forma en que en los últimos años se han concebido las relaciones entre Cataluña y el exterior.

Empezando por la decisión del Departamento de Exteriores de dedicar su atención a la conmemoración de la Conferencia Internacional de Comunicaciones y Tráfico, organizada por la Sociedad de Naciones en Barcelona hace un siglo. Ha habido un ciclo de conferencias y ahora, desde el 10 de marzo, se puede visitar la exposición “100 años de la Sociedad de Naciones en Barcelona”. Más allá del contenido concreto de la exposición, parece interesante la voluntad explícita —tal y como se explica en la página del propio Departamento y cómo en diferentes vídeos con declaraciones de la consellera Victoria Alsina difundidos repetidamente por las redes-, de remarcar cómo “en 1921, en medio de un contexto convulso política y socialmente, la plaza Sant Jaume fue uno de los epicentros de la diplomacia internacional, testigo y protagonista a la vez de los primeros pasos de un incipiente multilateralismo moderno”. La palabra clave, en este sentido, es multilateralismo, es decir, justo lo contrario de “unilateralismo”.

Por otra parte, la propia consejera Alsina y el presidente Aragonès han sido relativamente rápidos y determinados en alinearse con las tesis de la Unión Europea en torno a la crisis ucraniana. La primera ha quitado de en medio cualquier duda declarando que el relato ruso sobre las minorías internas en Ucrania era una tramposa manipulación del derecho de autodeterminación, mientras que el presidente —a pesar de toda una escenificación en torno a la “excepcionalidad” y la negación a aparecer en las fotos oficiales, evidentemente orientadas al consumo interno del público independentista—, ha terminado participando en la cumbre autonómica de la isla de La Palma. Por otra parte, parece que esta vez, en la gestión de la crisis, también la Generalitat se ha añadido de forma constructiva a la cadena de cooperación institucional que comparten el gobierno estatal, las autonomías y los ayuntamientos, en el caso catalán especialmente el Ayuntamiento de Barcelona.

Todo esto contrasta de manera evidente por un lado con las graves declaraciones de Clara Ponsatí de hace unos días en las que afirmaba que era justificado perder vidas humanas para la consecución de la independencia de Cataluña, como, sobre todo, con las noticias sobre los contactos de Puigdemont con el entorno del gobierno de Putin que se habrían producido al menos en 2019 y 2020. Los contactos ya habían salido a la luz, pero es evidente que con la evolución dramática de los acontecimientos de los últimos meses, colocan toda la estrategia exterior del ex presidente de la Generalitat —ahora reconvertido en europarlamentario— en una posición insostenible, como ha demostrado el hecho de que el propio Parlamento Europeo acaba de votar que se investiguen estos contactos, en el marco más general de una identificación de cuáles han sido las fuerzas que desde dentro de la propia UE han jugado a la desestabilización.

Ahora mismo tenemos un cambio de rumbo en Barcelona y unos satélites perdidos en Waterloo.

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